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Diario de viaje: El Tomba de Primera nació en la intimidad de Uspallata

Luego del ascenso y de los días de vacaciones, Godoy Cruz Antonio Tomba volvió a las prácticas, ahora para afrontar el torneo Apertura de Primera División. MDZ viajó hasta Uspallata y se quedó al lado del conjunto Bodeguero durante su estadía en el valle. Conocé una experiencia que fue más allá de lo periodístico.

El Expreso comenzó a escribir su historia en Primera, desde la montaña. Todo un símbolo para el único representante mendocino en el fútbol grande, que acudió a el anonimato de la cordillera para dejar los cimientos de un sueño. MDZ fue el único testigo presencial de ese hecho de "tiempo completo", que sufre el descrédito de limitarse a una nota periodística. Por eso, las próximas líneas van a contar -con la lincencia de la "primera persona"- otro costado, tal vez más rico que el de la noticia coyuntural, de lo que pasó, durante estos días en Uspallata. Detalles de ese "todos los día" que, con un buen ojo, pueden mostrar mucho más que una práctica.

El miércoles ya estaba todo listo para que partiera y me alojara en el mismo hotel donde los jugadores pasarían los días a las órdenes del preparador físico, Manuel Rodríguez y el entrenador, Daniel Oldrá, para comenzar la parte más dura de los entrenamientos antes del campeonato.

Pasadas las diez de la mañana, el móvil de MDZ (comandado por Ricki) ya estaba esperándome para partir.

Con el buen humor que caracteriza al conductor emprendimos el viaje y al cabo de un poco más de una hora ya estábamos en destino. El traslado pareció corto, pese a la tensión que provoca el sinuoso camino por la montaña, pero la música y la charla amena amenguaron el trayecto.

Llegando al hotel nos encontramos con los jugadores que llegaban de hacer su práctica física por los cerros aledaños.

Me instalé en la habitación. Esta contaba con una cama matrimonial, mesitas de luz de cedro, televisión con cable, un espejo añejo, piso de parquet y una hermosa vista que me permitía contemplar la inmensidad de la cordillera de Los Andes. Luego de unos minutos allí, salí.

Algunos, los jugadores con más experiencia, saludaron al único periodista que los había ido a visitar y que se quedaría con ellos hasta el final de la primera parte de la pretemporada, en alta montaña. En cambio, los más jóvenes, miraban, tal vez pensando en su intimidad: "¿quién será este?".

Llegó la hora del almuerzo y mi solitaria mesa distaba unos seis metros de la mesa de Daniel Oldrá y compañía. A esa altura los datos sobre la primera práctica ya habían sido colgados en mdzol.com, con la inmediatez que caracteriza nuestra información.

Me enteré que luego de la siesta harían trabajos de resistencia y potencia en el predio del hotel. Las prácticas no mantenían demasiadas variantes de un día al otro, pero el espíritu del equipo crecía.

Los almuerzos y las cenas eran en soledad, sólo acompañado de mi teléfono móvil y mi grabador de periodista. Las comidas eran abundantes y sabrosas, con una atención no muy prolija.

Las prácticas matutinas no comenzaban muy temprano y el sol alcanzaba a salir para que el frío no se sintiera en demasía. El astro rey acompañó al plantel y a mi en esta experiencia, hasta que caía, y de ahí en más Uspallata era sólo acompañado por la soledad del pueblo y las adyacencias.

Sin duda, las etapas más gratificantes eran las charlas de fútbol con quienes saben de verdad sobre esto, el Gato Oldrá y el Ruso Marcucci.

Experiencia y vivencias ofrecía la excusa perfecta, en una especie de ronda de amigos, mientras yo le trataba sacar algún que otro dato sobre incorporaciones. Para ellos, la situación no era nueva, forma parte del contrato tácito entre periodista y cuerpo técnico, donde hay tantos códigos como reza el "manual del fútbol".

Traté de ponerme a la par de los jugadores en ejercicios que desde afuera no parecían complicados. ¡Qué equivocado que estaba!. Subir los cerros me desgastó. Pero había que estar ahí, viendo qué pasaba con cada uno de los protagonistas. Qué tomaban, por qué las contracturas, qué hacían para remediar el dolor, todo, y cada una de las cosas por las que fui. Más allá del trabajo como periodista, el desafío de ponerme en la piel de esos jugadores me pareció atractivo, casi como una manera inconsciente de mostrarle a esos deportistas que uno, desde otro lugar, comparte algunos sentimientos con ellos.

Luego de la peripecia por los cerros tuve que volver. Me esperaban casi cuatro kilómetros y mi cuerpo pedía descansar. Llegue hasta la ruta y me pregunté por qué no hacer dedo hasta el hotel. Los jugadores ya habían pasado al trote y a mi me quedaban más de dos kilómetros. Pasaron dos o tres camiones hasta que uno viejo, comenzó a  frenar hasta que lo alcancé.
- ¿Me tira maestro?, le pregunté.
– Vamos! respondió el chofer de unos sesenta años y un poco más de peso. 
- ¿Hasta dónde vas pibe?
– Hasta el hotel Uspallata nada más.
– ¿Y para eso me hacés frenar?

El hombre tenía razón, eran sólo 2 kilómetros y el viaje no dio ni siquiera para cebar un mate, pero fue un regalo del cielo llegar al hotel antes de lo previsto.

Después de la cena, yo también parecía jugador, y me dispuse a tomar otro descanso reparador.

A primera hora ya estaba listo para escribir y tratar de reflejar lo vivido. Concurría al centro del valle, ubicado a unas seis o siete cuadras. Luego volvía por más información.

La experiencia termina con saldo positivo y una frase importante. Una cosa es vivir de cerca los hechos, y otra, muy distinta, es tocar de oído…
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3 de Diciembre de 2016|08:55
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