Carlos Rodríguez, un Maestro del oficio periodístico

Carlitos empezó como trabajador gráfico a los 19 años, en 1969, en la vieja Editorial Julio Korn. Eran los tiempos heroicos de la máquina de escribir.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: Carlos Rodríguez, un Maestro del oficio periodístico

Carlos Ernesto Rodríguez, “Carlitos”, es un periodista de la vieja escuela. Un tipo tan sencillo como profundo; y de yapa, un buen tipo.

Hablar de él, es hablar —sin exageración— de la historia del periodismo gráfico argentino en los últimos cuarenta y cinco años; y en particular de la historia de Página 12, diario en el cual trabaja desde su fundación.

Carlos Rodríguez

Carlitos empezó como trabajador gráfico a los 19 años, en 1969, en la vieja Editorial Julio Korn. Eran los tiempos heroicos de la máquina de escribir, los ceniceros repletos de colillas en los escritorios, el enigmático lenguaje de la cinta perforada en los teletipos, la máquina de linotipo para componer la edición. Y, por sobre todo, la mística de la bohemia periodística: las redacciones estaban repletas de poetas, escritores y artistas.

Por 1974 trabajaba en Editorial Atlántida, donde conoció a José María Pasquini Durán, su futuro jefe en Página 12; de ahí tiene recuerdos de las directivas impartidas por Samuel “Chiche” Gelblung a los periodistas:

“Que la verdad jamás se interponga entre una buena nota y vos”.

Pero Carlos Rodríguez no quería poner su capacidad intelectual al servicio de intereses ajenos al oficio periodístico, negocio desarrollado hasta la exasperación por personajes a quienes llama periodistas “renombrados”, columnistas “destacados”, o “grandes opinólogos”; aquellos a quienes el payador anarquista Martín Castro, fustigaba así en su copla “El contraste social”:

Poetas, periodistas, esclavos de la pluma,

que viven sometidos a la negra migaja,

y que mojan la pluma en la bota del amo

y escriben con la sangre del rebelde y del paria.[1]

Asfixiado por semejante ambiente, Carlitos duró poco tiempo en el señorío de la familia Vigil; en 1975 emigró a la agencia Saporiti, y para fin de año pasó a Télam, donde lo encontró el golpe de Estado de 1976.

Con la Muerte rondando por las redacciones

Allí se encontró con un jefe de personal, policía retirado, que gustaba “verduguear a Mona Moncalvillo, mediante una represalia habitual de las empresas periodísticas: negarle trabajo, o tirarle el peor”. Moncalvillo tenía a un hermano desaparecido, y ésa sería la fuente de goce de aquel ex policía devenido en “periodista”.

A más de eso, tenía que soportar la obsesión exacerbada de sus jefes por ciertas medidas de higiene, por el papeleo burocrático, y por una prolijidad horaria que poco tiene que ver con los imprevistos del oficio.

Carlitos decidió emigrar nuevamente en busca de un poco de oxígeno, y eligió volver a la Agencia Saporiti, que siempre había sido un “lugar habitual de refugiados”. Pero también allí tuvo mala suerte: Saporiti había sido literalmente comprada por la SIDE.

Hacia la época del Mundial ’78, la agencia “funcionaba en el sexto piso del edificio Barolo. Un día se mudaron y Rodríguez y el resto de la redacción se vieron trabajando en una planta baja, dentro de una gran pecera de cristales, de cara al público”. Pero lo que realmente intimidaba a Carlitos era, según sus propias palabras, que “Había dos tipos del otro lado del vidrio que te miraban. Dos tipos grandotes con los brazos cruzados, que lo único que hacían todo el día era mirarte fijo. Y nosotros, adentro de la pecera”.

Luego sobrevino el despido de sus dos únicos amigos en el trabajo, y empezaron los roces con la jerarquía; Carlitos recibió varios telegramas laborales, intimándolo a “ponerse en caja”.

Para colmo, por esos días se le dio por reunirse con otros colegas, para crear la agrupación COPREPREN (Comisión para la Recuperación del Gremio de Prensa). Esto, en plena orgía de sangre del Mundial ’78; se hacía evidente que estos muchachos no estaban en su sano juicio.

Pero al menos se juntaban cada tanto, tomaban café, e intercambiaban información llegada a las redacciones, que nunca era publicada por los medios.

Para completarla, la firma de Carlitos apareció en dos solicitadas: una, de carácter gremial, que por lo ínfima pasó desapercibida al gran público; la otra, mucho más resonante, acompañaba a las firmas de Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges y César Luis Menotti, y pedía el esclarecimiento de la verdad sobre los desaparecidos.

La cosa se ponía brava en la redacción; hasta que otro compañero —“declaradamente facho, pero buen tipo”, según Carlitos— le advirtió sobre un gorila que pasaba por Saporiti una vez a la semana:

—Este tipo labura para el 601. No seas bocón, boludo. Te puede matar.

Gracias a los buenos oficios de su amigo Osvaldo Gazzola, Carlitos pudo salir de ese antro, y entrar en Noticias Argentinas: “Otro burro ese Gazzola, que solía abrirle las puertas de la agencia a las Madres de Plaza de Mayo (...) por algo fue que un día al tal Gazolla lo agarraron entre unos cuantos y lo destrozaron a patadas. Increíble pero real: la noticia hasta apareció en los diarios”.[2]

Fue a través de Gazzola, que Carlitos conoció en persona a las Madres, y a Hebe de Bonafini; una relación que se caracterizó siempre por los episódicos enojos de Bonafini, ante los cuales Carlitos se mantenía sereno, hasta que ella lo volvía a llamar, como si no hubiera pasado nada. Y así, hasta el próximo enojo, y la siguiente llamada.

En septiembre de 1979, llegó a la Argentina la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuyo informe se dio a conocer en mayo de 1980.

En julio de ese año Carlitos se hallaba en La Paz, Bolivia, donde se discutía el documento de la CIDH; pero no como periodista, sino como militante de los DDHH. El día 17, lo sorprendió el brutal “narcogolpe” del general García Meza, que derrocó a la presidenta Lidia Gueiler, y asesinó al dirigente socialista Marcelo Santa Cruz, en la sede de la Central Obrera Boliviana.

Emprendió el regreso a la patria con el documento final, debidamente “encanutado”. Ya en su casa, “durante la noche misma del retorno, se lo puso a leer con su mujer. Ambos lloraron hasta tarde”.

En 1981, colaboraba en la revista del SERPAJ (Servicio de Paz y Justicia) liderado por el reciente Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

Durante la Guerra de Malvinas, en 1982, cubría la aburrida rutina informativa del Estado Mayor, a cargo del vocero, un tal coronel Iglesias: “La mitad de los periodistas jugaban a la guerra con los mapas de la sala del Estado Mayor. Yo sólo esperaba que se cumplieran las ocho horas de laburo para irnos a ver algún partido de fútbol por la tele”, diría años después.

El día de la derrota, redactó en la agencia una declaración del ignoto coronel, que decía algo así como: “Hemos sido derrotados por una gran potencia apoyada por la primera potencia mundial”. Carlitos entrecomilló las palabras, y mencionó en el siguiente párrafo a los EEUU.

Al día siguiente, el coronel estaba hecho una furia: qué quien escribió esto, que él no había dicho eso. Carlitos le explicó lo de las comillas, y aprovechó para preguntar con fina ironía si el coronel, al hablar de la primera potencia mundial, se estaría refiriendo acaso a la Unión Soviética.[3]

El retorno de la democracia y la era de Página 12

Con la asunción de Raúl Alfonsín, en diciembre de 1983, el acceso a la información se hizo mucho más fácil para los periodistas; se abrieron más fuentes y lugares donde concurrir, y el Congreso se convirtió en un importante abrevadero de noticias.

En 1987, se iniciaba el proyecto editorial que daría nacimiento a Página 12; Carlos Rodríguez estuvo allí desde su gestación, antes de la primera edición, trabajando en los “números cero” —ediciones de prueba— junto a periodistas de la talla de José María Pasquini Durán, Horacio Verbitsky, o el inolvidable Osvaldo Soriano, entre muchos otros artesanos de la pluma.

De aquellos primeros tiempos tiene diversos recuerdos, algunos muy gratos, y otros amargos. Los primeros se refieren a sus compañeros del primer staff; y los segundos, a Jorge Lanata y la mayoría de los directivos del diario. Página 12 nació con el aura de un medio progresista en su contenido, pero conservador y reaccionario —patronal, en otras palabras— en su política interna; como lo sigue siendo hasta el día de hoy. [4]

Una faceta que no conoce el gran público, pero que aparece con sólo rasguñar la fachada; basta con echar un vistazo al blog que, desde 2011, sostienen los trabajadores del diario, donde se denuncia la existencia de trabajo precarizado para más de 150 redactores externos, que trabajan como burros, pero sin contar con obra social, vacaciones ni aguinaldo.

O la aplicación de censura, como el sonado caso de Julio Nudler en 2004; y, en plena actualidad, el de la nota de Darío Aranda —uno de aquellos redactores precarizados— sobre la producción de transgénicos en la provincia de Entre Ríos, y del rechazo que esto provoca en algunos sectores de la población. Presentada para su publicación en julio de 2014, la nota sigue sin aparecer, a pesar de que el editor responsable Andrés Osojnik, asegura que “no hay ningún inconveniente” con la misma.[5]

Se podrían seguir escribiendo varias páginas más sobre la actitud del diario para con sus trabajadores, a lo largo de sus 27 años de historia, y de la denodada resistencia que éstos le oponen, como la manifestación con quema de gomas frente a la redacción el pasado mes de julio; pero eso será tema una próxima nota de esta columna.

Conforme a su natural sentido de la ética y la justicia, Carlitos no tardó en abrazar la causa del gremialismo; por ello es un histórico —y aguerrido— miembro de la Comisión Interna del diario, amplio y tolerante para con sus compañeros, pero intransigente ante la patronal y sus jerarcas.

La calidad de su trabajo, de su sagacidad como investigador, se vio reflejada a mediados de los años 90, cuando se encargó del seguimiento de la muerte del soldado Carrasco en Neuquén, que derivó en la supresión del servicio militar obligatorio; la mejor cobertura del caso, en que llegó a demostrar la trama de complicidades internas para ocultar el crimen, y cuyos vínculos llegaban hasta el entonces jefe del Ejército, general Martín Balza.

A pesar de ello tuvo roces con su jefe de la sección Política, su antiguo compañero José María Pasquini Durán, “por diferencias de enfoque y por ser delegado gremial”. Pasquini Durán resolvió el conflicto echándolo de la sección, y Carlitos pasó a ser redactor de la menos conflictiva Sociales, que puede abarcar desde los casos de “gatillo fácil”, hasta las coberturas de verano en las playas de Villa Gesell.

No obstante ello —y esto conforma una muestra de la intensa humanidad que anida en su espíritu— Carlitos se refiere así a aquel episodio: “Eso no me impidió nunca tener un enorme respeto –y afecto, incluso— por Pasquini, porque como periodista era uno de los mejores que conocí a lo largo de mis más de cuarenta años escribiendo en el periodismo gráfico”.

Y lo demostró en la nota escrita por él a la muerte de Pasquini Durán, publicada en Página el 14 de febrero de 2010, y en la cual reproduce las palabras que su ex jefe había dedicado a Osvaldo Soriano, rescatándolas para honrarlo:

“Venimos a despedir a un hombre honrado y en esta época el calificativo es casi revolucionario. Soriano era un hombre honrado”.

“Lo mismo se debe decir del Negro Pasquini, un redactor de lujo, un periodista informado y lúcido hasta el final de su vida, un jefe de redacción implacable. Era también un Negro calentón, furibundo cuando se enojaba y a la vez entrañable, por esas mismas razones. Los que lo conocimos lo seguimos viendo recorrer la redacción palmo a palmo, palmeando espaldas, dando indicaciones, repartiendo sabiduría”

De manera paralela a su trabajo en el diario, Carlos Rodríguez mantenía su relación con las Madres de Plaza de Mayo, y colaboraba en su periódico. Su columna “Galería de Represores”, aún hoy es material de consulta sobre el tema; y por su trayectoria en el campo de los DDHH, la Asociación lo distinguió en 1997 con el premio “20 Años Juntos”.

Un profesor “marxista, línea Carlitos Rodríguez”

Su compromiso con la causa de las Madres lo llevó, en el año 2000, a integrarse como docente en la recién creada Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo. Desde luego, no cobraba un centavo, era una tarea militante; aunque no lo entendían así varios de los que medraban en la Asociación, como es el sonado caso de Sergio Schoklender.

En el año 2003 se dictaba la carrera de Periodismo de Investigación. La materia troncal, Investigación Periodística, estaba a su cargo; se presentó al alumnado diciendo: “Soy Carlos Rodríguez, periodista, y seré su profesor. En política soy marxista; marxista, línea Carlitos Rodríguez”, con lo cual se conquistó la simpatía de los presentes.

Daba a entender así su independencia de cualquier partido u organización política, y su compromiso con la causa de los desheredados de la tierra.

Sus clases eran, de lejos, las mejores. Le gustaba hacer un círculo con las sillas, y se sentaba en cualquiera ellas, como uno más. Lo único que delataba su carácter docente era el fundamento con que hablaba, la precisión con que transmitía su larga experiencia.

Con él, los alumnos aprendieron que el auténtico periodismo se escribe en tercera persona; porque la protagonista debe ser la noticia, y no el periodista que la escribe. Porque así es el antiguo oficio del periodismo: de overol, de mameluco, enfrentado a la escuela neoliberal, la del opinólogo bien trajeado y remunerado, que “baja línea” por cuenta de terceros.

Abierto y tolerante en grado sumo, sabía llevar con altura a quien se ponía fuera de lugar, y defender sus puntos de vista con serena energía. Nunca pretendía “ganar” una discusión, ni apropiarse de la razón; simplemente, ofrecía argumentos sólidos para enriquecer el debate.

Y en cuanto a generosidad: cierta vez, en el bar de las Madres, Carlos y otros alumnos ocupaban una mesa, esperando el comienzo de la hora de clase. Uno de ellos vio a Osvaldo Bayer, y le dijo a su profesor que necesitaba entrevistarlo, cosa de un trabajo práctico para otra materia. Bayer representaba una figura inalcanzable, una suerte de “monstruo sagrado” inaccesible para los vulgares; y el inexperto joven no se atrevía a encararlo por sí solo.

Carlitos se levantó, y le dijo: “acompañame”. Ambos se plantaron frente al “inaccesible”, el profesor saludó efusivamente al Maestro, y le presentó a su bisoño alumno; Bayer —no menos generoso que Carlos— accedió de inmediato, y la entrevista quedó fijada para el 8 de diciembre de 2003 en “El Tugurio”, la casa del Maestro en el barrio de Belgrano.

Ocho años después, aquel joven publicaba un libro sobre la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer.[6]

Un hombre de silenciosa dignidad

“Más bien silencioso, tipo digno”; “Periodista curtido, sólido, es el típico guardador de materiales, el que pacientemente agarra el rotulador y en pleno cierre se pone a subrayar un original con paciencia oriental, antes que abalanzarse sobre la pantalla”. Así lo describen sus colegas Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, en el libro “Decíamos ayer”.

Fanático de Boca Juniors y de Silvio Rodríguez —al punto de bautizar “Silvio” a su propio hijo—, Carlos Rodríguez cree con firmeza en los fundamentos de su oficio, según enseña en un breve manual de estilo redactado por él mismo:

“El periodismo gráfico, el que se escribe, puede y debe transmitir información, datos, exactitud en las fechas, en los horarios y en los nombres. Pero también debe transmitir emoción, humanidad. El periodismo gráfico, la lectura de una nota, debe tener magia, calor y color. Una buena narración, una buena descripción, sirve para dibujar en la cabeza del lector una escena, una emoción, un montón de sensaciones que son únicas y que pueden ser mucho más fuertes que mil imágenes de la TV. Cada lector podrá formarse su propia imagen, sin cámaras que lo apabullen y lo priven de la posibilidad de soñar su propio sueño, y de sacar sus propias conclusiones”.

Tal vez por ello, fue postulado para los Premios Democracia 2014, en el rubro “Periodismo Gráfico”. La distinción fue otorgada a la Revista MU, publicación mensual de la Cooperativa La Vaca, en la cual Carlitos colabora regularmente; con lo cual, el premio no fue de un solo individuo, sino de todo un colectivo de prensa que él integra.

De esa manera, se impuso la tercera persona gramatical por sobre la primera persona del singular; lo cual constituye, en buen criollo, el triunfo de la vieja escuela del periodismo.

O acaso, en otras palabras: el verdadero triunfo de Carlos Rodríguez.

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. 


[1] CASTRO, Martín: Guitarra roja. Original sin datos de edición conservado en los archivos de la Federación Libertaria Argentina (FLA).

[2] “Personas de civil que se identificaron como pertenecientes a la Superintendencia de Seguridad Federal arrestaron al periodista Osvaldo Gazzola de la redacción de Noticias Argentinas y partieron con él, en un automóvil Ford Falcon verde no identificable, con rumbo desconocido”. (Clarín, 8-4-1980).

[3] Toda la información precedente, y las frases entrecomilladas, fueron extraídas de: BLAUSTEIN, Eduardo y ZUBIETA, Martín: Decíamos ayer – la prensa argentina bajo el Proceso (artículo “Hay dos monos mirándome”, págs. 360 a 364). Colihue, Bs. As., 1998.

[4] Ver su artículo Sanata, publicado originalmente en su cuenta personal de Facebook, y reproducido en el blog: http://seniales.blogspot.com.ar/2014/06/sanata.html:

[5] Ver los posteos del 17/4/2014 sobre la precarización laboral, y del 8/10/2014 por el caso de Darío Aranda, en: http://trabajadoresdepagina12.blogspot.com.ar/

[6] Recuerdos personales del autor de estas líneas.

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6 de Diciembre de 2016|09:45
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6 de Diciembre de 2016|09:45
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  1. Buenísima la nota. Es una biografía no autorizada de Carlitos con todas las letras. Trabajé cerca de el en Atlántida (yo fuí diagramador), en Pág 12. Formé parte de la COPREPREN, Recibí su apoyo cuando fuí único delegado de Ed. Perfil, donde fuí despedido, con agresión física incluída por Fontevechia padre. Fuí condenado a un año de prisión en suspenso, por haber difundido un volante que hablaba de la persecusión a los periodistas que no les gustaban (a Alberto y Jorge Fontevechia) que apelé con el abogado de Gráficos, y fuí sobreseído. En Pág. 12 nunca me efectivizaron, dados mis antecedentes. Entré en Clarín como personal efectivo en el año 94, donde eludí los antecedentes (valga la redundancia) que nombré (no estaban muy bien aceitados los servicios de Personal, psicólogos, etc. Pero al final de una jornada laboral me llamó el Jefe de Personal y me muestra un contrato eventual firmado por "mi". No me dejaron entrar los monos de la entrada. Hice juicio, donde la Perito Calígrafa constató que me habian falsificado la firma, y cobré lo que correspondía. En fin, toda la nota me hizo recordar esos tiempos. Uno se queda corto para describir a Carlitos Rodríguez. Mi esposa Edit, siempre dice que con lo que tiene Carlitos en su cabeza tendría que escribir un libro. Carlitos hay uno solo, y se rompió el molde. El Flaco Fernández
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