Falsas epidemias y consumo abusivo de psicotrópicos

El psiquiatra Allen Frances alerta en su "¿Somos todos enfermos mentales?" sobre la tendencia a los sobrediagnósticos y la creciente medicalización.

Bajo el argumento de la complejización ejercida por nuevos hábitos que llevan al desempeño de tareas simultáneas -el llamado mustitasking- los déficits de atención y el aumento del estrés, la psiquiatría moderna ha incurrido en lo que Frances define como inflación diagnóstica, un fenómeno que va camino a profundizarse con la ampliación del repertorio de síndromes y patologías.

El autor, catedrático de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Durham (Carolina del Norte), estuvo a cargo durante varios años de la cuarta versión del Manual Diagnóstico y Estadí­stico (DSM), que fija jurisprudencia sobre las diferentes patologí­as mentales y funciona como una suerte de sagrada escritura para los psiquiatras.

Ante la aparición de una nueva versión del DSM que incrementó la documentación de patologías y tiene correlato en una inagotable ofensiva farmacológica, Frances decidió ejercer un poco de autocrítica y escribió un texto cuya tesis central es la disolución -fogoneada por la psiquiatría- de las fronteras entre lo normal y lo patológico.

Frances asegura que mientras la idea de normalidad en tanto construcción social se ve asediada por una diversidad de saberes que van desde la sociología a la filología -la dificultad para calibrar los alcances del vocablo abarca también a los diccionarios- los conglomerados farmacéuticos aprovechan esta dispersión para expandir las fronteras de los diagnósticos y viralizar entre la población la condición de enfermo mental. 

La quinta edición del DSM ha sido sin duda la más polémica, acaso porque aparecen categorizadas como patologías algunas cuestiones que para muchos psiquiatras no constituyen una enfermedad mental. Y mientras algunos trastornos como la adicción al sexo o a internet fueron finalmente revisados, otros permanecen y contribuyen, según la mirada del autor, a "psiquiatrizar" más a la sociedad. 

 "Nosotros fuimos muy conservadores y solo introdujimos dos de los 94 nuevos trastornos mentales que se habí­an sugerido. Pero el DSM IV resultó ser un dique demasiado endeble para frenar el empuje agresivo y diabólicamente astuto de las empresas farmacéuticas para introducir nuevas entidades patológicas. No supimos anticiparnos al poder de las farmacéuticas para hacer creer a médicos, padres y pacientes que el trastorno psiquiátrico es algo muy común y de fácil solución", explica.

En ¿Somos todos enfermos mentales? (Ariel), Frances describe el advenimiento de una generación de adictos a los antidepresivos, antipsicóticos, ansiolí­ticos, somní­feros y analgésicos, una afirmación que acompaña con cifras: el 11 por ciento de los adultos y el 21 por ciento de la mujeres estadounidenses tomó antidepresivos en 2010, al mismo tiempo que el 4 por ciento de los niños ingiere algún tipo de estimulante.

Al autor lo irrita particularmente la desembozada impunidad con que la industria farmacéutica publicita sus productos, que circulan como soluciones milagrosas frente al malestar indiferenciado: no cuestiona su eficacia en trastornos severos y prolongados, pero impugna su utilidad frente a los problemas cotidianos, en los que el exceso de medicación puede generar más contratiempos que beneficios.

Frances sostiene que el rubro farmacéutico dispone de recursos prácticamente ilimitados -fuerza polí­tica, habilidad publicitaria y ambición para buscar nuevos mercados y mayores beneficios- y que en la actualidad se producen más muertes a causa de los medicamentos que a causa de las drogas ilegales compradas en la calle: "Si sus productos se utilizan a la ligera, las compañí­as farmacéuticas pueden ser tan peligrosas como los cárteles de la droga", alerta.

"Las farmacéuticas están engañando al público haciendo creer que los problemas se resuelven con pí­ldoras. Pero no es así­. Los fármacos son necesarios y muy útiles en trastornos mentales severos y persistentes, que provocan una gran discapacidad. Pero no ayudan en los problemas cotidianos, más bien al contrario. No existe el tratamiento mágico contra el malestar", cuestiona.

Alentado por el objetivo de "salvar a la gente normal pero también a la psiquiatría", Frances sugiere controlar a la industria pero especialmente concientizar a los médicos y a la sociedad, que suele acatar sin objeciones las facilidades promocionadas por la medicación, lo que genera en paralelo la aparición de un mercado clandestino de fármacos psiquiátricos.

"Si la gente entendiera el efecto placebo tendrí­a menos fe en las pastillas. La mayorí­a de las personas acuden al médico en el peor dí­a de su vida. Cuando salen de allí­ con una pastilla van a mejorar pero, si la visita termina sin pastilla, también mejorarán, porque sus propios mecanismos de defensa les ayudarán a ello. La tasa de respuesta positiva ante el placebo es mayor del 50 por ciento y la de los fármacos es del 65 por ciento", explica.

Las pastillas generan reiterados autoengaños y propician visiones totalizadoras que alientan a pensar que toda mejoría es consecuencia inequívoca de su ingesta, omitiendo en esa operación la incidencia de otros factores como el poder de la resiliencia (la capacidad humana para sobreponerse a situaciones emocionales adversas), el paso del tiempo y la contención familiar.

El psiquiatra, que prevé un aluvión de críticas a su postura, remarca que no está en contra de la diagnosis ni los tratamientos psiquiátricos, pero sí de la vaguedad y la ligereza con que actualmente son explicados algunos trastornos, dando lugar a sobredosis y errores de dictamen.

Uno de las cuestiones contra la que arremete con mayor vehemencia es la de los trastornos mentales infantiles, un campo en el que se ha reportado en los últimos años falsas epidemias de autismo, déficit de atención y trastorno bipolar, tres patologías que irrumpen con frecuencia en ámbitos escolares y que en cierta medida encubren otras falencias -como la pérdida de autoridad de los docentes o problemáticas en el seno familiar- y facilitan el deslindamiento de responsabilidades, relegando las soluciones al campo farmacológico.

"Necesitamos reeducar a los médicos y al público y decirles que la medicación genera daños, no sólo beneficios, de que no todo problema humano viene de un desequilibrio quí­mico, que la tristeza no se debe tratar, que el diagnóstico psiquiátrico es difí­cil de hacer y que se tarda mucho tiempo para ello y, en muchas ocasiones, varias visitas con el paciente. La gente debe aprender que los fármacos pueden ser peligrosos para ellos y para sus hijos", arenga Frances. 

Fuente: Télam

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5 de Diciembre de 2016|01:41
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