Carlos Correas, el samurái negativo

De ese nombre, de esas dos sencillas palabras, se desprende nuestra posibilidad de acceder como lectores a la riqueza de un arsenal crítico fascinante.

Las armas de la crítica empleadas para saldar cuentas con ciertos fantasmas afectivos, sexuales e ideológicos que deambulan, como mezquinos acreedores, por los grises cangrejales de la memoria (“[Masotta] tenía un capital de odio. Era él mismo odio.[...] Odio que era actitud y proyecto. También yo odiaba y odio”). La incisión hasta el hueso en el cuerpo y la obra del amigo muerto (a la vez, némesis y especular contrincante), como una forma de homenaje y resarcimiento póstumo. La diatriba de una voz amarga e insoportablemente lúcida que, por momentos, resulta, para las sensibilidades acomodaticias en boga y los mandatos pelotudos del buen pensar, de un rigor temerario. Ese fue el sino intelectual de Carlos Correas (1931-2000). De ese nombre, de esas dos sencillas palabras, se desprende nuestra posibilidad de acceder como lectores a la riqueza de un arsenal crítico fascinante. En él, las matizaciones del pensamiento, sus torsiones y distensiones, siempre corren a contrapelo de las modas intelectuales. La crítica, entonces, no consistiría en engordar el ego de tal o cual autor, sino en desmantelar su esencial impostura; de ahí que su ejercicio efectivo sea una forma putativa de la justicia en este mundo “careta”.

La operación Masotta Carlos Correas tapa

Cuando Correas escribe sobre Oscar Masotta, y por extensión sobre Juan José Sebreli, el tercero de ese inquieto grupúsculo que supo transitar la deriva existencialista argentina, es lapidario y traza lo que bien podría ser el identikit inoxidable de cierto tipo de intelectual: aquel que, a toda hora y bajo cualquier pretexto, muestra el tornasol acotado de sus plumas. Así, el autor de “La operación Masotta”, en una prosa corrosiva y de vago aire celinesco, dice: “[se trataba] de hacer saber que se sabe (acerca del ´marxismo contemporáneo) a amigos y enemigos, a Ernesto Eliseo Verón y así mismo. Como lo último es imposible para una conciencia que sabe su ignorancia (su ausencia) y a la vez se desea de buena fe y ha desechado la mentira y el cinismo como necesarios instrumentos de la política (estamos en un momento de apoliticidad local), se abre el silencio en las formas de la locura o la muerte. O, a la inversa, la locura o la muerte inminente instauran el silencio en la forma de la ignorancia, o en el hablar por el que la ignorancia se confiesa”.

Su estilo y fraseología –y ese arte de citar “contrapuntísticamente” a pie de página- son únicos. Su mirada bífida no puede dejar de hacer foco simultáneamente en dos lugares a la vez: por una parte, en la enmarañada altura especulativa (esa correa de transmisión que va de Hegel a Sartre) y, por otra, en el limo pendenciero, gozosamente hostil y enmerdado de las teteras. Al igual que Fogwill, David Viñas, Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher y Alejandro Rubio, su modo de puntuar –esa música interna/externa; ese saber bélico- es el efecto directo y sin concesiones de una aceitada máquina discursiva preparada para la confrontación. Leer hoy al autor de “La narración de la historia”, “Los jóvenes” y “Los reportajes de Félix Chaneton”, supone atravesar ese inmenso pantano formado por el tenor hipercomunicacional de la época y su opacos fetichismos culturales, con la premisa ardiente de que la escritura y, sobre todo, la lectura crítica son actividades en las que el cuerpo, como una constante existencial intransferible, asume todos y cada uno de los riesgos.

Pablo Grasso

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3 de Diciembre de 2016|01:40
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