La increíble y triste historia de Camilo y el elefante Dhalia

El paquidermo fue fusilado en el Zoológico de Buenos Aires en 1934. Tras el primer disparo, su compañera, llamada Cango, se interpuso en la línea de tiro.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)


Hoy: Lux Aeternum (la increíble y triste historia de Camilo y el elefante Dhalia)

A mi abuela Meca, quien me contó la historia de Dhalia cuando era chico; y a Haroldo Conti, cuya novela Alrededor de la Jaula inspiró la parte ficcional de este cuento.(1)

La división de Mastozoología, ubicada en el primer piso del Museo Argentino de Ciencias Naturales en Parque Centenario, era un lugar frío e inhóspito donde rara vez llegaban los visitantes.

Entre los restos sombríos y polvorientos se destacaba la figura de un elefante embalsamado, cuyos ojos vidriosos —igual que la Gioconda— provocaban el efecto de seguirlo a uno con la mirada por todo el recinto. Un cartel indicaba su procedencia: “Familia: Elephantidae. Orden: Proboscidea. Elefante de la India. Elepheas maximus. Distribución: Asia meridional y oriental, Cochinchina, Siam e isla de Ceilán. Pertenecen estos restos al elefante ‘Dhalia’ que durante muchos años vivió en cautiverio en el Jardín Zoológico de Buenos Aires”.

Camilo, un pibe de trece años, era uno de los pocos que se llegaban hasta allí. Dejaba la fascinación por los dinosaurios a los chicos de la primaria, que se divertían comparando a la maestra con el homo neandhertalis o pegando chicles en las vértebras del Tyrannosaurus Rex.

De tanto ir al museo, Camilo se había hecho dos amigos: Sergio, el bibliotecario, y Haroldo, un empleado de maestranza que había sido durante muchos años guardián del Zoológico Municipal.

Solía visitar al viejo en su covacha, una oficinita mugrienta donde guardaba sus utensilios de limpieza y contaba viejas historias del Zoo, mientras cebaba mate.

Contaba, por ejemplo, cuando el rinoceronte Archibaldo arremetió contra las rejas hasta romperse el cuerno, atormentado por su reciente viudez, o cómo el cuidador Antonio logró que la mona Bobby —que se había escapado para mirar una carrera de ciclismo que se corría en la avenida Sarmiento— regresara a su jaula simulando que la defendía de otro guardián que aparentaba atacarla.

O recordaba al director Clemente Onelli, que una vez consiguió a una mujer con el coraje suficiente para amamantar a un monito huérfano, y otra vez se trajo caminando desde el puerto a la recién llegada jirafa Mimí, que no cabía en ningún vehículo.

Pero el relato que más le gustaba oír era el de aquel muchachito que se hizo amigo de la mangosta canina y que un día, harto quizá de verla encerrada en una jaula triste, roñosa y solitaria, la liberó para fugarse juntos a un lugar donde no hubiera barrotes, guardianes ni amargura. Aunque todo eso terminó mal –la policía los atrapó y encerró a ambos- estas historias le encantaban a Camilo, que no decía nada cuando el viejo Haroldo las repetía, olvidando que las había contado decenas de veces.

Su otro amigo, Sergio, solía darle charla y algún material sobre los animales favoritos de Camilo. Y no eran pocas las veces que este se quedaba allí, hasta que las sombras de la noche indicaban que había llegado la hora de cerrar.

La vida del chico se centraba alrededor de esas delicias. Lo demás era rutina; ir a la escuela (donde lo único que valía la pena eran las clases del maestro Mostazo, que leía cuentos de Horacio Quiroga), llegar a casa y hacer los deberes. Y luego, nuevamente la entrada a ese mundo muerto de grandes saurios y aves, que alguna vez crepitaron de vida y hoy amontonaban polvo delante de unos visitantes que lo miraban todo con cara de aburridos.

Una tarde de invierno, en que la lluvia hacía más lóbrego el lugar, sintió un sobresalto al mirar el elefante: le pareció percibir un levísimo movimiento en la quijada del animal embalsamado.

Con el corazón en un salto, miró fijamente la imagen: no notó nada extraño.

Pensó que sería su imaginación, ya fértil de por sí, y le restó importancia al asunto. Sin embargo, la impresión no le abandonó.

Desde aquella vez que le pareció ver al elefante moverse, Camilo empezó a tener pesadillas.

Un día soñó que era un animal enorme y que corría a toda velocidad por una selva como la de los cuentos de Quiroga, huyendo de los cazadores.

Otra noche se vio embarcado en una jaula, rumbo a un país desconocido. Y una tercera vez soñó que quería escaparse, arremetiendo contra los barrotes como el rinoceronte Archibaldo.

—Demasiadas lecturas de la selva— sentenció su madre, agregando que si seguía imaginando demasiado, le prohibiría ir al museo a escuchar las tonterías con que ese viejo loco le llenaba la cabeza. Camilo decidió no hablar más de esas cosas.

Una tarde en que Sergio se quedó a hacer horas extras, el muchacho no se dio cuenta de que ya se había hecho noche cerrada. “Mamá me va a matar”, pensó, y saludando apresuradamente, salió de la biblioteca.

En su camino por los pasillos ahora oscuros, donde la penumbra destacaba con sombríos relieves las siluetas inanimadas para siempre, al pasar por Mastozoología creyó ver algo que le heló la sangre.

Dhalia había cambiado de posición y lo miraba fijamente a él. Empalidecido por el terror, su mente giró entonces en un torbellino.

Como en los sueños, Camilo era el elefante. Estaba en el zoológico, frente al templo hindú. Su instinto salvaje le advirtió el peligro que representaban unos policías apostados alrededor de la jaula, armados con fusiles, que le apuntaban desde distintas direcciones.

Su enorme masa muscular se puso en extrema tensión. Sus ojos calcularon rápidamente la distancia que había entre él, la reja y esos hombres, y tomó la decisión de intentar escapar. Los amenazó irguiendo la trompa hacia el cielo, mientras emitía un profundo y gutural barrito, y tras ese preámbulo emprendió una feroz carrera hacia los barrotes.

El impacto fue tremendo y logró romper uno en la embestida. Aún atontado por el golpe, su finísimo oído oyó una voz seca; sus ojos entrevieron los fogonazos y su rugosa aunque sensible piel sintió las mordeduras del plomo en un estrépito de truenos.

La sangre tibia manaba de su frente y un furor sobrenatural lo invadió; fue entonces cuando un ser angelical se interpuso entre él y sus fusiladores y comenzó a limpiarle la herida con suma dulzura y suavidad.

En ese momento se despertó entre los brazos de Haroldo y Sergio, que llegaron corriendo al escuchar sus gritos.

—¡Camilo! ¡Camilo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó, muchacho? ¿Qué tenés? ¡Sergio, traé un poco de agua!

El muchacho temblaba y sudaba frío. Con sus ojillos de animal asustado miraba alternativamente a sus dos amigos, hasta que al final los reconoció. Recién entonces pudo intentar explicar, entre incoherencias, lo que había vivido.

El rostro de Haroldo se tornó profundamente sombrío y, acariciando a Camilo con la ternura de un padre, le habló con una suavidad desconocida hasta entonces:

“Yo quería mucho a ese animal porque era su cuidador cuando trabajaba en el zoológico. Dhalia era amigable por naturaleza, y juntos solíamos llevar a pasear a los chicos encima de su enorme lomo. Cuando lo mataron pedí el traslado, porque no podía soportar su ausencia, y me trajeron aquí, donde está él.

“En la tierra natal de Dhalia, la India, los elefantes son sagrados. Los hindúes creen en la reencarnación, que al morir, el espíritu reencarna en otro cuerpo, para enmendar los errores que cometió en vidas anteriores. Pero para poder reencarnar es preciso que su cuerpo sea cremado, es decir, purificado por el fuego.

“Yo me siento en deuda con él, porque no pude evitar su muerte. Y siempre pensé que debía hacer algo para que pudiera reencarnar, pero nunca me animé. Soy viejo y demasiado débil, o quizá cobarde. Pero la pena que tengo me acompañará para siempre”.

Camilo escuchaba todo con profunda atención. Ya no temblaba y su mirada había perdido ese destello salvaje para adquirir una expresión de reconcentrada calma.

Cuando regresó a su casa tuvo que soportar un tremendo escándalo por la hora de llegada y, como su madre había advertido, le prohibió volver al museo mientras fuera menor de edad: "Mientras seas chico jamás volverás a ver a ese viejo loco, que quizá sea un degenerado. ¡Vaya una a saber con qué propósito te entretuvo hasta estas horas de la noche!".

Desde entonces, no hubo alegría para Camilo. Todo en él era reserva y circunspección, hasta el punto de que sus compañeros del colegio preferían estar lejos de él, a quien miraban como a un bicho raro.

Sin embargo, seguía imperturbable. Siempre pensaba y pensaba. Y cuando por fin llegó a una conclusión, no miró hacia atrás.

Una tarde, a la salida del colegio, llamó a su madre para avisarle que se quedaba a estudiar en casa de un compañero que ella conocía y que tal vez podría quedarse a dormir si se hacía tarde.

Luego se fue a caminar por ahí, para hacer tiempo. Se entretuvo mirando cómics y manga en los puestos de Parque Centenario, hasta un rato antes del cierre del museo.

Entró aprovechando la confusión provocada por la salida de un grupo escolar, excitado y bullicioso.

Una vez dentro, se escondió en un cuartito en desuso que Haroldo le había mostrado y allí se durmió, mientras esperaba que se hiciera de noche.

Cuando despertó, aguzó el oído para percibir cualquier síntoma de movimiento: no oyó nada y, empujando la puerta despacito, se atrevió a salir. Ocultándose como pudo entre las vitrinas, llegó finalmente a la división de Mastozoología.

Saludó a Dhalia con una ternura infinita, hablándole de las mil cosas que estuvo pensando todo ese tiempo, mientras sacaba de su mochila un gran frasco lleno de kerosén. Comenzó empapando la cabeza y los costados del animal, y con gran esfuerzo consiguió arrojar el líquido sobre su lomo, que no medía menos de dos metros de altura.

En la tarea, torpemente efectuada, quedó él mismo rociado con el combustible, y pensó: “Ahora sí que mi vieja me mata, con este olor en la ropa, no sé cómo voy a convencerla de que estuve estudiando”.

Cuando se vació el frasco, sacó una caja de fósforos que llevaba en el bolsillo de la campera. Con las manos algo temblorosas, la abrió y tomó uno, y en ese momento, un grito lo sobresaltó:

—¡¡Camilo!!

Miró hacia el costado, y vio al viejo Haroldo que le hacía señas desesperadas para que se detuviese.

— ¡Camilo, por Dios, no lo hagas!

El temblor desapareció de sus manos. Miró al viejo y recién ahí supo cuánto lo quería y cuánto quería a esa nostalgia de tiempos antiguos que él no había vivido pero que sentía como propios.

Entonces, ante la mirada desesperada del viejo, sonrió levemente y prendió el fósforo.

Al día siguiente, los diarios titularon: “NIÑO PIROMANÍACO MUERE AL PRETENDER INCENDIAR MUSEO DE PARQUE CENTENARIO”. Las radios y los canales de televisión se dedicaron a resaltar la falta de valores de la juventud y la inacción del gobierno para prevenir este tipo de atentados, reclamando mayor presencia policial en las calles y una eficaz vigilancia en los lugares de reunión de los jóvenes.

La única excepción fue la nota que publicó un viejo diario anarquista, que no leyó casi nadie y en la que un memorioso investigador transcribía algunos párrafos de la edición del 20 de mayo de 1943 de La Nación:


SACRIFICÓSE A ‘DHALIA’, EL ELEFANTE DEL ZOOLÓGICO

“Dhalia, el único elefante macho que había en el Jardín Zoológico, tuvo que ser ultimado a tiros.

El hecho ocurrió ayer, entre las 14 y las 15. Un piquete de la Guardia de Seguridad disparó 36 balazos contra el animal enloquecido. Fue como una cacería dentro de la ciudad, en la pequeña y urbanizada selva de Palermo, alborotada por el guiriguay de los pájaros y los chillidos de los monos.

Después de recibir el primer impacto en la frente, de la cual empezó a manar abundante sangre, los presentes vieron con estupor cómo su joven compañera, de nombre Cango, se cruzó en la línea de fuego tras arrancar unas matas de pasto con las que se puso a limpiar la sangre de la herida.

El oficial, azorado, ordenó alto el fuego; pero ese instante mágico fue roto por el mismo Dhalia, quien resuelto a huir de la ejecución, intentó salir por el hueco abierto en la reja.

Sonó otra vez la voz de fuego y las descargas se sucedieron sin solución de continuidad, por espacio de una hora; fue entonces cuando el soldado J. Durán, campeón de tiro de fusil, disparó el tiro de gracia haciendo blanco mortal en uno de los ojos.

Cuando Dhalia por fin cayó lo hizo con estilo, doblando las patas, arrodillándose sin tumbar el cuerpo, como esperando la muerte con dignidad. Y así quedó, como si estuviera en actitud de reposo, frente al pabellón indio, entre los rugidos de las fieras, la algarabía de los pájaros y el griterío de los monos, que saltaban y aplaudían en la jaula, pues había terminado la función: la cacería improvisada en la ciudad”.

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Muchos años después, un joven elefante y su conductor atravesaban despreocupadamente las junglas del sudoeste de la India. A su paso, los sencillos pobladores de la aldea de Bhadravati, coincidían entre sonrisas al afirmar que nunca habían visto una amistad tan pura y simple, como la existente entre aquel hijo de Ganesha y el alegre cachorro de hombre que lo guiaba.

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(1) El fusilamiento de Dhalia fue un hecho real acaecido en el Jardín Zoológico de Buenos Aires el 19 de mayo de 1943. La historia completa puede verse en: http://mangrullodeltiempo.blogspot.com.ar/2011/01/dalia-el-elefante-libertario.html.

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer.


Opiniones (2)
9 de Diciembre de 2016|14:54
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9 de Diciembre de 2016|14:54
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  1. Charlie, gracias a vos por tus palabras; tengo un cariño especial por este cuento, cuyo origen se remonta a la lejana tarde de 1967 en que mi abuela me llevó al museo, y me contó frente a los restos de Dhalia que el elefante había sido fusilado en el Zoológico. La impresión no me abandonó; y, 40 años después, fui a los archivos a averiguar lo que había pasado. El fruto de ese trabajo está en el link posteado al final del cuento, y es una historia verdaderamente extraordinaria. Tiempo después, nació este cuento. Por último, me alegra que estés en este "aquí" virtual; dado que eso, justifica el escribir estas historias. Un abrazo.
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  2. Gracias Horacio por esta belleza, que en medio de la chabacanería y el pelotudismo imperante a todo nivel, purifica el aire y nos hace recordar que la buena literatura; como la buena música siempre justifica estar acá. Un abrazo.
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