Nuestro cerebro está diseñado para disfrutar del arte

Se comprobó que la experiencia neuronal que registramos cuando estamos ante una obra de arte envuelve variables más allá de la información visual.

A pesar de que aún no existen definiciones unánimemente satisfactorias para explicar lo que es el arte, en cambio parece indiscutible el hecho de que este representa uno de los pilares fundamentales de la naturaleza humana. Desde las representaciones primitivas inscritas en los muros de las cuevas hace miles de años, pasando por las hebras distintivas de creación artística propias de toda cultura que se haya desarrollado, hasta las inverosímiles expresiones de nuestros días, la presencia del arte ha sido una constante en la historia de nuestra especie.

A las múltiples reflexiones antropológicas, psicológicas, ideológicas y demás que se han gestado en torno al acto artístico, ahora se suma una nueva trinchera: la neurociencia, es decir, el entendimiento de lo que ocurre a nivel químico dentro de nuestro cerebro cuando creamos o interactuamos con una obra de arte.

Recientemente, un grupo de investigadores de la Universidad de Toronto arrojó luz a la neuroquímica del arte y concluyó que nuestro cerebro está efectivamente diseñado para apreciar las manifestaciones artísticas. Además, se comprobó que la experiencia neuronal que registramos cuando estamos ante una obra de arte envuelve variables más allá de la información visual, ya que se activan en nuestro cerebro regiones tanto emocionales como cognitivas.

El estudio, publicado en el diario especializado Brain and Cognition, analizó la información extraída de 15 estudios previos que se enfocaron en entender cómo reacciona nuestro cerebro ante pinturas artísticas; básicamente, se dedicaron a observar, vía imagenología de resonancia magnética, lo que ocurría en los cerebros de las personas contemplaban un cuadro.

Dichas investigaciones habían corroborado que al colocar a una persona frente a una obra de arte se detona actividad en las regiones cerebrales abocadas a procesar la información visual, a percibir y reconocer objetos y paisajes, pero también en aquellas encargadas de procesar las emociones, los pensamientos y el aprendizaje.

Lo anterior puede interpretarse como algo que, por cierto, resulta fascinante: la totalidad de nuestro cerebro, con su complejo entrelazamiento de regiones –ingenieril engranaje de realidades– se activa, como si estuvieran hechos el uno para el otro, durante la experiencia artística. Es decir, ese cúmulo de emociones que fácilmente puede despertar una marina en fuego de J. M. W. Turner tiene un respaldo a nivel neuroquímico, lo cual estrecha la relación entre metafísica y emoción, entre el óleo, la sinapsis y el encantamiento.

Fuente: http://pijamasurf.com/

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3 de Diciembre de 2016|20:50
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