El aparecido (un tal Jorge Cepernic)

En Madreselva Tango Bar, el boliche de la Mora, el relato de un militante justicialista de la primera hora, ex gobernador y ahora prófugo de la Justicia.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: El aparecido

Va anocheciendo en Madreselva Tango Bar. La Mora, bolichera de pocas pulgas y faca en la liga —aunque de ardiente y noble corazón—, escucha embelesada la música de Antonio, joven brasilero que toca una melancólica modinha en su guitarra.

Allí, en la mesa de la ventana, se lo ve al tape Comoifusa saboreándose un buen faso, entre sorbo y trago de ginebra. A su lado el guapo Canaveris, vaso de whisky en mano, con la mirada perdida en el sol crepuscular,

“va despacito sintendo

a Terra toda rodar”

Antonio sonríe y le cabecea a la Mora en dirección a Canaveris, mientras canta aquel verso de su modinha.

En eso, desde afuera se escuchan los cascos de un caballo, y un “¡sooo...!” campero que anuncia la llegada de un jinete. Se abre la puerta e ingresa un paisano bajito, menudo, muy anciano, vestido con bombachas de campo verdes, alpargatas negras y camisa blanca, de porte eslavo, poseedor de unos ojos increíblemente azules.

La imagen resulta simpática a los parroquianos del boliche, y el Tape invita al recién llegado a sentarse a su mesa; el paisano acepta gustoso.

—Mora: traiga una copa, y sírvale al amigo de algo que quiera tomar —dice el Tape.

—Para mí unos matecitos amargos, si puede ser, señora; yo no bebo alcohol —dice el paisano.

Mientras la Mora va a poner la pava al fuego, algo grato y misterioso flota en el ambiente. Acaso alguna de aquellas situaciones inverosímiles que sólo acontecen en Madreselva Tango Bar; un lugar en el mundo, donde suceden cosas que no ocurren en ninguna otra parte.

—¿Viene de muy lejos, paisano? —pregunta el guapo Canaveris.

—Así es, mi amigo; de muy, muy lejos... de los pagos de El Calafate, allá en mi tierra, en la Santa Cruz.

—¿Y qué lo trae por acá? —inquiere el Tape Comoifusa.

—Vengo escapando de la Justicia...

En eso la Mora llega con el mate, bien amargo y espumoso; subyugada con lo que acaba de oír, pide permiso y se sienta a la mesa del fugitivo, junto a los azorados parroquianos.

—¿Y cómo es eso? —dice la Mora, intrigada. ¿Algún tajo, por asuntos de polleras?

—No, m’hijita, nada de eso... —sonríe el viejo paisano, mientras sorbe el mate. — Ocurre que me buscan porque, habiendo sido gobernador de mi provincia, autoricé la filmación de una película sobre las huelgas rurales del ‘21, que ha molestado bastante a unos cuantos jerarcas del Ejército Argentino...

El guapo Canaveris, hombre cuyo amor por el cine iba cabeza a cabeza con su pasión por los entreveros, no cabía en sí de su asombro:

—Pero eso fue en el ’74... La Patagonia rebelde...

—¡Así es compañero! veo que usted está muy bien informado.

—Pero... entonces usted debe ser Jorge Cepernić...

—En efecto, mi amigo, para servirle a usted. Militante justicialista de la primera hora, ex gobernador y ahora prófugo de la Justicia...

Los contertulios cruzaron entre sí una singular mirada, mezcla de estupor y admiración. Habían oído hablar de Cepernić, claro; era uno de los gobernadores afines al camporismo, derrocado al igual que Baca Martínez en Mendoza, Oscar Bidegain en Buenos Aires, y Obregón Cano en Córdoba. Y allí estaba, con su aura encantadora de sencillo paisano.

Nunca habían visto otro hombre que transmitiera tanta honradez y serenidad; una grandeza de alma, que le brotaba por los ojos y por la voz.

—Cuéntenos, don Jorge, por favor... —rogó la Mora, mientras le alcanzaba otro mate al perseguido.

—Cómo no, m’hijita, les contaré el cuento; en honor a sus ricos mates, a usted, y a estos caballeros que me han tratado tan amablemente, a pesar de mi condición de perseguido.

“Allá por el año ’60 vino a verme a mi casa un joven escritor, Osvaldo Bayer, a preguntarme por las huelgas del ’21. Ustedes recordarán que eso fue una masacre terrible; el Ejército había fusilado a muchos peones, por el delito de exigir mejoras laborales.

“Yo era un niño en esa época —nací en el ’15, tenía seis o siete años cuando todo esto se meneaba—, pero en el almacén de mi padre escuchaba los comentarios del jefe de policía Albornoz, que vivía enfrente y se cruzaba a tomar algo. Y me extrañaba que mis padres se dijeran, en lengua croata, que “de esto no hay que hablar delante de los chicos”; yo no entendía qué pasaba.

“Pero sucede que enseguida, poquitos años después, ya nos fuimos al Lago Argentino porque mi padre había logrado del gobierno nacional un campo para la explotación ovina, que aún tengo todavía, “La Josefina”. Y sucede que allá, empecé a encontrar cruces en algunos matorrales; le pregunté a un ovejero, y me dijo: “Shhh. De eso no hay que hablar”.

“Con los años, este hombre me fue contando cómo había llegado de Chile, y cómo se salvó por la edad, porque tenía doce o catorce años. Todo esto me metió más en el tema a mí; y un buen día, se aparece Bayer en mi casa, preguntando.

“Me pidió que le acompañara a ver las tumbas, y lo llevé por toda la provincia en el Fiat 600 de mi señora; visitamos a los viejos vecinos, recabando testimonios aquí y allá. Curiosamente, esa actividad fue la que después me hizo ser conocido en la provincia, y me llevó al gobierno; porque cuando lancé la candidatura, ya me conocía todo el mundo. No deja de ser curioso, porque en cierta medida Osvaldo Bayer fue también promotor de mi gestión política.

“Y pasó el tiempo; llegó el ’73, y fui electo gobernador de Santa Cruz. Mi gestión se vio entorpecida constantemente por el ministro José López Rega; fíjense ustedes, cuando voy a plantearle de hacer una planta de energía eléctrica en el Río Santa Cruz, ese personaje siniestro me dice muy suelto de cuerpo: “¿y para qué, si ahí sólo hay dos o tres pingüinos...?”

“Después vino lo de la filmación de la película. Bayer necesitaba dinero, y le hicimos un préstamo a través del banco provincial; y le prestamos la estancia “La Primavera”, para rodar las escenas de los fusilamientos en Estancia Anita.

“Y una vuelta recibí un telegrama de Buenos Aires, en la gobernación, que me ordenaba prohibir la película, y echarlos a todos de la provincia. De inmediato me fui con el Fiat 600 hasta Güer Aike, donde estaban filmando, y le dije a Bayer: “métanle con la película, apuren, que la cosa se está poniendo pesada”.

“Y se apuraron, y la terminaron. Y para mí empezó el calvario: A los militares les cayó muy mal que el Gobernador haya permitido la película, que apoyara a Bayer en lo que ellos llamaban “esas mentiras”, que no eran tales, porque además había gente vieja que confirmaba todo lo que se cuenta ahí.

“Y me intervinieron la provincia, y me echaron del gobierno. Dijeron que yo pertenecía al grupo subversivo... y me fui enseguida para Buenos Aires. Yo creía que podía hacer algo desde allá, pero la política estaba muy agitada en ese tiempo.

“Al principio no me escondí, porque tenía la ingenuidad de creer que no había problema; hasta que me encontré por casualidad con una persona de Río Gallegos, que me conocía, y que me previno: “tenga cuidado que sé que lo están buscando, y lo van a detener” Y confieso que a mí me hizo gracia, porque yo no robé, no maté, no asesiné; y dije: “no, ¿por qué me van a detener?”.

“La cosa es que un amigo, González, me convenció de esconderme en su casa. Salía poco a la calle; pero un día daban “Tora, Tora, Tora” en un cine de la calle Lavalle, y tuve mucho interés en ir a verla. Invité entonces a un “compañero”, un gremialista rosarino, para verla juntos; pero el tipo me entregó. Mientras yo sacaba las entradas, lo vi que estaba hablando por un teléfono público con alguien... la cuestión es que en medio de la función se corta la proyección, y yo me encuentro en mi butaca rodeado por cuatro personas de civil con armas largas. Me llevaron a la Comisaría 1a., y quedé detenido...

“De ahí me llevaron al penal de Magdalena; seis años estuve allí, aunque tengo que decir que no me trataron mal. Tuve la suerte de que me llevaron a Magdalena preso, porque ahí fue cuando empezó la matanza de tanta gente.

“Me pusieron con los presos políticos. Había siete u ocho calabozos con la puerta abierta, y en cada calabozo, los presos respectivos. Al primero que vi fue al general Miguel Ángel Iñíguez, que yo conocía de antes. Mientras Iñíguez me abrazaba, lo vi a Lastiri, que ocupaba la última celda. —“¿Cómo, este hijo de puta también está aquí?” le dije a Iñíguez, en medio del abrazo, que me dijo: —“Shh. Cállese la boca, que quiera o no quiera usted, vamos a tener que convivir todos igual”.

“Los otros presos eran Carlitos Menem, Lorenzo Miguel, Rogelio Papagno, Dieguito Ibáñez, el doctor Antonio Benítez, y el doctor Taiana”.

—Disculpe, don Jorge: ¿usted estaba ahí con Carlos Menem? —se interesó vivamente la Mora: —¿Y tiene alguna anécdota para contar?

—Claro, m’hija. Carlitos fue un buen preso. Se hacía la víctima, y trataba de distinguirse de nosotros; por ejemplo, un día pidió que le trajeran sus palos de golf. Cuando los demás presos salíamos en las horas de paseo, lo veíamos a él jugando con sus pelotitas, ahí... a mí me parecía una cosa ridícula, pero era cosa de él. Ahora, como preso y como amigo, era un buen amigo. Ningún problema.

—Pero, ¿tenía alguna actitud servil hacia las autoridades del penal? —repreguntó el Tape Comoifusa.

— Yo no sé si decirle “servil”; pero él siempre consideró bien a los celadores y guardianes. Mientras yo, a la defensiva, siempre creí que el policía que me cuida, es mi enemigo, él trataba de quedar bien con ellos. Solía hacer traer de sus viñedos damajuanas de vino para regalarles a ellos. A mí nunca se me ocurrió traerles corderos de mi campo...

—¿Y les traía vino a ustedes, los presos, también? —inquirió el guapo Canaveris.

— Sinceramente, tengo dudas. No me acuerdo, porque yo no tomo vino; pero no recuerdo haber visto sus vinos en alguna mesa nuestra, ni en los almuerzos, ni en las cenas.

—Y qué pasó después, cuando salió del penal? preguntó el Tape Comoifusa.

—Bueno, me pusieron en arresto domiciliario en mi campo “La Josefina”, allá por el Lago Argentino. Pero ése fue el arresto que más me mortificó, y les voy a contar por qué.

“En Josefina nos pusieron cuatro policías. Eran cuatro hombres jóvenes, buenas gentes, de la policía de la provincia.

“Mi hija y mi señora lo tomaron bien, pero yo lo tomé mal; porque digo que no hay derecho, que por causa mía, mi esposa y mi hija tengan que compartir la mesa con cuatro policías. Ésa era la causa de mi malestar. Además no teníamos personal de servicio, y mi señora y mi hija eran las cocineras, las que lavaban los platos, todo; yo no podía tolerar que ellas estuvieran en esa situación por mi culpa, era una cuestión de dignidad para mí.

“Entonces decidí escaparme, pero no para huir; ¿adónde iba a ir, al Chile de Pinochet? Sólo quería constituirme preso en la comisaría de El Calafate, así mi señora y mi hija no tenían que convivir más con los cuatro policías.

—Don Jorge: usted es un amor... déjeme que lo bese..! —La Mora, enternecida, lo abrazó y lo besó en ambas mejillas, antes de que el fugitivo pudiera reaccionar, el rostro colorado como un tomate. Cuando se repuso, continuó el relato:

—Y bueno, ahora viene lo anecdótico. Una tardecita preparé mi caballo guardiero; lo ensillé, y le dejé la cinta un poco floja, esperando la ocasión propicia.

“Y una madrugada, el momento llegó. Apreté la cinta, monte y salí.

No escapé por el camino, sino a través del campo, bajando cinco o seis alambrados. Bajar alambrados se dice a desclavar un poste, bajar el alambre y hacer pasar el caballo.

“La distancia al pueblo era de seis leguas, y el rumbo mío era paralelo al asfalto, a legua o legua y media de éste; y yo veía desde allí las “paletas blancas”, que así les llaman a las camionetas de la policía, que tenían las puertas delanteras pintadas de blanco.

“Yo veía que venían por el asfalto, corriendo de un lado para el otro buscando al preso. Qué iban a encontrar al preso, si el preso se estaba fugando a caballo...

“Y así llegué a Calafate; pero lo más curioso, es que en la última etapa, en el último alambrado, vi que un señor estaba amarrando en la tranquera de la cual acababa de salir, y que el caballo se le escapó. Acá viene lo interesante.

“Entonces yo me corrí con mi caballo, le agarré el matungo a este hombre, y se lo arrimé. Y al arrimarle el caballo, le digo: —“¿Para dónde va, amigo?” —“Voy acá a la estancia, porque se escapó el gobernador que teníamos preso” Y le digo: —“Mire, yo vi uno por el Cañadón del Perro que iba punga y punga por allá, para el sur”.

“Así que pude llegar a Calafate, sin que nadie me interrumpiera. Y en Calafate sucede algo que también me gusta hoy recordarlo. Como yo ocupé el cargo y conocía mucho la comisaría, crucé el río Calafate lejos del puente, es decir, lejos del pueblo; no quería que nadie me viera.

“Crucé el río, y me metí en la comisaría, pero por los fondos. Entré al patio y até el caballo en un álamo muy grande; y empiezo a transitar la comisaría, y no veo un alma; de pronto veo a un chico de unos 18 años, con una cara de asustadito, ¡pobre!, y le digo: —“¿Y usted quién es”? —“No, señor, yo soy un preso” —“¿Y la policía?” —“Ah, la policía anda buscando un preso que se les escapó...

“Y ahí fue cuando me arrimé, conociendo bien el lugar, a la última oficina que da a la calle, la del Comisario, y vi que habían bloqueado el puente con dos jeeps, como para impedirle entrar al preso que se había fugado.

“Eso me dejó una mala impresión, porque digo: qué ingenuos que son ¿no? Porque había que aplicar la lógica campesina: si un preso se escapa a caballo, no va a venir por el asfalto a cruzar justamente el puente, y más habiendo un río fácil de vadear con el caballo”.

El evadido, con una sonrisa pícara, terminó así el relato de sus aventuras:

—Entonces decidí salir de nuevo; sería muy humillante para el Comisario, llegar y encontrarse al preso esperándolo en su despacho... así que pensé en volver cuando él estuviera, para constituirme preso ante la Autoridad; pero no quiero dejarme atrapar por las patrullas, porque eso sería humillante para mí. Y andando y andando, aquí vine a parar a este boliche amigo, sin saber cómo...

Los contertulios de Madreselva Tango Bar estallaron en risas y aplausos, seguidos de una ovación para el perseguido. La Mora quiso invitar otra ronda de mate; pero don Jorge, agradeciendo con candor, se disculpó diciendo que debía continuar su rumbo; la partida policial podía no estar lejos, y ya el Comisario debía estar en su despacho.

Mientras el fugitivo partía en su caballo, entraba un joven al bar, guitarra en mano. Pidió permiso para tocar, y preguntó quién era el paisano que acababa de salir. La Mora le dijo, con sumo orgullo:

—Es el ex gobernador de Santa Cruz, don Jorge Cepernić, prófugo de la Justicia y amigo de Madreselva Tango Bar...

El joven guitarrero sonrió, y dijo:

—¿Cepernić? No puede ser: falleció en Río Gallegos, en julio pasado se cumplieron cuatro años...

Y ante el estupor general el joven, siempre sonriendo, comenzó a rasguear su guitarra.

—Pero... pero... ¡No, no puede ser...! —balbuceaba el guapo Canaveris, ante los atónitos parroquinos del boliche.

El Tape Comoifusa, blanco como un papel, susurró:

—Mora... ¿acá pasó lo que yo creo que pasó...?

La Mora, no menos pálida, respondió:

—Pasó algo; y pasó acá... el asunto, es... ¿por qué...?

Y en ese momento, el joven guitarrero dijo:

—Bueno amigos, me presento: me llamo Víctor, vengo de Chile, y cantaré para ustedes unas humildes coplas de mi propia autoría, tituladas “El aparecido”:

“Abre sendas por los cerros

deja su huella en el viento

el aguila le da el vuelo
y lo cobija el silencio
.


Correlé, correlé, correlá
por aquí, por aquí, por allá.
Correlé, correlé, correlá
correlé que te van a matar
...”

Mientras la Mora, el Tape, Canaveris y el brasilero Antonio se miran unos a otros en el colmo del aturdimiento, algo grato y misterioso flota en el ambiente. Acaso alguna de aquellas situaciones inverosímiles que sólo acontecen en Madreselva Tango Bar; un lugar en el mundo, donde suceden cosas que no ocurren en ninguna otra parte.

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Notas aclaratorias:

—El relato de Jorge Cepernić (1915-2010), es un extracto de la entrevista realizada por el autor al viejo paisano santacruceño, en su casa de Río Gallegos, el 13 de noviembre de 2004; y cuya cinta de grabación, conserva como un tesoro.

—La escena final de este relato está basada —por no decir “copiada”— en el corto “Bar de Mala Muerte”, del director argentino Guillermo Grillo, y que el autor recomienda calurosamente; puede verse en: http://www.youtube.com/watch?v=8vmBwjh6D34

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. 


Opiniones (3)
8 de Diciembre de 2016|19:07
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8 de Diciembre de 2016|19:07
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  1. Y por éso le van a poner su digno nombre a una represa...
    3
  2. Gracias, juanpueblo... en efecto, don Jorge era un gran, grande hombre.
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  3. Excelente la Nota!!!!!!!!!!! Don Jorge Cepernic, un grande!!!!
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