Jorge Etchenique, el Herodoto del anarquismo pampeano

Hubo un tiempo en que el oeste de la región pampeana era administrado por el gobierno federal y sus habitantes eran contemporáneos al hecho maldito.

Hubo un tiempo en que La Pampa no era aún una provincia. Hubo un tiempo en que el lejano oeste de la región pampeana se hallaba bajo la administración directa del gobierno federal, y en que muchos de sus habitantes todavía eran contemporáneos al hecho maldito que había sellado para siempre su anexión a la emergente República Argentina: la Conquista del Desierto, la campaña genocida del Gral. Roca y su ejército de winkas contra las tribus ranqueles, allá por 1879. El Mamüll Mapu, con sus inmensas planicies de clima templado cubiertas de pastizales y salpicadas de montes, quedó incorporado a nuestro país como Territorio Nacional de la Pampa Central. Repartido como botín de guerra entre los oficiales vencedores y los grandes terratenientes, integrado manu militari al modelo capitalista agroexportador propugnado por la Generación del 80, experimentó, en el tránsito del siglo XIX al XX, un acelerado proceso de crecimiento demográfico, progreso económico y transformación social merced al aluvión inmigratorio de criollos (migrantes de otras provincias) y gringos (migrantes europeos, italianos y españoles principalmente), el tendido de líneas férreas y telegráficas, la aparición de enormes estancias ganaderas y pequeñas chacras cerealícolas, la explotación de las salinas y los caldenares, el establecimiento de núcleos urbanos, la consolidación del aparato estatal y el desarrollo de los servicios públicos modernos.

Pero, al igual que en tantísimas otras partes del orbe, la irrupción del capitalismo trajo aparejado –cual caja de Pandora– un cúmulo tremendo de calamidades: la denominada cuestión social. Empleos precarizados, explotación salvaje de las masas productoras, jornadas de trabajo interminables y extenuantes, salarios bajísimos, condiciones de labor riesgosas e insalubres, miseria y subnutrición, hacinamiento, analfabetismo, ausencia de políticas sanitarias y de seguridad social, etc. Y con la cuestión social advinieron también, indefectiblemente, los conflictos obrero-patronales; que fueron, a su vez, caldo de cultivo para la recepción, difusión y adopción tanto de las doctrinas políticas de izquierda (socialismo y anarquismo), como de las prácticas asociativas proletarias (sindicalismo y mutualismo).

En el oeste árido del territorio pampeano, el avance capitalista resultó mucho más lento, arduo y débil que en el este húmedo lindante con la provincia de Buenos Aires, pero también hizo sentir sus rigores. Como una mancha de aceite, la civilización del alambrado se fue extendiendo hacia el poniente, internándose poco a poco en las inmensas soledades de las travesías. Allí, el traumático choque cultural entre la racionalidad instrumental de la burguesía de la Belle Époque, y los modos tradicionales o precapitalistas de vida, se manifestó dramáticamente en el fenómeno social de los gauchos alzados y los bandidos rurales, que tanto han avivado, con sus andanzas, la imaginación popular y artística, siempre propensa a elevarlos –a veces con algo de razón, y muchas otras sin ella– a la categoría mítica de epígonos de Robin Hood.

Jorge Etchenique

Esa tan lejana –y a la vez tan cercana– Pampa Central galvanizada por los adelantos capitalistas, transfigurada por las oleadas inmigratorias, desgarrada por las injusticias sociales, convulsionada por la lucha de clases y alborotada por el bandolerismo, es el peculiar territorio historiográfico en el que Jorge Etchenique (foto), a lo largo de muchísimos años de trayectoria intelectual, ha desplegado todo su amor por Clío. Amor profundamente benjaminiano y no superficialmente sorbonesco, porque no se limitaba al mero acto epistémico de conocer y comprender objetivamente el pasado de la sociedad, sino que, además, pretendía rememorarlo. No bastaba, para él, con describir y explicar científicamente los procesos históricos. No bastaba, no, ni como fin en sí mismo, ni tampoco como medio para hallar las claves etiológicas del presente –las causas o porqués de que nuestro mundo sea actualmente como es y no de otro modo–.

Evitemos cualquier malinterpretación: Etchenique era perfectamente capaz de experimentar el deleite dianoético cuando investigaba el pasado, y estaba firmemente convencido de la utilidad que reporta el saber historiográfico para la dilucidación de la compleja realidad de estos tiempos. Pero el encorsetamiento teórico y práctico del homo academicus no iba con él. Albergaba en su mente y en su corazón horizontes más amplios. Veía en el pasado algo más que una oportunidad de disfrute libresco individual y una fórmula científica de autoexplicación colectiva. Veía en él la materia prima necesaria para producir sentido, tanto a nivel personal como comunitario. No «sentido» en la fatalista acepción teleológica o finalista de las clásicas filosofías de la historia –un destino histórico predeterminado e inexorable–, sino, simplemente, en tanto razón de ser libremente construida y asumida, es decir, un propósito existencial fundado en la autodeterminación.

¿Cuál era exactamente el sentido histórico que a Etchenique le gustaba producir? Un sentido histórico contestatario, rebelde, contrahegemónico. Un sentido histórico de utopía y revolución. El pasado histórico era para él una cornucopia de dones: materia prima para la invención de tradiciones subversivas, árbol genealógico de la nueva humanidad emancipada, espejo prometeico de afirmación identitaria, crisol de la conciencia para sí, cantera inagotable de lecciones provechosas, fuente perenne de inspiración y exaltación… Pero ese pasado histórico que tanto nos prodiga, al mismo tiempo nos impone una elevada obligación moral, un compromiso sagrado, un deber ético imposible de eludir o postergar: la memoria.

Mas no cualquier memoria. No la memoria recluida en la torre de marfil, no la memoria «aséptica» del anticuario endurecido en la gimnasia arrogante e insensible del contemptu mundi, sino la memoria de extramuros, la memoria-pasión que desciende al llano y se entrevera, cual tribuno de la plebe, en las luchas subalternas del aquí y ahora. Y esta memoria terrenal y militante es –como bien lo explicó Walter Benjamin– una memoria íncitamente martirológica y vindicatoria. Su accionar, su despliegue, su manifestación, es la Eingedenken, la «rememoración» como acto solidario de rescate y reparación. Combatir el olvido, luchar contra la desmemoria impuesta por el poder, es, al mismo tiempo, devolverle la vida a nuestros muertos y hacerle justicia a la causa por la que murieron, que es nuestra propia causa.

Así entendía el quehacer historiográfico Jorge Etchenique. Rememoraba a nuestros ancestros anarquistas y bandoleros de la Pampa Central –los ferroviarios de Gral. Pico, los hacheros de Anzoátegui y Gamay, los bolseros de Alpachiri, los mártires de Jacinto Arauz, los editores del periódico Pampa Libre, los bandoleros como Vairoletto y Vallejos, y tantos otros– para revivirlos y redimirlos, firmemente convencido de que en ese peculiar modo de ejercitar la memoria radica, en no poca medida, la clave subjetiva de nuestra propia redención. Veía en la Eingedenken la mejor propedéutica posible para la creación de nuevas conciencias utópico-revolucionarias.

Etchenique ha partido, cierto. Pero queda entre nosotros su obra –sus libros, sus artículos y ponencias, sus cuentos y novelas, su ensayística historiográfica y su literatura narrativa–. Cada vez que la leamos, estudiemos y difundamos, y, sobre todo, cada vez que la continuemos –que es lo mismo que decir: cada vez que la hagamos nuestra–, la estaremos trayendo de nuevo a la vida. Y traer de nuevo a la vida una obra es, al fin de cuentas (¿cuándo ha sido otra cosa?), traer de nuevo a la vida a su autor. Jorge Etchenique, memorioso Quijote de La Pampa siempre lanzado al pasado y siempre vuelto al presente para desfacer agravios y enderezar entuertos, historiador y escritor de noble estirpe benjaminiana, infatigable Heródoto del anarquismo pampeano, compañero del Ideal de aurora, amigo entrañable, por siempre vivirás en nuestra memoria.

Federico Mare



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