Un buen lugar para morir

Algo había notado Morán en la perrita: tenía una actitud como de abandono. Pero la atribuyó a la debilidad que supondría la falta de alimento.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: Un buen lugar para morir

Cuando doña Hilda, la vecina evangelista de enfrente se la trajo, Morán estaba barnizando —con un rojizo color cedro— su “cabaña”, como llamaba pomposamente a la casilla prefabricada de madera que hizo levantar en Alejandro Korn, a cuarenta kilómetros del lugar donde nació.

Lejos del ajetreo de Buenos Aires, pero apenas a una hora de tren de la gran urbe, quedaron sus afectos, a quienes había ido perdiendo uno por uno, en parte porque no comprendieron el volantazo que había impreso a su vida, y en parte porque él mismo quedó lleno de dolor y resentimiento, a raíz de la indiferencia de la gente a quien amaba.

Sería a media mañana de un agradable martes de fines de marzo, entonces, cuando pasó doña Hilda con una cachorrita de suave pelambre negro azabache, agarrada por la nuca del pellejo, rumbo al zanjón del fondo, sobre la calle Garat.

Al verlo, la vecina le ofreció la perrita, que había aparecido en su casa, y a quien no podía mantener. Pensaba abandonarla en el zanjón, sabiendo que era casi una condena de muerte, por ser demasiado pequeña para sobrevivir por sí sola en el campo.

Morán se quedó vacilando: sí, tenía pensado tener un perro. Hembra —porque son más guardianas que los machos—, y bebé para enseñarle bien a no salirse de los límites del terreno, no entrar en la casa, y mantener alejados a los caballos, vacas, perros y otros bichos que solían entrar a pastar, rompiendo el débil alambrado de fardo que bordeaba sus posesiones; sin contar a los bípedos pensantes —único animal de la Tierra que conoce la maldad—, eventuales candidatos a robarle sus escasas pertenencias, y con ello a arruinarle la vida.

La cosa estaba pensada para más adelante; pero la pichicha tenía un aire tan desolador, y una mirada tan triste, que decidió probar suerte con ella, a ver si podía mantenerla bien, y si ella aprendía a cuidar la casa como él quería.

Apenas depositada en el pasto, la perrita enfiló para afuera del terreno. Morán le dio un chirlo en el lomo, acompañado de un potente “¡No!”, que le sacó un aullidito de miedo. Volvió a dejarla en el piso, mientras entraba a la casa para traerle un poco de agua. Pero cuando volvió con el potecito lleno, encontró que el animalito se había metido detrás de él, y encontrado un rinconcito oscuro donde refugiarse, debajo del estante de las herramientas. Nuevo chirlo, pero esta vez no lloró.

—Sos una bandida— le dijo, como solía hacerlo su tía abuela Chuchín, con gracia y cariño, cuando se refería a él y a sus hermanos, en tiempos remotos sin celulares ni Internet.

—“Bandida”, ¡buen nombre!— pensó, sin darse cuenta que así ya la había bautizado.

Entonces le preparó un cómodo hueco en una gran parva de pasto, dejándole a mano el potecito lleno de agua. El lugarcito era cálido y acogedor, y parecía un pesebre.

La imagen le hizo recordar fugazmente aquellas navidades perdidas de su infancia, cuarenta años atrás, cuando por la noche ponía pasto de la vereda de su casa y dejaba agua para los camellos, mientras en el combinado familiar sonaban los discos del Trío Los Panchos que ponía su padre a la tenue luz de las guirnaldas, mientras su madre preparaba pollo y otros manjares para disfrutar en la cena. Pero hacía muchos años que para Morán no había navidades, ni regalos, ni discos de Los Panchos.

Estaba solo como nunca antes lo había estado en su vida, y la soledad le desgarraba el alma por dentro, sangrando y sangrando sin parar. Tanto, que él temía se le desecaría pronto el corazón, abriendo camino primero a la locura, y luego a la muerte.

Había descubierto en el último lustro tener aceptables condiciones de escritor. Admiraba a Horacio Quiroga —tanto en sus relatos como en su forma de vida natural y algo salvaje, en la lejana Misiones— y un destello de luz había iluminado su alma, cuando decidió montar en Alejandro Korn su propio Iviraromí. De hecho, bautizó a su cabaña con el nombre de “Tacuara-Mansión”, título de uno de los cuentos de Quiroga. Creía que su entorno afectivo iba a apoyar activamente el proyecto, yendo a visitarlo, cebándole mates mientras él trabajaba alegremente, todo enmarcado en un cielo increíblemente azulado, con los sonidos de la naturaleza arrullando plácidamente ese fluir de amor que él soñaba.

Pero no hubo nada de eso. Nadie vino, excepto sus tres amigos Gerardo, Sergio y Guillermo. Pero con ellos no alcanzaba para sentirse acompañado. Necesitaba la presencia de Elsa, su amor de toda la vida, y de su hijo Damián. Pero ella estaba demasiado ocupada pensando en sí misma como para acompañarlo, y Damián se había ofendido mortalmente cuando él anunció su decisión de poner en alquiler el departamento de la calle Yatay, e irse a vivir al campo.

Algo había notado Morán en la perrita: tenía una actitud como de abandono. Pero la atribuyó a la debilidad que supondría la falta de alimento, y le pidió a la vecina algunos granos de comida para perro, que le sirvió bien empapados en agua para ablandarlos, mezclados con un poco de arroz. El primer gesto del animal fue hundir el hocico en el pote; sin embargo, no probó bocado.

Morán le dejó todo en el pesebre, y se dispuso a seguir barnizando. —“Ya comerá”, se dijo, mientras volvía a sus pinceles.

Cada tanto echaba un vistazo hacia el pesebre; la comida, abandonada, era presa de las hormigas. La pichicha se había ovillado y echado a dormir, y así estuvo durante un largo rato hasta que se levantó, y se acomodó dentro de un cajoncito de tamizar que Morán tenía reservado como macetero, para colgar de la ventana. Como el bicho tenía abundantes pulgas, lo sacó de allí y lo volvió a ubicar en su hoyito.

Al atardecer se fue hasta la veterinaria del pueblo a ver qué necesitaba; pero no podía pagar el desparasitador, la vacuna para el parvo, ni la pipeta antipulgas. Entonces se limitó a comprar comida adecuada para su tamaño, y regresó a la casa. Le preparó nuevamente arroz con el alimento, pero tampoco esta vez Bandida quiso probar bocado. Apenas si mojó el hocico en el pote de agua; sin embargo, se la veía algo más animosa que cuando llegó.

Se avecinaba la noche, y era hora de armarle una cucha. Para ello se corrió hasta el almacén del puentecito, a la vuelta del terreno, y consiguió un buen cajón de plástico con que improvisarle un lecho decente. Lo colocó cerca de la casa, desde un lugar donde el bicho podría dominar, más adelante, el movimiento de la calle. Reforzó el canasto con abundante paja de la parva, en el techo y a los costados, cubriendo parte de la entrada, para evitar la humedad del rocío nocturno.

Para lograr una buena adaptación al cambio de lugar, le llevó comida y agua frescas, y la depositó suavemente en la cucha. El bicho se quedó quietito pero temblaba mucho. Morán, ya algo preocupado de esa pasividad, le buscó un pulóver viejo con que envolverla, y le llevó el cajoncito de tamizar que ella había elegido por sí sola. Total, que más adelante podría limpiarlo bien del pulguerío, con agua hirviendo.

Después de cenar, montó en su bicicleta para ir hasta el cyber, sólo para comprobar que no había recibido ningún email que valiera la pena recibir. Cuando salió, a eso de las once de la noche, comenzaban a caer las primeras gotas de una lluvia que prometía ser importante. Por el doble motivo de no empaparse en el camino, y de cubrir mejor a Bandida, imprimió a su vehículo una velocidad que nunca había desarrollado, viviendo como vivía una vida serena, en un pueblo tranquilo como Alejandro Korn.

Al llegar, encontró a la perrita tan tranquila como la había dejado. En un principio la entró en la casa con cajoncito y todo, poniéndola en altura, en la cajuela de la bicicleta. Pero de inmediato recordó la terrible experiencia en el departamento de la calle Yatay, cuando de una gatita que le regalaron se formó una nutrida colonia de pulgas, que hizo imposible la vida en la casa, y requirió el gasto extra de un exterminador de plagas.

Valiéndose entonces de una gruesa rama levantó un enorme pedazo de loza tirado en el terreno, que funcionaría como un excelente techo para la lluvia, la cual había empezado a hacerse más densa. Allí trasladó la cucha, y se acostó a leer, bajo la luz de las velas, El banquete de Severo Arcángelo, de Leopoldo Marechal. Disfrutaba mucho el estilo del viejo escritor peronista, que gustaba insertar entre un lenguaje muy erudito, expresiones tan populares como “gil”, “cornudo”, y otras similares. Le hizo una enorme gracia en particular aquel pasaje en que se apostrofa al profesor Frobenius, diciendo que “Ese astrofísico de opereta hubiera debido formular tan sabias comparaciones a su mujer Berta Schultze, antes de que la infortunada le decorase la frente, según es notorio, con una cornamenta digna de los más robustos cabrones renanos”.

Afuera, la lluvia arreciaba con más fuerza. Estaba seguro que la perrita quedó bien resguardada, pero aún así no dejaba de sentirse preocupado. Y desde que la semana anterior un tornado había desclavado parte de la chapa de su techo, llevándose de paso varios ranchos de la zona, estaba sin luz eléctrica y se llovía justo encima de la cama, razón por la cual no pudo dormir hasta que pasó la tormenta, a eso de las tres de la madrugada.

A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue ver cómo había pasado la noche Bandida. Se le comprimió el corazón al ver el canasto volcado; sin embargo, se alivió al comprobar que todo estaba bien seco, y que la perrita andaba suelta por ahí.

Tiró la comida llena de hormigas, y le preparó una nueva ración. Nada; no había caso. Sus movimientos eran más débiles. Y mientras Morán le insistía para que comiera, Bandida fijaba una profunda mirada, triste y desolada, en los ojos de su benefactor. O al menos así la percibía él, mientras pensaba: —Morirá; debe ser su destino... si es así, al menos será mejor que ocurra aquí bajo mi protección, antes que sola y desamparada en esa fría zanja.

Dispuso nuevamente los pinceles para barnizar las paredes de la casa, echando una ojeada a Bandida, a quien había ubicado en su nueva cucha. Ésta, al rato, se levantó y enfiló, como el día anterior, hacia afuera del terreno; pero esta vez Morán no la retó, limitándose a acompañarla. La perrita bajó a la empinada zanja para tomar agua. Morán se dispuso a bajar a buscarla, pero increíblemente —dado su grado de debilidad— subió por sus propios medios, regresando al terreno. No dejó de llamarle la atención que el bicho ejecutara semejante maniobra para tomar agua, teniendo a mano un pote lleno de ella.

Entonces volvió a sus pinceles, aunque algo angustiado por la situación. Si bien no había desarrollado aún un sentimiento de amor por la perrita, lo conmovía la fragilidad de su estado. Y a cada rato se asomaba a verla, hasta que, en un momento, desapareció de la cucha,.

— Bueno, andará por ahí.... — pensó al principio. Nuevamente siguió pintando, y por un rato muy largo, no tuvo señales de ella. Barajó la posibilidad de que Bandida se hubiera ido lejos, en cualquier dirección, idea que, curiosamente, le provocó cierto alivio. Es que le resultaba muy duro asistir a ese apagarse, a esa lenta declinación cuyo recorrido finalizaría, fatalmente, en la tumba.

Cuando hizo un alto para fumar y tomar mate se dedicó a buscarla, con el sentimiento dual de querer —y no querer— encontrarla. Al mirar en la parva, superficialmente, no vio nada. Pero algo le hizo prestar mayor atención; y sí, ahí estaba. Se había metido dentro del pajar, orientada hacia el interior del mismo. Al apartar los pastos secos, vio el lomo y el rabito negros atiborrados de moscas verdes, pero viva aún. Moráno pensó entonces: —Buscó un lugar para morir... el mismo en que la acomodé cuando llegó...

Y se limitó a espantar aquellos heraldos verdes de la muerte, tapando luego con paja la entrada al huequito, para evitarle a Bandida tan desagradable perturbación, mientras abandonaba la vida.

Siguió trabajando, pero con un nudo en la garganta. A cada rato iba a ver si seguía viva; no ignoraba que ello la perturbaba más que las moscas, pero no podía evitarlo.

Se sorprendió al no encontrarla, cuando fue a verla una vez más. Bandida se había trasladado —seguida por las moscas— a la cucha nueva, metida dentro del cajoncito de tamizar, acolchado con el pulóver viejo. Morán se quedó un rato perplejo; volvió a espantarle las moscas, e intentó hacerla beber un poco de agua. Pero la perrita tenía unas suaves convulsiones, como si fuera a vomitar, y terminó regurgitando una baba transparente.

No había nada que hacer. Fue a buscar más paja de la parva, y tapió bien la cucha, para evitar la tenacidad de las moscas. Y allí se quedó a su lado, acompañándola, corriendo y descorriendo la paja para acariciarla. Y le decía: —No quiero que mueras, quiero que vivas. Tenés que comer, vencer a la muerte... 

Bandida fijaba entonces sus ojos negros en los de Morán, con aquella mirada profunda, triste y desolada; la mirada de alguien que sabe que va a morir, y espera hacerlo en paz.

Estaba en eso cuando llegó de visita Claudia, una vecina tan solitaria como él. Al verla, le dijo: —Pasá... estoy acompañando a una amiga que se está muriendo...

Claudia, conmovida, sugirió intentar darle leche con un gotero. Morán se iluminó brevemente:

—Gotero no tengo, pero tengo una jeringa...

—Y yo tengo leche. Voy a traerla-

Ya todo listo, ambos se sentaron a la vera de Bandida. Mientras le introducía la jeringa en la boca, Morán le decía: —Vamos, Bandida, aquí te estoy dando la vida. Tenés que vencer la muerte, tenés que tomar esta leche... —Lo repetía una y otra vez, pero sin resultado. La pichicha dejaba caer el blanco líquido de su boca, sin ingerirlo.

Luego oscureció. Claudia se fue a su casa y Morán cenó, en silencio, muy temprano por el corte de luz. Ya bien entrada la noche, salió a verla, con una vela en la mano. Estaba hecha un ovillito, bien metida y acolchada dentro del cajoncito de tamizar. Parecía muerta, pero no se animó a punzarla para averiguarlo. Si aún estaba viva, habría sido un acto muy violento; y si estaba muerta, ya se enteraría al día siguiente. No quiso perturbar su tránsito hacia la noche eterna. Simplemente la envolvió bien con el pulóver, selló todos los costados de la cucha con paja, y se fue a acostar.

A medianoche se largó a llover de nuevo, y esta vez con granizo. Morán salió, apedreado por el hielo, a procurarle una buena protección contra los elementos. No pudo dormir hasta que la lluvia cesó, a eso de las dos de la mañana, y no tuvo ánimo para ver cómo estaba Bandida.

A la mañana siguiente se acercó a la cucha, que estaba demasiado quieta. Bandida seguía hecha un ovillito, en la misma posición que tenía la noche anterior. Descorrió la paja y pulsó el lomo con el dedo, sin resultado alguno. El cuerpo estaba algo duro. Tomó entonces el pulóver por la parte de abajo, y lo dio vuelta.

Bandida cayó suavemente, de costado, en una sola pieza, a causa del rigor mortis. Tenía los ojos entreabiertos, aquellos ojos que habían sabido mirar, con una profundidad que rara vez se encuentra en una mirada humana.

Morán suspiró. Durante la noche había estado pensando qué iba a hacer con el cuerpecito. Descartó desde el vamos el trámite fácil y cruel de revolearlo allá lejos por el zanjón, o de envolverlo en una bolsa de polietileno y arrojarlo a la basura, como había hecho su padre con el Morro, el gato que había acompañado a la familia durante 16 años.

Decidió enterrarla. No quiso que la tumba estuviera dentro del terreno, pero tampoco lejos del mismo; eligió entonces abrirla en la vereda, al lado de la tranquerita que él mismo se había hecho con alambre y ramas de álamo.

Puso la pava al fuego y encendió un cigarrillo, que fumó pensativo. Después de cebarse unos mates, tomó la pala de punta que le había prestado la tía Martha —que en realidad era tía de Elsa pero eso poco importaba, era como una tía propia— y se puso a cavar la pequeña tumba.

Empezó a canturrear los acordes de una triste y olvidada melodía, Entierro submarino, que databa de los lejanos años de su adolescencia, y que ambientaba el momento en que Alain Delon y Lino Ventura dejaban hundir en el océano el cuerpo de Laetitia, su compañera muerta en la trama del film Los Aventureros.

Una vez que estuvo lista la fosa, fue a buscar a Bandida. La llevó envuelta en su pulóver viejo, y así la descendió a la tumba. Después de colocar una piedra a guisa de lápida, tapó la tierra removida con la paja que la había protegido en su última noche.

Al terminar, quedó nuevamente en compañía de su lacerante soledad. Encendió un cigarrillo y comenzó a fumarlo mientras pensaba, abstraído, si su vida no había sido más que una concatenación de éxitos y fracasos —sobre todo, fracasos— cuyo derrotero final estaría determinado desde el vamos, quizá aún antes de nacer, y sería éste. En otras palabras, que si al abandonar todo e irse a Alejandro Korn, no había terminando eligiendo, como Bandida, un buen lugar para morir.

 31 de marzo de 2008.

 Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. 

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