La Maldad, tal vez una construcción

Si de cada cien intentos de ejercer la bondad sólo uno fructifica, ese único acto maravilloso produce el benéfico efecto de saber que no estamos solos.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: La Maldad


La existencia de la maldad ha sido y es materia de estudio por parte de los sabios, filósofos y religiosos de todos los tiempos.

Acaso la maldad sea una construcción específica de la Humanidad, porque no se conoce criatura alguna, por fuera del género Homo, que conciba la aniquilación —individual o en masa— de miembros de su propia raza.

Es imposible huir de esa dura realidad; el ser humano lleva dentro de sí el dudoso orgullo de poseer la mayor capacidad de destrucción entre las especies de la Tierra. No obstante, y contradictoriamente, también es el único que ha logrado desarrollar el concepto de solidaridad y la incomparable belleza de las artes; el bien y el mal coexisten, entonces, en cada uno de los miembros de la raza.

En ese marco, la práctica de la bondad se torna complicada: ¿cómo depositar confianza en un desconocido? ¿Por qué ayudar a alguien sin conocer su potencial maldad?

Enrique Santos Discépolo, el poeta-filósofo del tango, era un hombre que sentía como propio el dolor ajeno e incapaz de negarle su ayuda a nadie. En su frondoso anecdotario se cuenta que todas las noches, al llegar al Teatro Politeama, en lugar de ir a cambiarse para la función le gustaba codearse con el personal de la sala, interesándose por sus vidas, por sus historias.

Una de esas noches, la señora del guardarropa le dijo que estaba muy mal porque la hijita había contraído la poliomielitis y no podía caminar y no tenía dinero para el médico. Sin decir palabra, Discépolo abrió la billetera y le dio el dinero.

La función comenzó y el resto del elenco notó que Discépolo actuaba mecánicamente, como distraído. A la salida fueron a cenar a un restaurante, le preguntaron qué le estaba pasando y él se puso a contar la historia de la nena que no podía caminar.

En eso llegó uno de los actores, que se había retrasado, y al escuchar parte de la historia le dijo: —Pero, Enrique, a la señora del guardarropa siempre la viene a buscar el marido con una nenita de unos cinco años, hoy los vi, y la chica estaba saltando lo más bien”.

La mujer lo había estafado, aprovechándose de su ingenua bondad. ¿Y cómo reaccionó él? ¿Juró acaso cobrar venganza sobre ese ser tan despreciable?

No, nada de eso. Con los ojos abiertos por la sorpresa, dijo: —¿Salta...? ¡Salta...! No me digas, ¡me salvaste la noche!

Otro escritor - filósofo que honra a la parte luminosa de la Humanidad fue el francés Víctor Hugo (1802/1885), que dejó como legado obras inmortales como Notre-Dame de París, El hombre que ríe y Los miserables.

En esta última, Víctor Hugo relata el calvario de Jean Valjean, joven condenado a 19 años de trabajos forzados, por el robo de una hogaza de pan con que alimentar a sus sobrinos.

Al salir de prisión, Valjean sólo posee un odio visceral contra la humanidad, un aspecto que inspira temor, un pasaporte amarillo que lo califica como “hombre muy peligroso”, y 109 francos con 15 sueldos, fruto de sus 19 años de trabajos forzados en las galeras.

En su marcha, camina unos sesenta kilómetros hasta el pueblo de Digne-les-Bains, en cuyas tabernas intenta procurar una cena y una cama; pero es echado de todas partes, al exhibir su pasaporte.

Finalmente Valjean encuentra cobijo gratuito en casa de monseñor Bienvenido Myriel; un peculiar obispo que se había tomado a pecho los mandatos de pobreza y bondad del Evangelio, y que por eso no prosperaba —ni pretendía prosperar— en las altas jerarquías de la Iglesia.

Monseñor Bienvenido no quiere saber el nombre de su huésped; para él, se llama “Hermano”. Le invita a su mesa, le sirve vino, y le hace tender una cama, la primera en 19 años. Por la noche Valjean se levanta, y decide robar a su benefactor unos pocos cubiertos de plata, única vanidad terrenal del prelado, antiguo recuerdo de familia.

Al día siguiente, tres gendarmes le apresan y lo llevan a la Iglesia. Monseñor Bienvenido lo abraza, y le pregunta por qué no se llevó los dos candelabros que también le había regalado.

Los gendarmes se retiran; Jean Valjean queda en libertad, conmocionado y avergonzado ante la bondad del sacerdote, quien le dice solamente: —Hermano mío, vos no pertenecéis al mal sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.

Bienvenido Myriel, entrañable personaje de Víctor Hugo, prefería apostar en favor de los desheredados; la mayoría le fallaría, y se abusaría de su bondad; pero acaso uno solo de ellos, se convertiría en un hombre de bien, dispuesto a tender su mano amiga a los demás. No esperaba Myriel otra retribución que ésa: que se esparciera por otros campos la semilla que él venía sembrando a lo largo de su vida, y que germinó en Jean Valjean. Con este único éxito, su vida entera quedaba plenamente justificada.

El mismo tema se ha abordado con otro formato en la serie televisiva Kung Fu, por el guionista A. Martin Zweiback, en el capítulo titulado La marea.

En esa historia, dos jóvenes aspirantes a monjes son enviados al mercado del pueblo a comprar provisiones para el monasterio. En el camino encuentran un amable anciano, de suaves modales y cultivado lenguaje, que les pregunta dónde van, y les sugiere no seguir por el camino principal, dado que está infestado de ladrones.

Los niños agradecen y siguen el consejo del anciano; pero era una trampa. En el camino paralelo son asaltados y robados, y les quitan hasta las ropas.

De regreso en el monasterio, su maestro les aclara que los ladrones no habían tomado lo único de valor, lo irremplazable: sus vidas.

Acto seguido, el maestro preguntó a los jóvenes qué lección habían aprendido de aquello. Uno responde: “jamás confiar en un extraño”; el otro, a su turno, dice: “esperar lo inesperado”.

El maestro indica al primero que, al día siguiente, deberá partir para siempre del templo. El segundo expresa que no comprende por qué él no fue expulsado, siendo ambos fueron igualmente responsables al confiar en ese anciano.

El diálogo que sigue, por su profundidad, merece una transcripción literal:

— No castigamos por confiar. Si cuando construye una casa, un carpintero golpea un clavo; éste resulta estar defectuoso, y se dobla, ¿pierde el carpintero su fe en todos los clavos, y deja de construir la casa?

— ¿Entonces necesitamos confiar, aunque seguido nos hablen de la existencia del mal?

— Debemos tratar con el mal a través de la fuerza; pero afirmando lo bueno en el hombre, confiando. De esta forma nos preparamos contra la maldad, pero alentando el bien.

— ¿Y es el bien la gran recompensa por confiar?

— Al luchar por un ideal, no buscamos recompensa; aunque confiar trae a veces recompensas muy grandes, aún más grandes que el bien.

— ¿Qué es más grande que el bien?

— El amor.

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El ser humano es de naturaleza social, y no puede sobrevivir en aislamiento. Si bien la maldad es reina y señora, la vida se transforma en un infierno para todos, cuando todo el mundo maltrata a todo el mundo, antes de saber qué valores positivos pueda tener la otra persona.

En todo caso, la peor tragedia consiste en negar a priori el gesto amable. Mejor es apostar a favor, con la mente alerta contra la maldad; porque si de cada cien intentos de ejercer la bondad sólo uno fructifica, ese único acto maravilloso produce el benéfico efecto de saber que no estamos solos, aunque seamos pocos; y que todavía podemos sentirnos que somos seres humanos, en lugar de simples bestias con forma humanoide.

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer.


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4 de Diciembre de 2016|23:30
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4 de Diciembre de 2016|23:30
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  1. Gracias a usted, Saturno, por tomarse un tiempo para leer estas simples reflexiones, que me alegro le hayan gustado. Cordialmente, el autor.
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  2. Simplemente excelente... gracias...
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