Escrituras desde y sobre Mendoza para niños y jóvenes

Los libros que hablan de nosotros son espejos que reflejan los espacios cotidianos con una leve distorsión, con ese revés que ofrece el arte.

 Libros como espejos

La lectura parte del reconocimiento fundamental del otro como sujeto y propicia los encuentros en la contigüidad y continuidad. Nos permite reconocernos en los coetáneos, en miradas y lecturas del mundo, como parte de una comunidad, pero también nos posibilita vernos en perspectiva, como parte de una historia.

Patricia Aldana sostiene que los niños necesitan libros-espejo y libros-ventana.

Espejos, ventanas, en los que puedan verse a sí mismos, sus propias experiencias, en que oigan sus propios nombres y vean sus propias calles. Si uno se mira en un espejo y no se ve, se convierte en un monstruo o en un vampiro. Y esto puede engendrar la negación de sí mismo. ¿Quién soy si no soy digno de que se escriba acerca de mí?

[…] también los niños necesitan libros que sean ventanas que abran hacia el mundo y que les permitan saber cómo vive otra gente, y que esa gente comparte con ellos sentimientos y emociones. De esto viene la empatía. (2008: 2)

Los libros que hablan de nosotros son espejos que reflejan los espacios cotidianos con una leve distorsión, con ese revés que ofrece el arte, que invita a re construir y a re crear nuestra idea de las cosas. Nos invitan a asomarnos al borde de lo que somos en cada lectura. ¿Y si lo que somos es un discurso susceptible de replanteo y de reelaboración?

En este sentido, cabe preguntarnos de qué manera interviene la literatura, la lectura, la escritura en la construcción de la identidad personal, en el reconocimiento de pertenencia a una identidad social contemporánea y en la diferenciación con otras pasadas (generaciones).

Literatura local y canon escolar

El canon escolar de literatura mendocina es, sobre todo, paisajístico. Está formado por textos que dan cuenta del asombro ante la inmensidad de Los Andes, de la exaltación del esfuerzo del inmigrante que convirtió este desierto en oasis, del temor al granizo que destruye los frutos, de la alegría de la cosecha. Hay una evidente asociación entre lo regional y lo rural, en una operación de restricción que empobrece las imágenes conceptuales sobre la región de los niños destinatarios.

Así, la identidad local se liga a un pasado y a un presente rural - vitivinícola. Se presenta una imagen idealizada del trabajo rural, invisibilizándose no solo la Mendoza urbana, sino también otras actividades económicas fundamentales como el comercio, la explotación petrolera, la producción de manufacturas.

Pero existen otras lecturas y escrituras desde y sobre Mendoza. Libros gestados en las últimas décadas que aúnan temática regional y calidad estética. Libros capaces de provocar en los chicos ese estado de interrogación (palabras de Andruetto) que propicia un recorrido interior. Libros que reinterpretan la tradición mediante renovadas lecturas del pasado y que proponen a los niños apertura para mirar la tierra que los rodea y a sí mismos como parte de una continuidad.

Estos textos presentan una Mendoza caleidoscópica y compleja. El centro, los arrabales y las subregiones culturales de los arenales lavallinos, el oasis del sur, la Payunia, la zona vitivinícola, y la alta montaña son marco, excusa o símbolo de otras cosas, de ciertos modos de ser, de ciertas miradas de la vida propias de esta comunidad.

Entonces, quizás las preguntas sean: por qué renovar el canon literario local escolar y para qué incluir literatura mendocina para niños entre las lecturas de los alumnos. O mejor aún: ¿qué les ofrecen a los chicos estos textos que desbordan en canon escolar de literatura mendocina y husmean en otras realidades, más cercanas, más cotidianas pero no menos sorprendentes?

Algunas aproximaciones

Ingreso en la comunidad

La literatura local contribuye a discutir la idea de la identidad. Los escritores y los lectores locales están unidos por lazos de comunidad; es decir, por experiencias y sensibilidades compartidas que ofrecen “condiciones colectivas para la lectura de la realidad” (Finocchio, 2012).

Según Teresa Colomer, una de las funciones de la literatura infantil y juvenil es la “incorporación de los niños al imaginario de su colectividad”. Define imaginario como “las imágenes y mitos que los humanos utilizan como fórmulas tipificadas para entender el mundo y las relaciones sociales” (2005: 204). Colomer sostiene que

Algunos de los motivos y elementos del imaginario parecen ser universales, otros pertenecen a un área cultural y otros son propios de una cultura concreta. Entre todos ayudan a los pequeños a construir sus distintos niveles de pertenencia al sentirse formando parte del espectro que va desde su cultura más próxima hasta su constitución como parte de la humanidad. (2005: 205)

Estos elementos afectivos comunes presentes en los textos propician una aproximación vivencial a la literatura, es decir, invitan a entrar en el mundo del arte a través lo próximo, de lo conocido, pero, también, de lo sentido y experimentado.

Así, la literatura de producción local no solo permite ingresar en el imaginario cultural de la comunidad, favoreciendo el sentimiento de pertenencia; sino también, en tanto producto cultural, ofrece la distancia necesaria a los chicos para pensarse y pensar su propia realidad desde otras perspectivas.

Los niños, las generaciones, la literatura

En el marco de la comunidad, la literatura es el espacio de cruces generacionales. Es la posibilidad de transformar esos cruces en encuentros para recorrer caminos en torno al yo, pero también hacia el pasado y hacia el futuro a través de las sucesivas operaciones de lectura y de reescritura.

Una de las dificultades al enseñar literatura a los jóvenes en la escuela es la pérdida de la relación orgánica con el pasado que se ha producido en las generaciones más recientes (Jarkowski: 2012). Muchos textos locales recientes de literatura para niños y jóvenes proponen otras lecturas del presente alejadas de las representaciones de Mendoza ofrecidas por el canon escolar tradicional1 y ofrecen la posibilidad de entablar otro diálogo con el pasado y de pensar otros futuros posibles, individuales y colectivos.

Desde una perspectiva histórica, la literatura brinda la posibilidad de acortar la brecha generacional al crear un vínculo entre generaciones distintas (Hèbrard: 2006), ya que les permite a niños y jóvenes una perspectiva de sí mismos y de su realidad anclada temporalmente, en tensión con el pasado y con el futuro.

Literatura local y escuela

Los niños ingresan a la escuela con un bagaje de conocimientos personales – sociales, que, según las posibilidades económicas y culturales de sus familias, son más o menos cercanos a los conocimientos valorados por la escuela, relacionados con la cultura letrada, que son considerados necesarios y valiosos para el desempeño social (Lahire, 2012).

Bernard Lahire señala que los modos populares de lectura son de tipo pragmático y que se oponen al modo escolar de lectura que concibe el texto como un universo de sentido autónomo. Por eso, muchas veces los chicos, sobre todo en las escuelas secundarias, ofrecen resistencia a la lectura y sostienen que algunos textos son “demasiado fantasiosos” (Salas Astorga, 2011), porque los leen desde un criterio de verdad y no de verosimilitud, que no responde a la concepción del texto literario como un mundo ficcional cuya lógica obedece a sus propias reglas constructivas2.

Así, los textos de producción local pueden ofrecer un mundo de referentes y sentidos conocidos, que minimizan la distancia entre los conocimientos personales –sociales y los conocimientos escolares. Para muchos chicos, estos textos respiran un aire de vecindad les permite ir más allá de la lectura instrumental orientada hacia un fin práctico al brindarles la posibilidad de asombro a la vuelta de la esquina, ahí en Guaymallén o en el lago del Parque.

Autores mendocinos

La punta del ovillo

Pero, ¿qué es lo propio, lo compartido, en los textos de autores locales?

No es el paisaje mendocino (que en algunos aparece y en otros no). No son los estereotipos de la vitivinicultura. Tampoco es la Historia provincial (esa de las grandes cosas, con mayúscula, que estudiamos en la escuela)… ¿Entonces?

La literatura local es creada por escritores que saben que No es lo mismo el otoño en Mendoza, que el Futre está a la vuelta de cada montaña, que Eleve diez qué hora es, que donde topa están los chocos… Son estos textos internos los que conforman una cierta mirada, son los guiños que nos hacen reconocernos aunque estemos lejos, más que el paisaje, más que la tonada.

Si recorremos todo el equipaje de palabras, historias, canciones, poemas, ritmos, recuerdos, dichos, sonidos de la infancia, etcétera, que probablemente cada uno de nosotros cree no tener […], vamos a descubrir la punta de un ovillo. Ovillo que atesora los hilos que dan sentido al imaginario de cada persona. Los imaginarios convergen y esta convergencia de mundos internos y externos, dan sentido al imaginario colectivo de una familia, de una región, de un país. (Devetach, 2008: 14).

La gran pregunta es: ¿podemos, en tanto docentes, hacer del aula no sólo el espacio de reproducción de la cultura sino el lugar de circulación, asimilación, deconstrucción y recreación de lecturas?

Las vivencias cotidianas y compartidas se ofrecen, en muchos textos recientes de literatura local para niños y jóvenes, como punto de partida para la renovación formal respecto de la producción mendocina de literatura para niños precedente, más ligada al consumo escolar, tradicionalmente conservador respecto de lo temático y lo estilístico3. Es evidente la voluntad de ruptura con los estereotipos de lo rural-vitivinícola y el desplazamiento de la mirada hacia la Mendoza urbana, la del centro, la de los barrios.

En las últimas décadas hay un predominio manifiesto de la narrativa y de géneros como la historieta, que propone la lectura simultánea de texto e imagen. No se canta a la inmensidad de las montañas ni al oasis del regadío, sino que se construye a través de la palabra una geografía capaz de albergar el misterio, el horror, la fantasía, el mito.

Los trabajos de Liliana Bodoc, de Chanti y de Fabián Sevilla, más allá de su incuestionable calidad, abrieron la discusión sobre la posibilidad de gestar productos culturales de circulación nacional e internacional desde Mendoza. E instalaron en la pregunta sobre si lo manifiestamente local tiene cabida en otros mercados fuera de la provincia o, si para trascender los límites de Mendoza es necesario dejar de hablar la lengua de la comunidad.

Para seguir tejiendo…

En este punto, cabe volver a la pregunta inicial (¿qué les ofrecen a los chicos estos textos que desbordan en canon escolar de literatura mendocina y husmean en otras realidades, más cercanas, más cotidianas pero no menos sorprendentes?) para ensayar algunas conclusiones.

La literatura que habla de lo próximo es un atajo para invitar a los chicos a tejer su propio ovillo en la trama de la cultura. Estos textos mendocinos (de-sobre-para Mendoza) son la invitación a mirar y a mirarse, a cuestionar y cuestionarse, a construir y construirse.

Y, en última instancia (pero quizás en primer lugar), la lectura (sobre nuestro barrio / sobre nuestra comunidad / sobre nuestro mundo / sobre otros mundos) promueve la construcción de sentidos, da palabras para opinar y participar: tiende puentes hacia la inclusión. Da lugar a la duda, desestabiliza las certezas, hace surgir los cuestionamientos sobre la realidad, sobre los discursos acerca de esa realidad, sobre el poder que se erige detrás de las enunciaciones sobre lo real.

Dice Michele Petit:

Y si la lectura incita al espíritu crítico, que es la clave de una ciudadanía activa, es porque permite un distanciamiento, una descontextualización, pero también porque abre las puertas de un espacio de ensoñación en el que se pueden pensar otras formas de lo posible (1999: 26)

La literatura nos da la posibilidad de ser más sujetos y, en ese camino, tener una mirada más humana sobre los demás. Pero no sólo eso. También nos permite pensar que no hay una sola interpretación de la realidad, y que nuestro propio lugar es mucho más vasto, complejo y heterogéneo de lo que pensamos. Que somos mucho más que montañas y vendimias. Y que es nuestro el desafío de imaginar y crear otras Mendozas posibles.

Por Por Brenda Sánchez, Lic. en Letras (UNCu), Especialista en Lectura, Escritura y Educación (FLACSO)

1 En Sánchez, B. (2013) “De siesta y acequia: literatura regional de Mendoza y escuela”. En: Actas del Segundo Congreso Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Mendoza: 166-175 http://es.scribd.com/doc/120998867/Actas-Segundo-Congreso-Literatura-Infantil-y-Juvenil-Primera-Parte

2 El texto literario es autorreferencial, un “tipo de discurso en el que la función referencial se debilita al máximo” (Sánchez Corral, 1995: 145) Es decir, aunque tome algunos elementos espaciales o temporales conocidos, “reales”, situados, la construcción de ese mundo es puramente ficcional. Este anclaje referencial contribuye a una “sensación de realidad”. Es un espacio ficcional que puede superponerse al real, pero es una creación artística orientada a un fin estético.

3 Incluso hasta entrados los años ochenta, en la producción literaria local para niños hay un predominio de las composiciones en verso, de temas patriótico-celebratorios, religiosos, paisajísticos, con finalidad didáctica y tono moralizante.

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