Historias de la guerra: Desde siempre y para siempre

Victoria trabaja mucho, teje, plancha para la gente rica, hace verdaderas obras de arte con las almendras que sale a vender, siempre en compañía de su hijo.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: Desde siempre y para siempre

(Cuento de Sonia Balzano)


A la memoria de mi abuela Victoria y a la VIDA de mi padre, Vicente.


Las sirenas de un bombardeo fueron su despertador. Se incorpora lentamente y al mirar el lecho, más grande ahora sin Paolo, se estremece.

Ya pasaron treinta días desde que la Segunda Gran Guerra desgarró todas sus esperanzas de estar al lado de su amor, tan lejano.

Sus pies, en el frío suelo, buscan un lugar seguro donde apoyarse.

Retira los pesados cobertores, que fueron el abrazo tibio durante la noche; una noche más en la que soñó con su amor.

Victoria es una mujer fuerte y trabajadora, pero no está sola. Su pequeño hijo Vincenzo duerme plácidamente en un camastro a su lado. Lo arropa bien, lo acaricia e implora en silencio que ese día no le pase nada grave, ¡es tan travieso!

Antes de abrir las ventanas, Victoria se lava la cara; está tan fría el agua del cuenco, que lo hace de manera rápida, mientras piensa en la forma de conseguir alimentos para ella y su hijo.

La ayuda de Paolo ya no llega, así que Victoria debe recomponerse día a día, el hambre debe ser mitigado, aunque la tristeza y la añoranza traten de abrumarla.

Victoria trabaja mucho, teje, plancha para la gente rica, hace verdaderas obras de arte con las almendras que sale a vender, siempre en compañía de su hijo.

Con él comparte la vida, le cuenta historias magníficas que Vincenzo escucha con mucho interés. A veces canta dulces canzonetas, sobre todo cuando suben al monte a buscar bayas y almendras.

Poco a poco, Victoria se dio cuenta de que su soledad y tristeza serían más llevaderas si cumpliera algunos ritos. Uno de ellos era, precisamente, subir cada mañana al monte Gargano, tan empinado y pedregoso que, con sus senderos de silbantes picos y flores silvestres, daba fuerzas para continuar el ascenso.

La marcha finalizaba en el corte abrupto del acantilado. Debajo, el Adriático, y a lo lejos, el horizonte: esa tenue línea donde cielo y mar se confunden, más allá de la cual está Paolo. Y antes de que su mirada se nublara en lágrimas, pasa sus manos por la cara; no quiere que su hijo la vea triste.

Sigue recolectando frutos y comienza a cantar; sonríe y busca a Vincenzo con la mirada, sabe que esa canción le gusta mucho. Pero Vincenzo no está. En ese momento se da cuenta de que el muchacho toma muy en serio los magníficos relatos de aventuras que ella le cuenta. ¿Dónde se habrá metido ahora? Trata de no asustarse, pero comienza a descender del monte con rapidez, y con la cesta casi vacía.

Las noticias vienen hacia ella sin necesidad de buscarlas. Los vecinos, que saben de su soledad, siempre vigilan a su pequeño y travieso hijo.

— ¡Victoria! —le grita uno de ellos— ¡Sabes de la prohibición de subirse a los pinos! ¡Los aviones alemanes están muy cerca!

— ¿Qué me dices, Antonio? —pregunta asustada ella.

— ¡Tu hijo, tu hijo! Está subido a un enorme pino y no oye razones, no se quiere bajar. ¡Anda tú, mujer!

Casi sin aliento, Victoria llega al lugar; es tanta la furia que siente, como el orgullo: su hijo es capaz de subir muy alto, más alto que cualquier otro ragazzo del pueblo.

— ¡Cenzoooo! —le grita— ¡Bájate ya de ahí!

El niño, cómodamente sentado en una gruesa rama, contesta a desgano, sin dejar de mirar el pueblo desde las alturas: —¡Después bajo!

Las travesuras se sucedían una tras otra; no había un solo día en que Victoria no se tuviera que preocupar por él.

Como aquella vez en que la propia pandilla de Vincenzo, en plena agitación, fue a buscarla; el chico se había sumergido en un hoyo para sacar erizos de mar y tardaba demasiado en salir. O aquella cálida tarde de verano en que la guardia costera del pueblo vecino, avisada del robo de un barco pesquero por un grupo de chiquillos, descargó estruendosos disparos de Mauser para ahuyentar la embarcación.

Con las velas desplegadas al viento, la pequeña tripulación reía y bailaba como una horda de locos vivando al capitán, quien sonreía sereno en la rueda del timón: ¡Viva Cenzo! ¡Viva Cenzo!

De esta manera pasaba la vida la pobre Victoria, entre sobresalto y sobresalto por las travesuras de su revoltoso hijo, intentando superar con su trabajo la difícil misión de conseguir alimentos en tiempos de guerra.

Pero había otro rito que Victoria se empeñó en cumplir, que consistía en escribirle a Paolo una carta por semana. Como era analfabeta, buscó la ayuda de don Camilo, un sacerdote franciscano pobre, humilde y bonachón que hacía su ronda por el pueblo para pedirles comida a los feligreses.

Al curita solía vérselo a menudo en la playa jugando al calcio con los niños, que así escapaban por largas horas al mandato familiar; era divertido verlo con la sotana arremangada, pegándole fuertes puntapiés a la pesada pelota de cuero y bailando cuando lograba convertir un gol.

Un día, Victoria se animó a pedirle que le escribiera las cartas. Había en sus ojos tanta nostalgia y desamparo, que don Camilo aceptó el encargo de buena gana, y más aún la aromática ofrenda de boconccinos de almendras, que ella se apresuró a ofrecerle como muestra de agradecimiento.

No sabía si esas cartas llegarían a manos de Paolo alguna vez, pero eso no importaba. El solo hecho de enviarlas la hacía sentir más cerca de él.

Pasó el tiempo y Victoria había conseguido guardar algo de dinero. La guerra había llegado a su fin y la ayuda de Paolo arribaba ahora desde América con regularidad.

Una mañana en que lavaba la ropa en la fuente del pueblo, una mujer dijo que era posible viajar a América en un buque de carga que llevaba a la vez pasajeros. Victoria no lo dudó: con la ayuda de don Camilo se fue hasta el puerto para enterarse —entre lágrimas de felicidad— que el dinero ahorrado alcanzaba para comprar los dos pasajes. La fecha del viaje quedó fijada para dos semanas después.

En esos días se acercaba la noche de San Pedro y San Pablo, todo el pueblo se preparaba para encender las tradicionales fogatas. La pandilla de Vincenzo se propuso convertirse en la campeona de ese año, haciendo la fogata más grande y ruidosa que jamás se hubiera visto. Para ello, contaban con un elemento sorpresa: una bala de cañón sin detonar, abandonada por los alemanes tras la evacuación de la Puglia y que había encontrado Vincenzo removiendo escombros en el Castillo de Manfredonia, antiguo cuartel general de los nazis.

Los chicos se dispusieron en semicírculo alrededor de la hoguera, abrazados por los hombros, esperando con entusiasmo el momento en que la bomba hiciera su irrupción en escena. En medio de tensa expectación, la bala humeó durante unos segundos y comenzó a dar unos extraños silbidos hasta que, sorpresivamente, una gigantesca explosión atronó la plaza del pueblo, iluminándola durante unos instantes como a pleno día.

Con el humo producido por el estallido de la bomba aún flotando en el aire, los aturdidos vecinos acudieron corriendo, para encontrarse con un cuadro dantesco: en el piso, gritando por el dolor, yacía un chico con la mano derecha literalmente arrancada por la explosión, y Vincenzo se agarraba la cabeza, de donde manaba sangre de uno de los ojos.

Victoria casi enloqueció cuando le trajeron a Cenzo malherido, con un trapo manchado de sangre amarrado en la cabeza. Y, para colmo, en la sala de emergencias le dijeron que su hijo no estaría en condiciones de viajar, al menos durante los próximos tres meses.

No obstante el susto, la herida no era tan grave como parecía; sólo habían quedado unas esquirlas microscópicas en el ojo de Vincenzo, quien estuvo finalmente en condiciones de embarcar.

Ya en pleno viaje a través del Atlántico, Victoria gozaba la fresca brisa del mar; sus pensamientos volaban hacia el ansiado reencuentro con su amado Paolo, cuando unas voces de alerta la arrancaron de aquellos ensueños.

— ¡Se va a caer! ¡Nene, bajate de ahí!

Era Vincenzo, una vez más; esta vez se le había ocurrido subirse en lo alto del palo mayor, para ver a su gusto la inmensidad del mar y el raudo vuelo de las gaviotas.

Ante la terquedad del niño, el oficial de guardia ordenó a un marinero que lo bajase a la fuerza; Vincenzo continuó su viaje encerrado en la cocina, pelando papas por orden del capitán.

Finalmente, una brumosa mañana de mayo, el buque llegó a destino. Mientras Victoria hacía la fila para los trámites de inmigración, comenzó a sonar una nostálgica y desconocida música: eran los tristes compases de un tango, que llegaban a sus oídos por primera vez.

El inquieto Vincenzo, que andaba de aquí para allá mientras su madre cumplía los trámites, se encontró de pronto con una escena que jamás habría podido imaginar: verla abrazada con un hombre, bañada en lágrimas, besándolo una y mil veces.

Ninguna de las cartas de Victoria había llegado a destino, excepto la última. Pero Paolo, que nunca había perdido la fe en el amor de su esposa, la había estando esperando, desde siempre y para siempre.


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Nota aclaratoria: Este cuento está basado en hechos reales ocurridos en la infancia de Vicente Balzano, quien hoy vive en una finca de las afueras de San Rafael. El columnista de “Aquí, allá y en todas partes” tenía pensado escribir un relato sobre él, pero finalmente optó por publicar este cuento, escrito por su hija, Sonia Balzano.

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