Detectan importantes niveles de plomo en niños

Es un metal que no se metaboliza. Por sus características químicas, persiste en el ambiente, ya sea en el aire, en el agua, en el suelo o en nuestro cuerpo.

Aunque no lo veamos, vivimos en un mundo donde abunda el plomo. Está en la tintura de las pinturas que se usaron para colorear las casas, en las tapas impresas de ciertos cuadernos, en las lapiceras, en los electrodomésticos, en los adornos y los recipientes de cerámica. Hay plomo en la batería de un auto, en los caños antiguos por donde circula el agua que se bebe, en las latas de alimentos envasados e, incluso, en los crayones y en algunos juguetes.

Está en todos lados y no se va, es invencible. Es un metal que no se metaboliza. Por sus características químicas, persiste en el ambiente, ya sea en el aire, en el agua, en el suelo o en nuestro cuerpo. Rastros de plomo fueron encontrados en perforaciones del suelo realizadas en la Antártida y en el Ártico. Su uso masivo comenzó con la Revolución Industrial. Su principal aplicación y fuente de emisión fue como antidetonante de naftas, hasta que se prohibieron los combustibles con plomo.

Cuando supera ciertas concentraciones, el plomo es tóxico para los humanos. Los niños son más vulnerables, no sólo porque su organismo todavía está en formación, sino por ciertas conductas de riesgo como llevarse materiales y artefactos a la boca.

En los pequeños, desde su gestación y hasta los cinco años de edad, la exposición a este metal representa un gran riesgo: un niño puede absorber hasta el 60% del plomo al que está expuesto; mientras que un adulto, hasta el 20%. Los ámbitos típicos que representan un riesgo de exposición a altas concentraciones son las zonas fabriles, los talleres mecánicos y los talleres de artesanos que trabajan con metales.

En Estados Unidos, donde más se investiga y regula la exposición a este metal, el límite permitido en niños es de cinco microgramos (millonésima parte de un gramo) de plomo por decilitro de sangre (5 µg/dl). En adultos, en cambio, la barrera es más alta: 40 µg/dl. El dato sobresaliente es que en Argentina no existe un nivel máximo tolerado, ya que ese valor aún no ha sido fijado por ninguna entidad sanitaria y se carece de estudios suficientes como para determinar una cifra concreta.

En este contexto, y ante la insuficiencia de trabajos epidemiológicos en el país, resulta difícil dimensionar el riesgo de exposición al plomo, particularmente en niños. Uno de los pocos estudios que indagó en esa línea fue realizado en la ciudad de Córdoba y sus resultados fueron publicados en 2013.

La investigación fue una tesis de la especialidad en Toxicología y Bioquímica Legal llevada a cabo por Samanta Martínez, entre otros, y surgida del grupo de Miriam Virgolini, científica del Instituto de Farmacología Experimental de Córdoba (IFEC-Conicet), un centro de doble dependencia integrado al departamento de Farmacología de la Facultad de Ciencias Químicas.

En ella se evaluó de modo aleatorio a pacientes sin ningún diagnóstico que ingresaron por consultas al Hospital de Niños de Córdoba entre 2009 y 2010. Fueron 161 niños de hasta 14 años que acudieron al nosocomio, a quienes se les realizó una breve encuesta y se les solicitó una pequeña muestra de sangre. A primera vista, los resultados parecen alentadores: la media de presencia de plomo en esa muestra fue de sólo 2,5 µg/dl, la mitad del máximo fijado en Estados Unidos.

Sin embargo, de esa pequeña muestra hubo 28 casos (16,7%) que superaban el límite: tres niños tenían más de 20 µg/dl, otros dos tenían entre 15 µg/dl y 20 µg/dl, uno tenía entre 10 µg/dl y 15 µg/dl, mientras que los 22 restantes tenían entre 5 µg/dl y 10 µg/dl de este elemento en la sangre.

“Fue una muestra chica, pero es uno de los pocos estudios que tenemos en la Argentina”, aclara Virgolini a la agencia Argentina Investiga. En efecto, además de este estudio exploratorio y otro reciente realizado en Buenos Aires, se carece en el país de datos certeros sobre la población de menores con concentraciones peligrosas de plomo en el cuerpo.

Para los investigadores, los resultados son preocupantes, especialmente si se tienen en cuenta dos aspectos: que la escala del relevamiento fue reducida y que los menores examinados fueron escogidos al azar. “Aún no tomamos conciencia de que los chicos son una población vulnerable -afirma Virgolini-. Todavía se asocia este tóxico a enfermedades profesionales como el saturnismo. Necesitamos identificar poblaciones de riesgo, por ejemplo, los niños que viven en cercanías de cinturones industriales, o aquellos que por la profesión de sus familiares cercanos -talleres mecánicos, de artesanías, entre otros- están en contacto permanente con el plomo”.

Incluso expuestos a dosis bajas o moderadas (que superen los cinco µg/dl), con el tiempo, los menores pueden sufrir síndrome de hiperactividad, falta de atención y disminución del coeficiente intelectual. “Casi siempre son cambios sutiles, que pueden observarse cuando comienzan el colegio, cuando necesitan concentración o formar hábitos de estudio; es decir, cuando están frente a un desafío”, explica la científica, quien estudia hace más de 20 años los efectos del plomo en modelos animales y advierte: “Produce alteraciones neuroconductuales que pueden ser tratadas, pero son irreversibles”.

Frente a exposiciones muy elevadas pueden producirse intoxicaciones agudas que ocasionan inflamación del cerebro y la muerte, aunque en casos muy aislados y excepcionales. Según datos aportados por Virgolini, desde 2010 en África murieron cerca de 400 niños porque sus padres participaban en prácticas de minería ilegal y llevaban materiales para trabajar en sus casas.

“Hoy, el riesgo más preocupante son las pinturas que contienen plomo, que si bien se prohibieron en Argentina en 2004, no se controlan. Abunda, sobre todo, en los tonos más coloridos de las tinturas, pero sus fuentes son múltiples”, sostiene Virgolini, quien además investiga la posibilidad de que este metal favorezca el consumo del alcohol.

El cuerpo humano posee naturalmente elementos similares al plomo desde el punto de vista químico, como el calcio, el zinc o elhierro. Por eso, cuando el plomo ingresa al cuerpo se torna un impostor. “Compite con ciertos metales y el organismo los confunde, por ejemplo, con el calcio existente en los huesos. Y es allí donde se deposita el exceso de plomo circulante”, explica.

De la misma manera actúa en el cerebro: se mimetiza, ataca ciertos neurotransmisores y termina afectando las conductas de los niños; pero también puede producir anemia y contribuir a la desnutrición.

En la Semana Internacional de Prevención de la Intoxicación por Plomo, realizada en octubre de 2013, la Organización Mundial de la Salud (OMS) difundió cifras preocupantes: se calcula que la exposición a este metal es responsable de un 0,6% de la carga mundial de morbilidad (la pérdida de salud por todas las causas de enfermedad y defunción), carga que es mayor en los países en vías de desarrollo. 

i bien la OMS aclaró que la intoxicación por plomo es “totalmente prevenible”, advirtió que este tóxico contribuye a unos 600 mil nuevos casos anuales de discapacidad intelectual en niños.

Plomo, desnutrición y trastornos mentales

En la última década, además de la investigación de la UNC sólo se realizó otro estudio de esta problemática, en la ciudad de La Plata. El trabajo fue realizado por la bioquímica Liliana Disalvo, del Instituto de Desarrollo e Investigaciones Pediátricas (IDIP) del Hospital de Niños de La Plata, y colaboradores.

Arribó a resultados similares a los obtenidos en Córdoba pero, además, logró vincular la presencia del plomo con la desnutrición infantil y los hábitos alimenticios. “Por sí mismo, el plomo produce anemia, reduce la formación de hemoglobina y compite con el hierro; además, puede reemplazar al calcio”, completa Virgolini.

¿El plomo puede incentivar la adicción a drogas?

Desde sus primeras investigaciones, Virgolini aborda la hipótesis de que la exposición al plomo está vinculada con el consumo del alcohol. El denominador común entre ambos estaría dado porque el etanol (alcohol) que ingresa al cerebro y se metaboliza por una enzima llamada “catalasa”, transformándose en “acetaldehído”, un compuesto que sería responsable de generar adicción. Esta misma enzima sería también afectada por el plomo.

Los experimentos que sostienen esta hipótesis revelan que ratas adolescentes expuestas al plomo durante su gestación y lactancia, eligieron tomar más alcohol que las que no tenían el metal en su organismo, hecho que fue revertido cuando se les inhibió la enzima catalasa.

Esto se extrapolaría a humanos previniendo la adicción a drogas en los niños expuestos a plomo y que lo tienen aún en su cuerpo. “Es un grupo de riesgo, vulnerable a la adicción”, subraya. 

Fuente: http://argentinainvestiga.edu.ar/

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