La (vieja) nueva Europa del Congreso de Viena

Tras la derrota de Napoleón Bonaparte, las potencias europeas de principios del siglo XIX se reunieron para restablecer el equilibrio continental y el absolutismo.

Sin dudas, las acciones de Napoleón Bonaparte, primero presidente y luego emperador de Francia a principios del siglo XIX, fueron un absoluto cambio de paradigma en Europa. Las ideas revolucionarias que en 1789 estallaron en París se propagaron por el resto del continente con las Guerras Napoleónicas, las cuales, a su vez contenían los deseos de Napoléon de ser el dueño de Europa, asentando a sus parientes en los países ocupados.

Con la derrota de Napoleón, que en realidad fueron dos, los Estados europeos se vieron en la necesidad de erradicar lo más profundamente posible los ideales revolucionarios y democráticos y restaurar el orden político previo a 1789, es decir, el absolutismo. Para ello, fue clave la realización del llamado Congreso de Viena entre 1814 y 1815, donde las potencias debatieron acerca del futuro continental.

Antecedentes

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Napoleón Bonaparte, declarado como Emperador de los Franceses en 1804, había avallasado con sus ejércitos buena parte de Europa. Para principios de 1812, Francia tenía bajo su dominio, directamente o a través de gobiernos títeres, un territorio que se extendía desde la península Ibérica hasta Polonia. También mantuvo como aliados a reinos independientes, como Dinamarca y algunos reinos alemanes.

Sin embargo, la Guerra de Independencia en España (donde gobernaba José, hermano de Napoleón), iniciada en 1808 y la desastrosa incursión militar a Rusia entre 1812 y 1813 supusieron el principio del fin para la hegemonía de Bonaparte.

Las derrotas en Leipzig (19 de octubre de 1813) y Waterloo (18 de junio de 1815), con una abdicación y recuperación del poder (el llamado período de los Cien Días), supusieron la caída definitiva de Francia y la restauración monárquica a manos de la Casa de Borbón, tras la abdicación de Napoleón, el 4 de abril de 1814.

Todo ello fue posible gracias a una extensa alianza antinapoleónica (llamada Coalición, que mutó en siete variantes) que estuvo liderada por Prusia, Austria, Gran Bretaña y, posteriormente, Rusia, sumándose las fuerzas revolucionarias de países como España, Portugal y los Estados italianos, principalmente.

Tras la derrota francesa, los aliados firmaron con el nuevo gobierno monárquico francés dos tratados en París. Esto se debió a que Napoleón irrumpió en marzo de 1815 nuevamente en Francia. A pesar de ser derrotada, Francia no padeció severas consecuencias, ya que no sufrió grandes pérdidas territoriales y tuvo que pagar una indemnización de 700 millones de francos, además de mantener un ejército reducido.

La tibieza de las potencias vencedoras se debió a que no querían una reacción francesa ante una humillación, teniendo en cuenta el deseo (sobre todo del Reino Unido) de mantener un equilibrio de poderes y una paz lo más duradera posible.

La reunión en Viena

Los representantes de todas las casas europeas se reunieron en la capital austríaca a partir del 1 de octubre de 1814, después de la firma del Primer Tratado de París, bajo el patrocinio de las cuatro potencias vencedoras: Reino Unido, Austria, Prusia y Rusia.

Los objetivos principales eran alcanzar un acuerdo que permitiera una restauración del Antiguo Régimen y poner a raya los movimientos democráticos y liberales que alcanzaron auge bajo el régimen de Napoleón. También se proponía delimitar un equilibrio de fuerzas a nivel continental y poner fin a las incertidumbres.

Congreso de viena


Aunque las negociaciones comenzaron con el pie derecho, no pasó mucho tiempo para que las potencias comenzaron a mostrar sus desacuerdos. Rusia exigía la anexión completa del entonces Gran Ducado de Varsovia, que era el sucesor del antiguo Reino de Polonia, mientras que Prusia reclamó Sajonia.

Esta idea no fue del agrado de Austria, que no quería una Prusia más fuerte que pudiera amenazar el equilibrio alemán ni una Rusia más fuerte en el este europeo, y del Reino Unido, que quería evitar una mayor influencia rusa. Gracias a ello, Francia pudo reforzar su débil posición en las negociaciones para alcanzar una alianza.

En medio del Congreso, el Reino Unido, Austria y Francia firmaron un tratado secreto que las unía en caso de ir a la guerra contra Rusia y Prusia. Ante esto, los representantes rusos debieron ceder en sus pretensiones y se conformaron con una Polonia más reducida (la llamada Polonia del Congreso), al igual que los prusianos hicieron con Sajonia.

Dichas debilidades fueron percibidas por Napoleón, recluido desde su derrota en 1814 en la isla de Elba. Con su escape de la prisión y posterior toma de París a principios de 1815, el general francés puso en aprietos a las potencias, que tuvieron que acelerar las negociaciones y alcanzar un acuerdo más rápido.

Los resultados

Con la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, las potencias aliadas encaminaron los acuerdos, y el 9 de junio de 1815 se firmó el documento final.

Tal como podría suponerse, las potencias vencedoras fueron las más favorecidas. Quien salió mejor parado fue, sin dudas, el Reino Unido, ya que obtuvo el reino de Hannover (como posesión personal del rey Jorge III), la isla alemana de Heligoland, Malta y las colonias de El Cabo y Ceilán. 

Así afianzó su poderío marítimo, socavado por la guerra anglo-estadounidense (1812-1814), y se ganó el mote de primera potencia mundial.

Otro de los grandes beneficiados fue Rusia, que obtuvo gran parte de Polonia, Finlandia (antigua posesión sueca) y Besarabia, arrebatada al Imperio Otomano. Gracias a ello, los zares se convirtieron en un árbitro internacional de la política europea e incrementaron su “padrinazgo” sobre los pueblos eslavos que estaban bajo dominación turca.

Por su parte, Prusia anexionó buena parte de Sajonia y los territorios polacos no concedidos a los rusos. También aumentó su influencia sobre los antiguos estados de la Confederación del Rin. Mientras que Austria amplió sus dominios sobre los Balcanes (Istria), recuperó las posesiones italianas (Lombardía-Milanesado) y sumó a Venecia.

Además, Austria y Prusia crearon la denominada Confederación Alemana, que aglutinaba a 38 estados germánicos, como remplazo de la napoleónica Confederación del Rin, para mantener un equilibrio en la región.

Europa tras el Congreso de Viena int


El Imperio Otomano, aliado a la causa napoleónica, logró no ser desalojado de los Balcanes pero no recuperó los territorios perdidos que estaban a manos de Rusia y Austria ni pudo conseguir algún tipo de apoyo en la batalla contra los serbios.

Por otra parte, en España y Portugal fueron restituidas las casas gobernantes de Braganza y Borbón españoles, respectivamente. Sin embargo, los beneficios para los peninsulares se frenarían. 

España no consiguió el apoyo internacional para sofocar los movimientos independentistas en sus ex colonias americanas y la Corona portuguesa se vio amenazada por la corriente liberal, por lo cual permaneció asentada en Brasil, como lo estaba desde 1808.

Aprovechando que grandes extensiones territoriales no quedaban en manos de las potencias, el Congreso amplió pequeños Estados y reimplantó otros, con el objetivo de crear “tapones” que protegieran las fronteras de Europa Central y Oriental ante un hipotético nuevo avance francés.

Los Países Bajos recibieron la actual Bélgica (ex colonia austríaca que había sido arrebatada por Napoleón) y retomaron el gobierno monárquico, mientras que se garantizó la independencia de Suiza y, a su vez, amplió sus dominios con la anexión de las ciudades de Ginebra, Valais y Neuchatel. Dinamarca perdió Noruega, que fue entregada a Suecia, pero recuperó Holstein.

Las mayores modificaciones se dieron en la península italiana. El Reino de Cerdeña recuperó el Piamonte e incorporó Liguria y la antigua República de Génova, convirtiéndose en el Estado más poderoso de la región. Por otra parte, se restablecieron los Estados Pontificios y el Reino de las Dos Sicilias, además de volver a conformar los ducados de Toscana y Parma, con soberanos austríacos.

El Congreso de Viena resultó beneficioso para las potencias vencedoras y cumplió uno de sus objetivos: la restauración del absolutismo en Europa. Sin embargo, los ideales democráticos y republicanos no se acallaron y metieron mucha presión contra los Estados, que se vieron acorralados y tuvieron que realizar concesiones.

Las Revoluciones de 1830 y 1848, además de los movimientos nacionalistas, terminaron por sepultar el absolutismo y obligaron a rediseñar todo un aparato político que se volcaba hacia los derechos de los ciudadanos y un nuevo concepto de gobierno.

Nicolás Munilla

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11 de Diciembre de 2016|07:25
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