Mitre, aquel vencedor vencido

Hace 140 años se inició la revolución mitrista de 1874, debida a la derrota de su líder frente a Avellaneda en las elecciones presidenciales.

“Hay revolución. Esta vez es formal. Está en la atmósfera. Se la ve venir”, escribe el presidente Sarmiento a Martín de Gainza, su ministro de guerra, el 22 de septiembre de 1874. Y está en lo cierto. El “partido nacionalista” de Bartolomé Mitre se ha mostrado convulsionado desde sus derrotas electorales en febrero, cuando el partido autonomista de Alsina se impuso en la compulsa por diputados bonaerenses, y luego en abril, donde el mismo Mitre perdió como candidato a presidente frente a Nicolás Avellaneda, bendecido por Sarmiento e impulsado por el flamante “partido nacional” –manejado por dirigentes importantes de las provincias del Interior– en alianza con los autonomistas porteños. Los mitristas alegan fraude en ambas elecciones y con su líder a la cabeza reúnen fuerzas para algo nada extraño en la época: un levantamiento armado. Lo planean para el 12 de octubre, fecha en la que debe asumir Avellaneda. Pero ante el temor a ser descubiertos adelantan unos días el estallido.

El episodio no encaja bien si pensamos la historia del siglo XIX como un continuo conflicto entre dos bandos, federales y unitarios, o si volvemos a la idílica imagen sobre las presidencias “fundacionales” de la unidad nacional y sus logros materiales. Los liberales que se referenciaban en Mitre en la década de 1860 no proponían una Argentina unitaria como la que proyectaron los rivadavianos mucho antes, pero sí tenían ligazones con esos predecesores: por un lado muchos de los nuevos liberales habían sido unitarios (eso era muy evidente en algunas provincias) y además escogieron como referentes históricos a los paladines del unitarismo, tal el caso Rivadavia o de los generales Paz y Lavalle. Pero los liberales mitristas planteaban algo diferente: una república federal con predominio de Buenos Aires, y parecieron lograrlo durante algunos años, mientras terminaban militarmente con lo que quedaba del viejo federalismo (dando paso así a esa suerte de paradoja de una república federal que se consolidaba sobre la desaparición del partido federal).

Todos los que perdían en este esquema, tanto los autonomistas que rivalizaban con el mistrismo en la propia Buenos Aires –a la cual deseaban conservar con todos sus privilegios– como muchos miembros de las clases dirigentes provinciales que no querían quedar bajo la égida política de la provincia más poderosa, hicieron un acuerdo por conveniencia, que en 1868 impuso a Sarmiento sobre el candidato de Mitre y luego repitió la operación, más organizadamente, para hacer ganar a Avellanada (delineando así el PAN, que dominaría la escena política por un largo tiempo). Los mitristas ya eran una segunda fuerza y no podían ascender electoralmente. De ahí el alzamiento.

Pero no era sencillo: las autoridades nacionales contaban con el apoyo del Ejército, que había salido de la Guerra del Paraguay fortalecido como institución y modernizado, particularmente en lo referente al armamento (incorporó los famosos fusiles de repetición Remington y los cañones Krupp). Aunque en la rebelión Mitre recibió el apoyo de unidades de la Guardia Nacional –la milicia–, convocó a líderes con capacidad de movilización como el comandante de la frontera bonaerense Benito Machado, al cacique Catriel (hijo)y al general José Miguel Arredondo -influyente en la frontera de San Luis y Córdoba- estaba en clara desventaja. Fuera de esos dos focos y un levantamiento más tardío en la Puna jujeña, las provincias donde éste tenía apoyos sólidos, como Santiago del Estero y Corrientes, no se movieron. Las victorias del Ejército leal en las batallas de La Verde (Buenos Aires) en noviembre y poco más tarde en Santa Rosa (Mendoza, donde los del gobierno nacional fueron comandados por Julio Argentino Roca) pusieron fin a la revolución.

Mitre fue enviado a prisión en Luján, aunque fue indultado al poco tiempo por un conciliador Avellaneda. Quedó claro –como señala Eduardo Míguez en un libro reciente sobre el tema– que la Guardia Nacional y la guerra al estilo de las montoneras que hicieron los mitristas ya no eran rivales para el Ejército. Y que desafiar a la autoridad nacional por la vía de las armas sólo podía llevar al fracaso.

La estrella política de Mitre comenzó a apagarse. Nunca más volvería a dirigir el país ni accedería a los primeros puestos del poder. De todos modos, dejó una impronta indudable en una Argentina que se consolidaba como nación: una orientación liberal –que compartía con sus rivales autonomistas en Buenos Aires y “nacionales” en las provincias–, una predilección por el modelo económico agroexportador, una obra historiográfica clave tanto por su afirmación –que hoy sabemos errónea pero que fue muy eficaz–de una nacionalidad argentina preexistente a la Revolución de Mayo, como por su selección del panteón de próceres a celebrar, ubicando en la cúspide a Belgrano y a San Martín.

¿En qué fue vencido? No pudo, como ambicionaba, liderar la fase final de la consolidación del Estado nacional. Pero su derrota no solo implicó un cambio de elenco sino que los nombres que llevaron delante esa tarea, los tucumanos Avellaneda y Roca o el cordobés Miguel Juárez Celman, marcan algo más: también terminó un proyecto, el de predomino político porteño. Como han indicado numerosas investigaciones, la Argentina que en 1880 inició una nueva etapa, estaba en manos de una dirigencia oligárquica, pero el peso de las provincias en ella era crucial: Buenos Aires seguiría siendo como antes la más poderosa en términos económicos, pero ya no impondría condiciones políticas al resto. Mitre había perdido. 

Fuente: Télam

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4 de Diciembre de 2016|23:03
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4 de Diciembre de 2016|23:03
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  1. Parece que al tuerto no le importaba mucho lo que dice noimporta, porque lo ayudó a tener mas. Lo bueno es la historia que tiene 6,7,8, Tiempo argentino, y Torugo Morales, todos pagos por los dueños de la Asociación Ilícita.
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  2. El Diario La Nación tiene la misma impronta de su fundador, gorilas golpistas que no soportan perder elecciones democráticas y con ellos sus parientes (porque lo son en la vida real) los propietarios de Clarín. Hoy en día seguimos viviendo la misma historia aquí contada.
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  3. A favor o en contra. Federal, Liberal, Unitario; bicho a pegado al poder de manera ciega. Fundador o mezquino. Queda en cada uno leerlo e interpretarlo, pero el ejercicio de hacer de nuestra historia algo activo está en cada uno de nosotros. Para aprender y sobre todo actuar hacia adelante. Como sea, gracias MDZ por incluir nota sobre historia argentina, ojalá no sea la única vez
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