Hallan depósito de fósiles marinos de más de 100 millones de años

Yacen en su contexto ambiental original, rodeados de los peces e invertebrados de ese gran mar de quizás unos 200 metros de profundidad.

Hasta ahora, Colombia no se había distinguido dentro del campo de la paleontología mundial. De hecho, el país ni siquiera cuenta con una cátedra universitaria de esta profesión. Sin embargo, de un tiempo para acá, algunas localidades han comenzado a revelar importantes recursos fosilíferos que han atraído el interés de expertos internacionales y empiezan a estimular la especialización en el extranjero de varios estudiantes a nivel de doctorado.

Tradicionalmente, la región de Villa de Leyva, una localidad turística a dos horas en automóvil de Bogotá, ha sido conocida entre los colombianos por contener fósiles. Ahora, una combinación de interés académico, nuevas herramientas en materia de preparación de fósiles y experticia para excavar y limpiar los huesos, han abierto los ojos del mundo al valioso depósito que se perfila como una próxima potencia mundial en fósiles del período Cretácico Inferior –o Temprano–, es decir, organismos que vivieron entre hace 100 y 149 millones de años.

En palabras del paleontólogo británico y profesor de geología de la Universidad de Los Andes Leslie Noé, “este es un repositorio no solo de la mejor fauna de reptiles marinos de América del Sur, sino una de las mejores de su era en el mundo –un sitio que apenas comienza a ser estudiado–”.

Nuevo Ictiosaurio Colombia

 Ictiosaurio hallado en el depósito de fósiles. 

“Existe un buen récord de fósiles del Jurásico (en Europa) y del Cretácico Superior (en Norteamérica)”, explica Noé, quien fue curador de reptiles marinos en el Museo de Sedgwick, uno de los más antiguos de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra. “Pero una de las más notables grietas de información a nivel global es la fauna y vegetación de esos mares someros del Cretácico Inferior”.

¿Cómo eran las aguas epicontinentales que cubrían toda esta región, y cómo lograban sostener a una fauna de reptiles marinos, monstruos intimidantes que rivalizaban en ferocidad y complejidad con los dinosaurios terrestres? ¿Cómo se comportaba el clima? ¿Qué sorpresas anatómicas, taxonómicas y evolutivas esconde esa brecha de casi 50 millones de años que no hemos podido vislumbrar? Todas estas son interrogantes que tradicionalmente han frustrado a los científicos.

Villa de Leyva abre una ventana de oportunidad a este pasado profundo porque los extravagantes fósiles de plesiosaurios de cuello largo, pliosaurios de cabezas formidables, ictiosaurios de ojos grandiosos y tortugas colosales que se han hallado aquí (y los muchos más que aún duermen arropados entre capas de geología) están en 3D; es decir, no están aplastados como tantos otros esqueletos en excavaciones paleontológicas. Además están articulados, cada hueso aún conectado a su vecino.

Encima de todo, yacen dentro de su contexto ambiental original, rodeados de los peces e invertebrados de ese gran mar de quizás unos 200 metros de profundidad, abierto al océano Atlántico. Un Atlántico bebé, apenas recién formado, cuando ni siquiera se había alzado el macizo de los Andes. El limo endurecido de ese joven fondo marino incluso alberga hojas, semillas y trozos de madera de los bosques de pinos que bordeaban aquellas costas, ofreciendo una luz a las condiciones climáticas prehistóricas.

Según Noé, en el nuevo Centro de Investigaciones Paleontológicas (CIP) en Villa de Leyva –un moderno laboratorio de preparación de fósiles único en su clase en el país, dentro de cuyos clientes está el Smithsonian Institution– hay animales que aún no han comenzado a ser estudiados pero que cuando lo sean probablemente se desprenda de ello una serie de informes científicos para las grandes revistas indexadas. “Las tortugas, por ejemplo. Hay una que tiene aún huevos en el vientre. Es prácticamente la primera vez que se ha encontrado algo así en el mundo”.

Probablemente otro de los animales merecedores de cualquiera de esas publicaciones es el espléndido pliosaurio de Sáchica, una tenebrosa criatura de cerca de 10 metros de largo, completa en un 85% (solo le faltan las aletas del lado derecho, que se perdieron en años pasados durante la extracción del yeso, abundante en esas montañas), y que está siendo estudiada por la paleontóloga de vertebrados María Eurídice Páramo, profesora de la Universidad Nacional.

Además de su anatomía, a Páramo le interesa saber las razones detrás de su exquisita preservación. “Falta todavía mucho trabajo, pues este es un yacimiento que está abriendo una cantidad de panoramas que van a aportar importante información al mundo, por lo menos en ese rango de tiempo geológico”.

¿Cómo animales tan grandes se mantenían durante una época de calentamiento global mucho más intensa de la que tenemos ahora, cuando los niveles de CO2 alcanzaban las mil partes por millón y el fondo del mar era pobre en oxígeno? Las preguntas se abren como flores, esperando ser estudiadas.

“Villa de Leyva guarda muchas sorpresas, más de las que nos imaginamos”, dice Noé. “Siento que esos fósiles, incluyendo los que creo van a resultar nuevas especies de ictiosaurios, son capaces de dar un sacudón a algunos pilares de la paleontología del Cretácico Inferior”.

Fuente: http://www.scientificamerican.com/

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7 de Diciembre de 2016|13:36
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