Tanta trampa: tentantivas para dar con una canción

El sábado se presentó “Salida transitoria”, el primer trabajo del cantante y compositor mendocino radicado en Buenos Aires, Traicionero (Seba Scire). He aquí un típico texto de ocasión.

I

Para empezar: esto está mal. Las canciones no deberían explicarse. Ese vacío profundo, dilatadísimo, no debería traducirse nunca a un lenguaje mensurable. Por eso está mal que escriba sobre lo escuchado en el transcurso de una mañana de resaca, junto a un monitor moribundo. En verdad es innecesario. Tal vez porque algo de mí se distorsiona al filtrarse a través del papel. No sé.

El error es este, ya deberías saberlo a esta altura de tu vida: el afán de sobreinterpretación arruina la fiesta. Nadie quiere que le lean la borra en su vaso de vino o que le vislumbren, con ojeras de telépatas entendidos, la posibilidad de un amanecer dorado en la mancha de vómito de la cocina.

De eso se trata todo, ¿no? De abrir las esclusas del sentido a la espera de una revelación que siempre tarda en llegar o, lisa y llanamente, traiciona nuestras expectativas.

Maldigo del alto cielo
La estrella con su reflejo
Maldigo los azulejos
Destellos del arroyuelo
Maldigo del bajo suelo…

Tapa Traicionero

Tapa de "Traicionero", proyecto solista de Sebastián Scire con canciones en formato low-fi. Según el autor, el proyecto esta orientado al tránsito de una experiencia artistica de belleza y libertad, autogestiva y libertaria. (Foto: Lau Cutini)


II

Dejo correr el agua, me miro en el espejo y, sabiendo quién soy, murmuro: “es imposible escribir algo original sobre la canción después de haber leído a John Berger”. O casi. Pienso con melancolía que ese es el riesgo de haber nacido demasiado tarde, “a pura deshora” y con un hambre irremediable.

De la orgía me llegó un lejano rumor, como si viniera de un universo subterráneo.

Montaigne + carne.

Una canción, entonces, es un puente tendido entre la idea del cuerpo y el cuerpo putrescible.

Se dice cancionista como se dice cirujano, prostituta o alabardero. Oficios que operan, fundamentalmente, sobre la carne. Una canción atraviesa el aire y da de lleno con el cuerpo del oyente. Ese acto, a simple vista sencillo, es de una intimidad asombrosa. Aún en medio de una multitud vociferante la canción llega y nos perfora.

Leonard Cohen.

Violeta Parra.

Virgilio Expósito.

Gabo Ferro.

Leonardo Favio.

No puedo decirlo de otra manera: fuimos violados por una canción.


III

Una canción se mete en nosotros y al abandonarnos (porque está viva y no puede evitarlo), descubrimos que, pese a todo, hemos a sobrevivido con cierta dignidad sobre una tierra arrasada.

La tierra arrasada de los sentimientos.

La tierra arrasada de los sentidos adormecidos.

La tierra arrasada de la vinculación política con el mundo.

No somos más sabios después de escuchar una canción; sin embargo intuimos que algo inédito se ha desprendido del horizonte de nuestras vidas para ponerse en movimiento.

Voy a escribir algo que se parezca a una verdad simple.

Traicionero

 (Foto: Lau Cutini)

IV

Tu regreso me llega en forma de un par de fotos y una sesión de chat. Yo las subo a la web y hago de eso, de esa dación espontánea realizada a cientos de kilómetros de esta ciudad, un evento con una locación y una temporalidad (y una expectativa) determinada. Es decir: creo una fisura posible que tal vez suceda o no en la trama incierta de los días por venir. Algo que, ahora que lo escribo, me resulta extrañamente conocido: la constante publicación de sí, el grito incoloro en medio de la muchedumbre.

Fotos de un presente difuminado.

Traicionero

 (Foto: Lau Cutini)


V

El más extraño de los lugares resulta ser una canción. Sin brújula ni referencias e incluso en medio de una borrasca impenetrable, seguimos estando dentro de una canción. Es como si en su estela estuviera cifrada nuestra desmesurada geografía humana.

¡El horror!

¡El horror!

¡El horror!

E, inmediatamente, su reflejo:

¡El amor!

¡El amor!

¡El amor!

Una canción es un salmo pagano, dijo Juan Desiderio.

-¿Una isla?

-Una isla.


VI

Los cinco o seis lugares que frecuentábamos en el pasado fueron desapareciendo. Hoy la ciudad es una necrópolis condenada a la perpetua repetición de estilos, modos y comportamientos. Cambian los cuerpos, la disposición visual de la carne desnuda, pero no alcanza: son los muertos los que, con plenitud de salud, siguen marcando la agenda.

Después de todo, la canción de nuestra madurez no existe, por eso hay que seguir inventándola.

Pablo Grasso

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