Tribulaciones, lamentos y ocaso de una tonta Señora Pituca, imaginaria o no

A raíz de un erróneo y malintencionado texto titulado “Carta de una Profesora con acertadísima y lapidaria frase final” que circula en Internet.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: Tribulaciones, lamentos y ocasos de una tonta Señora Pituca, imaginaria o no


A raíz de un erróneo y malintencionado texto titulado “Carta de una Profesora con acertadísima y lapidaria frase final”, que circula insistentemente por el cyberespacio (1)


Se va haciendo de noche en Madreselva Tango Bar. El Tape Comoifusa, habitué del boliche, va por la tercera ginebra. La Mora se acerca a vaciarle el cenicero; uno de esos de lata, todo abollado, con la leyenda del “Ferro Quina Bisleri”. Pegado al mostrador están el negro Cantaliso, su guitarra y un son que comienza a andar:


“No me paguen porque cante

lo que no les cantaré;

ahora tendrán que escucharme

todo lo que antes callé.

¿Quién los llamó..?”


En eso irrumpe una Señora Pituca, celular en mano, vociferando y gesticulando:

— ¡¿Pero cómo que van a tardar dos horas en venir a buscarme el Audi?! Mire, le aviso: si no vienen en 20 minutos, voy cambiar de compañía de seguros”.

Mientras los presentes cruzan una mirada socarrona, la Señora Pituca se sienta en una de las mesas. Quiso la mala suerte, o acaso el destino, que fuera la mesa vecina a la del Tape.

— No se puede creer, estos negros son una plaga... ¿Sabe cuánto pago de seguro por mes?

El Tape no tuvo más remedio que mirarla, pero no dijo nada. La Mora se acercó a tomar el pedido.

— Querida, ¿tiene ron cubano? Me lo recomendó mi chamán para el estrés, porque con estos negros, una no puede mantener la calma...

En un gesto instintivo, La Mora apretó la empuñadura de la faca, que lleva siempre debajo de la falda. Pero se contuvo y respondió, no sin un dejo de sorna:

— No, “querida”, no tengo. Acá no tenemos la sofisticación que Vuesa Mercé se merece; si quiera una bebida “cubana”, tendrá que conformarse con una “Cubana Sello Verde”, nomás...

Y dicho esto, se alejó sin esperar respuesta.

La Señora Pituca volvió a dirigirse al Tape:

— ¡Pero qué guaranga..! Qué negra maleducada, ¿la oyó usted? Esto en mis tiempos no pasaba, había respeto por las personas, por la gente de bien. La culpa es de este gobierno que está destruyendo al país, porque les apaña los vicios a los negros con esos planes de subsidios y porque está desmantelando la educación.

El Tape, hombre guapo para el entrevero, no sabía cómo evitar al molesto moscardón. Había aprendido cómo meterle un buen tajo a un deslenguado, pero nadie le había enseñado cómo lidiar con una mujer bocona; de modo que se resignó a su mala estrella.

La Señora Pituca interpretó el silencio de su vecino como una tácita aprobación y, sintiéndose a sus anchas, se largó con una extensa perorata:

—Yo no soy víctima de la Ley Nacional de Educación. Tengo 60 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política. En la primaria estudiábamos Lengua, Matemáticas, Ciencias; en el sexto grado, si en un examen teníamos faltas de ortografía, nos bajaban —y bien bajada— la nota. En el bachillerato estudié Historia de España, Latín, Literatura y Filosofía. Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las “Coplas a la Muerte de su Padre”, de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega y a Espronceda. Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección. Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura.

En ese momento, La Mora se acercó con la bandeja y no pudo reprimir una sonrisa irónica:

— Aquí está su “Cubana”, Su Señoría...

Y se retiró, imitando el contoneo de la dama y su afectada gesticulación. La Señora Pituca hizo una mueca de fastidio y continuó con su interminable cháchara:

— En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”, y el de cantar es “cantante”. ¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene identidad”. Por eso, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le añade la terminación “ente”.

A estas alturas el Tape simulaba escuchar, mientras pensaba en qué había hecho él para merecer que le dieran semejante lata, pero la Señora Pituca continuaba, imperturbable:

— Así, al que preside, se le llama “Presidente”, y nunca “Presidenta”, como se ha puesto de moda con este gobierno...

Ahí el Tape paró la oreja y quiso meter —por primera vez— un bocadillo:

— Pero, señora...

Era como intentar hablarle a un televisor. La Señora Pituca hablaba y no escuchaba; los televisores emiten, pero no escuchan jamás.

—Y ahora, le pregunto: los polítiqueros y los periodistas a sueldo del gobierno, ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la reglas de gramática?

El Tape creyó que en verdad la Señora Pituca le estaba preguntando a él, e intentó empezar una respuesta:

— Mire, a mí me parece que...

Pero no había caso; la emperifollada dama se contestaba a sí misma:

— Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia los lleva a aplicar patrones ideológicos; y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes, a ellos y a sus seguidores...

Ahí el Tape se hartó de la ensoberbecida Pituca, y levantó algo la voz para hacerse escuchar:

— MIRE SEÑORA, YO LE VOY A DECIR UNA SOLA COSA...

La dama se sobresaltó y se detuvo en seco.

— ¿Cómo dice...?

El Tape bajó el tono de voz y, con una didáctica inexorable, como si le hablara a una criatura, continuó:

— Usted está basando todo su discurso en la afirmación de que la palabra “Presidenta” no existe en la lengua castellana, ¿verdad?

— Así es; he leído a Cervantes, a Garcilaso, a Góngora...

El Tape la interrumpió, dirigiéndose a la bolichera, que no había perdido palabra:

— Mora, tenga la amabilidad de alcanzarme el Diccionario de la Real Academia Española, la edición actual vigente, la número 22, del año 2001...

La Mora, que ya tenía el libro abierto en la mano, precisamente en la letra “P”, no perdió un instante:

— Aquí lo tiene...

Y el Tape, victorioso, leyó en voz bien alta y clara:

— “Presidenta”: primera acepción, género femenino: “Mujer que preside”. Segunda acepción, femenino de “presidente”: “cabeza de gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad”, etcétera; tercera acepción, femenino de “presidente”: “Jefa del Estado”; cuarta acepción, coloquial: “Mujer del presidente”.

La Señora Pituca primero empalideció y luego se le puso el rostro rojo como la grana.

— Pero... pero...

Y ahí nomás se armó, en el Madreselva Tango Bar, una de esas escenas épicas que quedarán registradas para siempre en la memoria del barrio.

Todos a una (¡Fuenteovejuna!), los parroquianos estallaron en una hilarante catarata de denuestos e improperios, acompañada de sendos cortes de manga; mas sin insultos soeces, porque eran gentes muy educadas, mal que les pese a todas las Señoras Pitucas que pululan por el Barrio Norte y sus alrededores:

— ¡Anda, guapa, vete a cotorrear a otra parte!

— ¡Ché, piscuí, volvete a Barrio Norte!

— ¡Andá a recauchutar chupetes!

— ¡Tomátelas... tomátelas..!

La Señora Pituca apenas atinó a dejar un billete de cien pesos en la mesa mientras huía despavorida hacia la puerta, sin esperar el vuelto; la acompañó un coro de cancha, que gritaba sibilinamente:

— ¡Ya se va, se va pa’ no volver! ¡Se va pa’ no volver! ¡Se va pa’ no volver..!

La casa invitó una vuelta de ginebra para todos —en realidad, la que pagó fue la Señora Pituca— Y cuando se restableció la calma, La Mora se sentó en la mesa del Comoifusa:

— Qué flor de papagayo, ¿eh, Tape?

— Qué quiere que le diga, Mora... esta ridícula señora encopetada me dejó pensando en algo...

— Largue el rollo...

— Ella decía que los adictos al gobierno usaban mal el idioma, por ignorancia y por razones ideológicas...

— ¿Y...?

— Y... que quien usaba mal el idioma, por ignorancia y por razones ideológicas, era ella...

En ese momento, se oyó un templar de guitarra y Cantaliso, achispado por la ginebra inesperada, continuó su cantar interrumpido:

“Todos estos yanquis rojos

son hijos de un camarón

Y los parió una botella,

una botella de ron

¿Quién los llamó...?

 Nota (1): Puede verse el texto completo en la web del Instituto Superior del Profesorado Nº 2, “Doctor Joaquín V. González”: http://isp2.sfe.infd.edu.ar/sitio/index.cgi?wAccion=news&wid_seccion=8&wid_grupo_news=2&wid_news=273

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer.   


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