Independencia económica, ayer y hoy

En realidad, los datos más cercanos nos llevan al concepto de la independencia, como la ruptura de un sojuzgamiento producto de la época colonial, que se vivió en América hasta mediados del siglo XIX, que pero que se mantuvo en África y el sudeste asiático hasta bien entrado el siglo XX.

Es probable que la necesidad de declarar la Independencia, como continuación de la Revolución de Mayo de 1810, que tuvo un inicio de institucionalidad con un hito muy importante en la Asamblea del año 1813, también haya tenido motivaciones económicas.

Es que la contribución que debían hacer las colonias hacia la metrópoli (y esto se daba en todos los casos de colonización, independientemente del país colonizador) era tan gravosa, que los habitantes de esas colonias veían desaparecer el fruto de su trabajo y las riquezas sin recibir nada a cambio.

Durante todo el siglo XIX, y hasta después de la sanción de la Constitución nacional, en 1853, la búsqueda fue la de consolidación institucional, con muchos intentos y una búsqueda que incluyó guerras internas que tenían un denominador bastante claro: la dominación del puerto de Buenos Aires.

Todo esto se vio reflejado en la sanción de la Carta Magna, que implicó la separación de Buenos Aires y su posterior inclusión luego de las batalla de Pavón. El puerto de Buenos Aires era la mayor fuente de ingresos para las arcas nacionales. Incluso, la Constitución Nacional dice expresamente  que “el Estado nacional proveerá a sus gastos con los impuestos de Aduana y las rentas de Correo”. Estos eran los recursos genuinos pertenecientes a la Nación previstos por los Constituyentes.

A la independencia del país le seguiría, pues, un tema que al día de hoy no tiene fin, y es el de la federalización del país. Si uno recorre el mapa del desarrollo de la economía argentina hacia fines del siglo XIX, con posterioridad a la Campaña del Desierto de Roca, puede verse que los tendidos de vías férreas, así como la estructuración de las grandes rutas nacionales parecen un embudo cuya boca más fina termina en el puerto de Buenos Aires.

Diversos historiadores han desarrollado una profusa investigación acerca de lo que fue el desarrollo económico posterior a la “conquista” de Roca. Hasta ese momento había 600.000 hectáreas cultivadas y en 10 años se llegó a 22 millones de hectáreas. El desarrollo fue plenamente agrícola ganadero y la necesidad de colocar la producción llevó a que autoridades entonces plantearan una alianza con Gran Bretaña, que era la potencia que dinamizaba los negocios pero, que además, tenía el mayor conglomerados de entidades financieras que podían financiar los déficit crónicos que el Estado nacional tuvo durante gran parte del siglo XIX.

Esta Alianza con los británicos y el posterior pacto Roca-Runciman son señalados por muchos autores como señales de pérdida de independencia y de atraso, que condenó a la argentina a ser productor de materias primas sin  poder ingresar en la etapa que, con naciente en la revolución industria, había tomado fuerte auge en Estados Unidos y Europa entre mediados y fines del siglo XX, y explotó en el siglo XX.

Los problemas de la deuda externa

Hasta el día de hoy, se sigue discutiendo acerca de la deuda externa y sus consecuencias, como condicionante, para el desarrollo de la economía argentina y la limitación de la independencia económica. Pero vale decir que el problema de las deudas externas nace antes de la institucionalidad y siempre fue un problema que no supieron manejar los gobiernos desde aquella época.

El economista e historiador Roberto Cortés Conde, en su libro “La economía Argentina en largo plazo (siglos XIX y XX)” (Ed. Sudamericana, 1997) detalla el circuito y acumulación del endeudamiento. Cuenta, por ejemplo, que el primer préstamo fue tomado por Buenos Aires en 1824 con el banco inglés Baring por 1 millón de libras esterlinas, y tuvo por objeto financiar la guerra con Brasil. Los servicios del préstamo no se pagaron y fueron asumidos por la Nación en 1862, al hacerse cargo de la Aduana que había pertenecido a Buenos Aires.

Previamente, en 1857, se había llegado a un arreglo con el banco Inglés y se retomó el pago previo contratar un nuevo empréstito de 1 millón de libras adicionales para hacer frente a su pago. En este caso, los pagos se hicieron normalmente hasta su vencimiento.

Desde ahí, hasta 1880 se tomaron dos préstamos más. Uno con la Casa Baring, en 1865, para financiar la guerra con Paraguay, por 2,5 millones de libas esterlinas, y otro para obras públicas, en 1870. Se pensaba con esto construir el puerto de Buenos Aires, el de Rosario y los ferrocarriles. Pero cuando llegó la plata, los proyectos no estaban terminados y lo depositaron en los bancos a plazo, originando una expansión monetaria de crédito bancario muy fuerte en el sector privado.

A principios de 1880, el saldo de la deuda era de 33 millones de pesos oro y en 1890 ya era de 128 millones de pesos oro. En esto se incluyó la absorción por la Nación de deudas de la provincia de Buenos Aires.

La historia es muy larga y llena de detalles, pero vale pena saber que, por incumplimientos e imposibilidad de pago, la Argentina hizo una especie de moratoria en 1890, y que, por diversos mecanismos de arreglos con varios comités de bancos, la deuda había ascendido a casi 300 millones de pesos oro. En 1890, y con una deuda de 33 millones de pesos oro, las exportaciones representaban 54 millones de pesos oro. Hacia fines de siglo, la deuda había crecido diez veces y las exportaciones solo dos veces.

El peso de la deuda ha sido, indiscutiblemente, un condicionante permanente para el desarrollo. Muchos gobiernos, ante la necesidad de mayores pagos y por no tener crédito, aumentaban los impuestos y, muchas veces, pagaban algo y con el resto generaba una expansión del gasto público que derivaba en picos inflacionarios.

Algunos argumentan que la deuda era consecuencia del modelo de la división internacional del trabajo, quien nos había condenado a ser proveedores de materias primas y que el perjuicio vino por el lado de los términos del intercambio desfavorable (nuestros productos primarios valían cada vez menos y los productos industrializados cada vez más). Otros, en cambio, lo ven como la consecuencia de malas decisiones políticas de cada momento.

El concepto de Perón

Cuando Juan Domingo Perón llegó a la presidencia, Argentina había pasado por la experiencia de la crisis posterior a 1930, donde como consecuencia del parate de la economía mundial, y la abundancia de oferta de mercaderías a bajo precio, se concibió la necesidad de mirar al mercado interno y potenciar la industria local protegiéndola de la competencia externa.

Fue el nacimiento del concepto de la sustitución de importaciones. Los modelos proteccionistas estaban presentes en todo el mundo y Perón incorporó como una de las banderas de su partido la independencia económica. Esto suponía mucho más que el simple proteccionismo.

Perón sostenía este proceso como el del despegue industrial. Pero esta consigna había sido dada en la década del `30, pero llena de condicionantes, porque no podía avanzar más que la industria ligada al procesamiento de las materias primas que el país producía. Perón arremete contra uno de los grandes condicionantes y apoya decididamente la industria pesada, la siderurgia y la metalmecánica.

El problema argentino recurrente cada vez que había ciclos proteccionistas era que mejoraba sustancialmente el ingreso de los trabajadores y ello la demanda interna, pero aparecían limitaciones energéticas imposibles de suplir y otra vez se volvía a ciclos de crisis con mayor endeudamiento y devaluaciones que licuaban el poder adquisitivo de los salarios

La independencia en tiempos de globalización

La globalización vista con ojos actuales es un proceso donde el avance tecnológico ha producido un achicamiento de las distancias. Y vuelve a darse el caso de países dominantes y países dominados, pero con características distintas.

Después de las dominaciones militares, la dependencia se originaba por la vía de los recursos financieros. La disponibilidad de capitales era escasa y posibilidad de traslación muy compleja y sometida a tantas condiciones, que acceder a él era la diferencia entre unos y otros.

Hoy ya se habla de países globalizadores y de países globalizados y la diferencia entre ambos en la disposición de un proceso de desarrollo científico y tecnológico autónomo. Y esta es una oportunidad muy grande para que muchos países puedan achicar las diferencias, si la dirigencia, si la elite de cada país visualiza los procesos.

Hoy los países productores de materias primas, a contrapelo de la historia, están de parabienes. El aumento de los precios de sus productos achicó notablemente la brecha de los términos de intercambio. La cuestión estará dada por los pasos que sigan en consecuencia.

Y hacen falta decisiones de largo plazo, con mucha convicción y coherencia, lo que supone una visión más o menos compartida para no desviarse del objetivo. El primer compromiso debe ser con la educación pública y la salud pública. Ningún país podrá ser independiente si su población no tiene asegurados estos servicios. Pero además, porque sin educación de excelencia en todos sus niveles, será imposible formar parte de los países globalizadores.

El segundo concepto que se debe tener en cuenta es que nadie es independiente. Nunca nadie lo fue en términos absolutos, porque para poder vender siempre es necesario comprar. El desarrollo científico será fundamental para abrirse un camino y ocupar un lugar y debe ser un proceso que, como la evolución de la inteligencia humana, debe comenzar para no detenerse nunca más

El mundo tiene un desafío por delante en materia energética y de alimentos. Nosotros producimos los últimos, aunque por conceptos equivocados, estamos atentando contra el crecimiento. El desarrollo tecnológico en la producción, elaboración y alimentos debe ser un requerimiento fundamental para agregar valor diferencial.

El mundo que viene es probable que tenga los mismos problemas estructurales aunque de mayor dimensión por la integración de India, China y Rusia como demandantes y oferentes. En un mundo tan grande, una cosa es reivindicar la identidad propia, la identidad cultural en otros aspectos y otra distinta es volver a fórmulas proteccionistas antiguas. Eso no es independencia, es ceguera.

Los mismos bloques regionales deberán replantear algunas estrategias de interacción que, respetando la identidad y los intereses estratégicos, permitan intercambiar negocios con todo el mundo.

Pero la mejor manera de ser independiente es tener las cuentas sanas, deber lo que se puede pagar y gastar con eficiencia para que el crecimiento sea genuino. Solo así uno de puede sentar a negociar mucho espacio en la mesa de los independientes.

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