Canción de la triste paciencia

Nada voy a decir sobre la literatura mendocina. No tengo ganas de que me declaren su odio o su respeto: las dos son facetas de una misma desgracia.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir sobre la literatura mendocina.

Nada voy a decir sobre esa triste controversia teológica: el verdadero arte, Pauline Vignoud, desdeña los prospectos, no los necesita para coagular históricamente. Y a pesar de la ausencia divina, a pesar de ese enorme y demencial vacío estelar, la puta que vive en Roma, la de ahora y siempre, lleva más de 2000 años atormentándonos con su cháchara infernal. Por eso me niego a hablar sobre la literatura mendocina, ese vacío sin fe.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir sobre la literatura mendocina.

Nada voy a decir sobre el vedetismo infame de ciertos escribas. No voy a hacerle el juego al nacionalismo más chabacano: al del relato infantiloide de la época, ese que ve en la épica barrial el súmmum de la lucidez y la transgresión (según un último posteo, Virgilio se habría suicidado en las inmediaciones de un C.I.C.). Tampoco puedo explayarme demasiado sobre la “seriedad” poética sin reírme, perdón, de sus entusiastas abanderados. Ni del desierto que limpia, troca y purifica el espíritu ni del plato atestado de merca rancia –entonces- voy a decir algo. La literatura es algo más, o algo menos, quién sabe, que esas torpes modulaciones alrededor un objeto inaprehensible.

Nada voy a decir sobre la crítica literaria local porque ignoro lo que es la crítica literaria local y con saber leer entrelíneas no me alcanza. Borde y centro, periferia y eje, margen y centralidad plantean, en todo caso, una cuestión de orden moral. Es como contagiarle la bicha a tu compañera sabiendo que la tenías hace rato. Simplemente, no da.

Nada voy a decir del discurso intempestivo de la culpa: al puestito de libros de la Calle San Martín que regenteaba el poeta Víctor Hugo Cúneo yo no lo quemé, y a Antonio Di Benedetto, como dice un amigo perro, tampoco lo mandé al muere. (No voy a explicar el chiste, la moraleja antes del tiro fulminante, porque sino qué gracia tendría.)

Nada voy a decir.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir sobre la literatura mendocina.

No tengo ganas de que otros me declaren su odio o su respeto: las dos son facetas trasnochadas de una misma y única desgracia: la imposibilidad de encontrar un lenguaje que dé cuenta de la totalidad de mi experiencia: pobre, atormentada y sin atenuantes. La de un sedicente Verlaine reptando por la sombría estepa godoycruceña. La de un puto (lector) escribiendo frases cada vez más estranguladas.

No voy a esbozar ninguna cartografía que ilustre las zonas putrefactas de la literatura vendimial. Para eso está el rutilante catálogo de Ediciones Culturales de Mendoza.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir sobre la literatura mendocina.

Nada voy a decir sobre la reciente Feria del Libro porque lo que quisiera decir ya lo expresó Gastón Moyano en un verso de alegre memoria: “el Le Parc es la muerte de la pasión”.

No voy a aplaudir ningún esfuerzo autogestivo porque sería como felicitar a un animal por el solo hecho de respirar y ser bello. Mi gato es bello, bellísimo, y no por eso se va a llevar un premio. Mis perros son nobles y no por eso quedan excluidos de la posibilidad de ser aplastados bajo las ruedas de un 130 (Algarrobal abajo). Se trata de un acto de soberana naturaleza elegir dónde, con quién y hasta cuándo cinchar. Nada más.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir.

Nada voy a decir porque después del fin tampoco hubo comienzo.

Pablo Grasso

Opiniones (1)
8 de Diciembre de 2016|17:52
2
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8 de Diciembre de 2016|17:52
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  1. jaja... está muy bien
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