Memorias de la utopía de Augusto Sandino

El éxito de sus primeros combates atrajo centenares de voluntarios a su columna, y reavivó la belicosidad del Ejército Liberal Constitucionalista.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: Memorias de la utopía de Augusto Sandino, un general de hombres libres

Si un hombre vive del pasado, desperdicia su presente; pero si un hombre ignora el pasado, tal vez desperdicie su futuro. Las semillas de nuestro destino, son nutridas por las raíces de nuestro pasado.

A. Martin Zweiback*

1. El otoño del patriarca

Managua, 17 de julio de 1979.

Fue a la medianoche. La figura, ahora un tanto encorvada, de quien fuera el hombre más poderoso de Nicaragua, se inclinó aún más para ingresar a su avión Hawker Siddeley HS-125 600B, matrícula YN-BPR. En el trayecto desde el bunker al aeropuerto, sus ojillos de animal acosado buscaban la abrupta aparición de sus potenciales verdugos.

Pero éstos no eran, como cabría suponer, los partidarios de aquel general que su padre, Anastasio Tacho Somoza, había mandado asesinar medio siglo atrás. Peor. El patriarca temía ser ejecutado por su propia Guardia Nacional de Infantería, si se filtraba la noticia de que en ese mismo instante estaba huyendo del país, dejando a su cuerpo de élite en trance de caer en manos de las fuerzas guerrilleras.

Mientras la aeronave vibraba suavemente, mecida por sus turbinas a reacción, el patriarca revivió indignado la lectura de los últimos mensajes enviados desde los Estados Unidos de Norteamérica, y entregados en mano por el embajador en Managua, Lawrence Pezzullo: ”Su continua demora [...] compromete nuestra habilidad para tratar de lograr un resultado moderado [...] yo lo invito a organizar su partida sin dilación”; “El presidente Carter [...] no está disponible para devolver llamadas [...] todos estamos de acuerdo en que debe abandonar el gobierno lo más pronto posible”.

Pocas horas después, al amanecer del 19 de julio, convergían sobre Managua las columnas guerrilleras, como relató la comandante Mónica Baltodano Marcenado:

El 19 de julio marchábamos de Granada hacia el bunker de Somoza en la Loma de Tiscapa. Nos dieron la orientación, la noche del 18, que todas las fuerzas guerrilleras de todos los frentes debíamos avanzar hacia Managua a enfrentar la caída de la Guardia Nacional que estaba atrincherada, nos dijeron, en sus cuarteles de Managua [...] Iniciamos una caravana en la madrugada, pasábamos por Masaya y desde ahí nos dimos cuenta que la victoria era un hecho. Aún quedaban grupos de guardias, desperdigados, pero la mayoría había huido dejando sus uniformes y se habían puesto ropas de civil. La gente salía a recibirnos por los pueblos, se nos pegaron en la caravana carretas, carretones, carros, camionetas, bicicletas, camiones, motos...

Un año después, en la primavera de 1980, la vida del patriarca llegaba a su fin en Asunción del Paraguay, cuando los guerrilleros argentinos Hugo Irurzún y Enrique Gorriarán Merlo descargaron la furia de sus armas —un fusil M-16 y un lanzacohetes RPG-2—, sobre el lujoso Mercedes Benz blanco en que se desplazaba el ex dictador.

2. La leyenda del indomable

Puerto Cabezas, departamento de Zelaya, 1926.

Malos vientos soplaban en Nicaragua. Una nueva intromisión de los EE.UU. en favor de Adolfo Díaz, político conservador de simpatías pro-norteamericanas, generó una guerra civil con el bando liberal, que estableció su base operativa en esta ciudad, situada a orillas del Mar Caribe. Como consecuencia del conflicto, la Marina estadounidense desembarcó numerosos efectivos de infantería, que procedieron a desalojar a todos los elementos liberales de la zona, arrojando el armamento capturado al mar.

En esas circunstancias, un joven nicaragüense de 31 años de edad, Augusto Nicolás Calderón Sandino, ayudado por un grupo de amigos y por las prostitutas del puerto, recuperó una parte del armamento hundido y emprendió la navegación del río Coco para asentarse en la región de Las Segovias, desde donde estaba decidido a presentar batalla al invasor extranjero.

El éxito de sus primeros combates atrajo centenares de voluntarios a su columna, y reavivó la belicosidad del Ejército Liberal Constitucionalista, el cual le reconoció el grado de general. El empuje de estas fuerzas conjuntas hizo retroceder a las tropas conservadoras, las cuales debieron replegarse hacia el Pacífico. A principios de 1927, los liberales habían tomado la ciudad de Chinandega, con lo cual Managua, capital de la República, quedaba seriamente amenazada.

El peligro fue conjurado por el presidente conservador Díaz, quien apeló a los marines norteamericanos para que relevaran a las diezmadas huestes nativas. Las fuerzas extranjeras, que a la sazón sumaban ya 5.500 efectivos, procedieron a recuperar a sangre y fuego Chinandega. Este giro de la situación asustó a la comandancia liberal, que prefirió rendir sus armas a cambio de una convocatoria a elecciones para el año 1928.

Pero para Sandino, estas condiciones eran inaceptables. Desacató la orden de rendición y, con un pequeño grupo de hombres, se replegó a la zona montañosa de Nueva Segovia, desde donde difundió un manifiesto en el que bautizaba a su grupo como Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, y confería a su gesta el carácter de guerra de liberación nacional contra los Estados Unidos, declarando “traidor a la Patria” a todo aquel nativo que colaborara con los invasores.

Entre 1927 y 1928 las tropas de Sandino, apelando al uso del machete como letal arma blanca, infundieron el terror entre los marines y lograron la incorporación a sus filas de miles de campesinos, procediendo a destruir todas las propiedades norteamericanas que encontraban a su paso. Su nivel de popularidad llegó a tal punto que el periodista francés Henry Barbusse bautizó a Sandino con el inmortal apodo de General de hombres libres.

Se hacía necesario destruir esa popularidad, intentando convencer a la opinión pública de que el conflicto era una simple guerra civil entre nicaragüenses. Para ello, los marines crearon en 1928 la Guardia Nacional de Infantería, que fue confiada al mando de Anastasio Tacho Somoza. No obstante, la evolución de las operaciones favorecía al ejército de Sandino, el cual, hacia el año 1932, había logrado tender un sólido cerco alrededor de Managua.

En esos días, los EE.UU. tenían un grave problema interno, originado en la devastadora crisis económica de 1929. Convergiendo esta situación con las victorias del ejército rebelde, el recién electo presidente Franklin D. Roosevelt ordenó, en enero de 1933, la evacuación inmediata de todas las tropas norteamericanas asentadas en Nicaragua. El triunfo de Sandino era total. Logró la reposición de un presidente liberal y declaró oficialmente la terminación de la guerra. Su ejército fue desarmado, y la Guardia Nacional de Somoza se hizo cargo de la seguridad nacional.

Pero Somoza aspiraba a hacerse con el poder, ambición que encontraba un insalvable obstáculo en la existencia de Sandino. Por tal motivo, preparó una emboscada mortal para su enemigo, la cual fue ejecutada en la noche del 21 de febrero de 1934. Sólo pudo escapar, abriéndose camino a balazos, el joven coronel Santos López, quien emprendió la fuga hacia Honduras.

3. La resurrección de la rosa

Dos años después del crimen, Tacho Somoza era ungido presidente de Nicaragua. Los privilegios de ese cargo le permitieron labrar una inmensa fortuna, que pudo disfrutar hasta que el poeta Rigoberto López Pérez, haciendo uso del derecho griego de matar al tirano, vació en 1956 los cinco tiros de su revólver en el cuerpo del dictador.

En esos años, se gestaba en todo el mundo la corriente de pensamiento y acción revolucionarios que haría eclosión en la década del ‘70: la Revolución Boliviana de 1952, el movimiento guerrillero por la independencia de Argelia de 1954 y la Revolución Cubana iniciada en 1956. Estas vibraciones encontraron tempranos ecos en la juventud nicaragüense, particularmente en el joven estudiante Carlos Fonseca Amador, quien —junto al antiguo compañero de Sandino, el ex coronel Santos López— funda en 1961 el Movimiento Nueva Nicaragua que, bajo la influencia de la revolución argelina, pronto tomará el nombre de Frente de Liberación Nacional, a semejanza del FLN norafricano.

Desde el principio, Fonseca había propuesto incluir el apelativo de sandinista al flamante movimiento, y llamar Ejército Defensor de la Soberanía Nacional al grupo guerrillero en ciernes. No obstante, un abogado marxista, Noel Guerrero Santiago, se oponía a esta proposición, argumentando que Sandino no se había ocupado de la propiedad social de la tierra ni de los medios de producción, limitándose a repudiar la intervención extranjera desde una perspectiva nacionalista.

Pero cuando Guerrero abandonó la organización en 1963, Fonseca volvió a plantear este tema, que consideraba de vital importancia para fijar la identidad del movimiento guerrillero, y referenciarlo en una historia común a todos los nicaragüenses. De ese modo, a fines de 1963 logró imponer el nombre con el cual su movimiento sería conocido en todo el mundo: Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

La lucha armada se inició, con profundos altibajos, prolongándose por espacio de dieciséis años. Desde 1967, la guerrilla sandinista combatió al hijo de Tacho Somoza, Anastasio Tachito Somoza Debayle, quien continuaba empleando los duros métodos represivos aprendidos de su padre, aplicándolos indiscriminadamente a toda la población nicaragüense en su afán de exterminar la rebeldía sandinista. Este ensañamiento con la población civil, que llegó hasta el asesinato del empresario periodístico Pedro J. Chamorro en 1978, le restó el apoyo de la clase media conservadora, que empezó a mirar con simpatía al movimiento sandinista, coadyuvando decididamente a su crecimiento exponencial y a la consecuente pérdida de apoyo del gobierno norteamericano.

Fue así como Tachito Somoza, solo y abandonado por sus mentores estadounidenses, emprendió su viaje sin retorno en la medianoche del 17 de julio de 1979 para acabar como vivió, envuelto en una vorágine de plomo y fuego, bajo el primaveral cielo de la tierra guaraní, un inevitable 17 de septiembre de 1980.

* * *

Es arduo el camino que lleva a la construcción de una identidad, tanto en lo individual como en lo social. El presente texto intenta apenas ofrecer una posible explicación de cómo los revolucionarios nicaragüenses, construyendo su imaginario colectivo, rescataron la olvidada figura de Augusto C. Sandino, General de hombres libres, como guía y estandarte destinados a alcanzar el derecho a la libertad y a una vida digna para su pueblo.

“Sólo la guerra perpetua explica una paz que es únicamente tránsito”, escribió en 1947 el poeta francés Antonin Artaud; esa paz de los cementerios que la dinastía de los Somoza había impuesto en Nicaragua durante casi medio siglo. Pero el pueblo nicaragüense finalmente pudo, aquel luminoso 19 de julio de 1979, ampararse en la figura de Sandino, “para arrojar al viento el polvo de un mundo enjaulado / que su corazón no podía soportar”.

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. 


* Frag. extraído de “The Tide” (“La marea”), capítulo V de la serie televisiva Kung Fu (EE.UU., 1/2/1973, dir.: Walter Doniger).

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