Pequeñas declaraciones de la (in)dependencia

Ser independiente o no ser. Esa es la cuestión que, para muchos en algún momento u otro, marca el sentido de la vida. En otras palabras, ser cuentapropista o trabajar en dependencia. Partir de la casa de los padres y bancarse un alquiler o retrasar esta aventura por las certezas y seguridad que brinda el grupo familiar.

Sin embargo, si esta encrucijada era clara en otros momentos, tras la crisis del 2001 –o antes, mucho antes- pareciera embarrarse aún más la cancha, por distintos factores que pueden comprometer una declaración personal de independencia.
   
Cuando el nido no deja de estar vacío

Por estos días, una nueva película del realizador Daniel Burman nos otorga pistas sobre ciertas pautas culturales de los argentinos. Preocupado como siempre por reflejar en la pantalla grande los conflictos propios de los vínculos familiares, desde “El abrazo partido” hasta la consagración de “Derecho de Familia”, ahora Burman muestra otro costado de la relación entre padres e hijos con el “Nido Vacío”: cómo hacen los padres para redescubrir el sentido de la vida, después de cierta edad, cuando los hijos deciden independizarse y, por ello, marcharse del hogar paterno.

El film -en la imagen, puede verse a sus actores, Cecilia Roth y Oscar Martínez- recoge, a su vez, aquel llamado síndrome por el que los padres viven un período de conflicto, de ansiedad y angustia ante la partida. Ahora, esa “patria” chica –en el sentido original del término, “hogar de los padres”- ya no tiene ni el rumor ni el escándalo de otras épocas.

Mucha es la literatura al respecto como para versar sobre este tema en estas líneas. Lo que importa ahora es un fenómeno más actual, que condiciona la partida de los vástagos hasta un punto, diríamos, insostenible: ahora son los padres los que desean que los hijos se vayan, de alguna manera u otra, tal como podía encontrarse en esa desopilante novela de John Kennedy Toole, "La conjura de los necios", en la figura del tan insoportable como querible Ignatius J. Reilly.   

“Mi hija se fue a los 16 años porque se cansó de vivir con los hermanos, pero se mudó al departamento que quedaba atrás de la casa, muy lejos no se fue”, relató Ruth, partera de profesión y madre de tres hijos. “Lo único que traía era la ropa sucia, pero la lavaba ella. En lo demás, se mantenía ella sola, hasta se había buscado un trabajo”.

“El mayor consiguió trabajo en Mar del Plata y se quedó a vivir allí, ya se casó y tiene una bebé. Pero al menor, cuando cumplió los veinte, le fui dando señales para que fuera entendiendo que ya era hora de que se buscara otro lugar para vivir”, indicó Ruth, quien si bien tiene un carácter tosco, en su filosofía de vida entiende que los hijos deben abrirse camino con el esfuerzo propio a partir de un determinado momento.   

En este orden de cosas, lo llamativo es que pueden encontrarse personas que ya superaron la barrera de los 30 años y que han retrasado esta posibilidad de independizarse de la casa filial ya sea porque no consiguen afirmarse laboralmente, ya sea porque se encuentran realmente cómodos y no desean abandonar esta situación –si pensamos en dos extremos-. Si lo vemos en perspectiva, en otros tiempos la mudanza comenzaba a partir de un casamiento o, bien, cuando los estudios universitarios incluían necesariamente el traslado a otra provincia.

“Es un fenómeno multicausal, hay que observarlo desde lo personal a lo socio-económico”, advirtió en primera instancia Adriana Hunau, coordinadora del Servicio de Apoyo y Orientación al Estudiante de la UNCuyo. “Lo que hoy vivimos condiciona mucho ese quedarse en el hogar paterno”, agregó la especialista.

“Por un lado, hay que señalar dificultades económicas, porque a pesar de que ha crecido la diversidad de ofertas laborales, no se corresponde con los salarios”, indicó la socióloga Graciela Cousinet. Y también destacó que “a nivel cultural, la distancia entre las generaciones se ha acortado muchísimo en relación a otras épocas. Estar en la casa familiar era aceptar reglas muy estrictas y lograr la independencia a veces se daba por una ruptura violenta, dando un portazo. Ahora las reglas son más flexibles, lo que hace que los hijos se sientan más cómodos en casa”. 

Si toda mirada a este problema de la conquista de la independencia requiere situarse en el contexto, entonces no hay que dejar de lado una panorámica a la sensación de inseguridad –que, claro está, no se restringe a lo sencillamente delictivo-.

“Desde el contexto familiar, se piensa en sentirse más seguro, cuando en el exterior se observa mucha inseguridad”, explicó Hunau e inmediatamente señaló que “esto genera muchos deseos inconscientes de mantenerse más resguardado, a cubierto de la familia paterna”.

Hunau también recordó que se trata de un fenómeno contradictorio, puesto que mientras algunos procesos evolutivos en la persona se adelantan, otros parecieran sufrir cierta postergación de la autonomía personal. Y el papel de los padres en esto es clave. Según señaló nuestra especialista consultada, cuando los estudiantes asisten al servicio de orientación, lo hacen en compañía de sus tutores.

“Hay mucha presencia de los padres en la elección de los jóvenes y hasta parece que están más preocupados ellos que los mismos chicos”, definió Adriana Hunau. 

En el caso de Diego -23 años, estudiante de diseño- tuvo la iniciativa para alquilar un pequeño departamento a partir de los primeros ingresos que le deparaba su carrera.

“Pero me tuve que volver a la casa de mis viejos, porque no la pasaba bien estando solo. Cada dos por tres comía arroz y tenía que llevarle la ropa sucia a mi vieja para que la lavara. Pensaba que podía llevarme chicas y que el departamento iba a ser una fiesta todos los días, pero fue patético”, sentenció el joven tras su corta experiencia de dos meses viviendo en –casi-independencia.

Un detalle curioso es el pudor ante el tema. Muchos consultados, en algunos casos profesionales de buen pasar económico y que ya superan los 40 años de edad, no quisieron hablar cuando se les planteó el tema. La respuesta general es que no necesitaban contarle a nadie porque todavía siguen ocupando una habitación en la casa de los padres y argumentaron que eso provocaría muchas cargadas en su entorno de amistades.

Autonomía: más que una categoría fiscal

Según una investigación de la Universidad Nacional de Córdoba, existen en el país más de 2 millones de trabajadores por cuenta propia, lo que equivale al 24 por ciento de la población ocupada. Algunos datos significativos de esta investigación, dan cuenta que el trabajador autónomo trabaja hasta un 8 por ciento de horas más y perciben un ingreso medio mensual hasta 13,7 por ciento inferior que los empleados en relación de dependencia.

Ser cuentapropista abarca hoy una gran cantidad de rubros, impensable algunos años atrás, sobre todo si tenemos en cuenta que Argentina ha tenido –y todavía hoy mantiene- una arraigada tradición: el máximo empleador es el Estado. Sin embargo, el Estado perdió peso ante las políticas neoliberales en los años 90 que trajeron un sinnúmero de modificaciones en la esfera del trabajo y, así, surgieron los trabajadores autónomos, una nueva identidad laboral.

“Ser independiente cuesta sangre, sudor y lágrimas. Llevamos más de un año en el que ha costado posicionarse, llegar a un público muy difícil como el de Mendoza, empezar sin subsidio e invirtiendo de tu propio bolsillo”, destacó Laura Silvestri, artista plástica y diseñadora de indumentaria, cuya marca propia, Turmalina, puede verse en algunas vidrieras de Mendoza.

“La mayoría de los cuentapropistas fueron desocupados durante la década de los noventa”, sentenció Enrique Tarditti, titular de Apyme, la cámara que nuclea a los pequeños y medianos empresarios. “Alguna vez fueron monotributistas y después pasaron a ser deudores del fisco”, sostuvo.

Para Tarditti, uno de los principales problemas del que trabaja por cuenta propia, y logra sostener una pequeña estructura laboral con empleados, es la agobiante presión fiscal. “Los pequeños productores no están blanqueados, porque no hay una política tributaria adecuada a las pymes, que sea diferente a la que se aplica a grandes empresarios”.

Algunos estudios señalan que fue tras la crisis de 2001 cuando se incrementó la masa salarial de trabajadores autónomos. Otras investigaciones indican que comenzó a darse con anterioridad, en el proceso de transformación del Estado en la década del noventa. Y esto también arroja recuerdos no gratos, como la de aquellos trabajadores de la ex estatal YPF -uno de los empleadores estatales más importantes hasta ese momento- que no lograron acertar con sus posteriores inversiones tras marcharse de la empresa con la plata de los retiros voluntarios y terminaron en la quiebra.  

Para Graciela Cousinet, actual vicedecana de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, “el crecimiento de los trabajadores independientes comienza en el 76, con el golpe de Estado y una política de desindustrialización del país”. La socióloga señaló, entonces, “ahí empieza a crecer un fenómeno que antes era mínimo”.
 
Está claro que ser autónomo en Argentina va más allá de una simple categoría fiscal. Pero si el Estado era el que previamente otorgaba cierta identidad laboral, con la flexibilización propuesta por las políticas menemistas, el cuentapropista pasó a ser un empresario del riesgo.

Al respecto, Laura Silvestri hace un balance y sopesa las ventajas de “trabajar en lo que a vos te gusta, más allá de la rentabilidad; disponés de tus horarios y no sufrís presiones externas”, de las desventajas, entre ellas, que “trabajás más al no tener horarios límites y la remuneración es relativa también porque depende de lo que vendés y esto a veces no es acorde al esfuerzo que realizaste”.

En este sentido, Graciela Cousinet señaló que “en la relación de dependencia, hay que aceptar una serie de condicionamientos, por lo que implica un recorte a la autonomía. A muy pocos le queda opción del trabajo independiente”.

Teoría(s) de la (in)dependencia(s)   

En un país en permanente crisis como Argentina, la independencia en cualquiera de sus esferas no es una opción liberada a la voluntad personal o simplemente regida por los supuestos determinismos de la economía.

¿Puede considerarse a un cartonero o un cuidacoche como trabajadores independientes? ¿Puede pensarse a esos poderosos grupos empresarios invertir sin los subsidios del Estado? ¿Cómo imaginaríamos Argentina sin los condicionamientos de la deuda externa?

Al igual que lo declarado en 1816, nuestra circunstancial independencia individual está atravesada de contradicciones que la superan. Enhorabuena: éstas también son el motor de nuestras pequeñas historias.

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24 de noviembre de 2017 | 16:22
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