Tolkien y el idioma del paraíso

Si tanto se inspiró en el galés para crear el sindarin, ¿ello sólo se debió a su búsqueda estética de la eufonía? ¿Ningún otro motivo incidió en esto?

Es sabido que J.R.R. Tolkien estaba fascinado con el idioma galés, y que esa fascinación lo llevó no sólo a estudiarlo con fruición durante muchos años, sino también a utilizarlo como materia prima –junto con el finés– en la elaboración de las lenguas élficas de su Legendarium, su universo de fantasía. Por qué el autor de El Señor de los Anillos amaba tanto el Cymraeg, la lengua céltica del País de Gales –legítima heredera del idioma antiguamente hablado por los britanos–, no resulta, por cierto, ningún misterio. Él mismo lo explicó con claridad en Un vicio secreto, su célebre conferencia de 1931 acerca de su pasión personal por la glosopoiesis, la invención de idiomas artificiales –artísticos y ficcionales sobre todo–. Para Tolkien, el galés era maravillosamente eufónico, un idioma de bellísima sonoridad, una lengua que, en virtud de su exquisita musicalidad, pareciera haber hecho realidad aquella enigmática lingua avis o «lengua de los pájaros» que tanto obsesionó a los místicos y ocultistas del judaísmo, la cristiandad y el islam durante la Edad Media y el Renacimiento.

No es casualidad, entonces, que en la Tierra Media la mayoría de los elfos –las criaturas más primigenias y perfectas jamás creadas por Ilúvatar, los más bellos y sabios de todos los seres alguna vez engendrados por la divinidad providente de Arda– hablen una suerte de lingua angelica (si se me permite la metáfora, que no lo es tanto, porque los elfos no distan demasiado de ser ángeles en varios aspectos)[i] con fortísimas reminiscencias fonéticas y gramaticales del galés. Me resulta difícil no palpitar en la eufonía sublime, casi etérea del sindarin, un lejano eco del idioma enoquiano inventado por los hermetistas John Dee y Edward Kelley en la Inglaterra renacentista. No en su forma y contenido lingüísticos concretos, claro está, sino en su inspiración conceptual general, en la pretensión estética o filosófica que subyace en su ideación: un idioma casi angelical atribuido a seres casi angelicales.

Pero si Tolkien tanto se inspiró en el galés para crear el sindarin, ¿ello únicamente se debió a su búsqueda estética de la eufonía? ¿Ningún otro motivo incidió en su preferencia? Durante mucho tiempo pensé que no, pero hoy tiendo a creer lo contrario. ¿Qué es lo que me hizo cambiar de parecer? Algo que, a primera vista, no pareciera tener ninguna relevancia para la dilucidación del interrogante planteado: mis lecturas sobre la colonización galesa de Chubut.

Sergio E. Caviglia, en su libro La educación en el Chubut (1810-1916), menciona que, cuando el gobierno nacional argentino, a partir de 1878, comenzó a imponer en las escuelas públicas chubutenses el monolingüismo castellano, los colonos galeses, cristianos fervorosos, protestaron vivamente porque, para ellos, el galés no sólo era el idioma de sus ancestros, sino también la «lengua del Paraíso».[ii] Caviglia intuye que este concepto tiene un trasfondo religioso, y subraya su importancia, pero no va más allá. Aunque destaca que los pioneros galeses de la Patagonia asignaban a su lengua materna un valor sagrado, no indaga en los motivos de dicha creencia.

Esta omisión me llevó a investigar la noción de «idioma del Paraíso». Sospechaba que podía tratarse de la mítica lingua adamica del Génesis, la lengua hablada –según la tradición– por Adán y los patriarcas antes de la confusión babélica, un tópico que ha cautivado durante siglos y siglos a las tres grandes religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam); y que en la Europa moderna, al socaire del romanticismo y el nacionalismo, dio lugar a todo tipo de divagaciones pseudocientíficas –desde lo solapadamente patriótico hasta lo groseramente patriotero– acerca del presunto parentesco de tal o cual idioma nacional (alemán, toscano, sueco, flamenco, etc.) con el hebreo antiguo, reconocido por muchos estudiosos como la protolengua o lengua primordial de la humanidad. ¿Acaso también Gales habrá tenido –pensé– un erudito romántico que, dejándose llevar por su fervor religioso y su entusiasmo nacionalista, postuló al galés como ilustre descendiente de la lingua adamica, como retoño excepcional del mítico «idioma del Edén»? Tras muchas averiguaciones, comprobé que mi presunción era correcta.

En efecto, un anticuario y lingüista galés de gran renombre llamado William Owen Pughe (1759-1835), particularmente recordado por su Diccionario de la lengua galesa explicado en inglés (Londres, 1803), definió al idioma vernáculo del País de Gales como la Iaith y Nefoedd o «lengua del Paraíso». Con una imaginación y erudición inobjetables, pero con un método lingüístico de muy escaso rigor científico, Pugue, basándose en algunas coincidencias con el hebreo antiguo, sostuvo la tesis –hoy indefendible– de que el galés tenía un parentesco singularmente estrecho con el mítico idioma hablado primigeniamente por Adán y los patriarcas antes de la confusio linguarum de la Torre de Babel. Desde esta perspectiva, la lengua galesa sería nada menos que un don divino, un legado sagrado de excepcional valor.

Las Iglesias galesas disidentes –en conflicto con la Iglesia anglicana oficial–, que a la sazón protagonizaban un gran revival de la religiosidad evangélica, acogieron y propagaron la tesis de Pughe con entusiasmo, pues ella parecía legitimar su celosa defensa de la Biblia galesa y del uso del galés en las ceremonias litúrgicas. El Cymraeg ya no era solamente el idioma nacional de Gales, la lengua ancestral hablada por los legendarios britanos, sino también, ahora, la Iaith y Nefoedd, la sagrada «lengua del Paraíso». ¿Cómo no preferirla al profano idioma «sajón» de una Inglaterra que era vista, cada vez más –a medida que las ideas y sentimientos nacionalistas ganaban terreno– como una madrastra tiránica apartada de la verdadera fe cristiana? La teoría pughiana les vino, pues, como anillo al dedo; y tanto la difundieron, que acabó incorporada profundamente al imaginario cultural del pueblo galés. Hoy, caracterizar metafóricamente al galés como la lengua del Paraíso es un lugar común entre los galeses orgullosos de su cymreictod o «galesidad».

Tolkien, desde luego, conocía perfectamente la noción mítica de la Iaith y Nefoedd. En su carta 241, fechada en septiembre de 1962 y dirigida a su tía Jane Neave, alude expresamente a ella, pero lamentablemente no profundiza en el asunto. Sólo se trata de una mención ocasional, en la que no hay ninguna mención a Pughe y su extravagante –aunque popular– teoría.

Es momento de volver a plantear el interrogante formulado al comienzo: si Tolkien tanto se inspiró en el galés para crear el sindarin, la lengua élfica predominante de la Tierra Media, ¿ello únicamente se debió a razones estéticas de eufonía? ¿Ningún otro factor incidió en su preferencia? No tengo pruebas de ello, pero creo que es lícito conjeturar que bien pudo influir en ella –conscientemente o no– el recuerdo de la tesis de Pughe. El sindarin es presentado por Tolkien como un idioma de extraordinaria perfección y belleza, patrimonio de unos seres –los elfos sindar– casi angelicales en sus virtudes y sabiduría. Un idioma, además, incoado en una edad de oro tan antigua que se retrotrae hasta más allá de las cinco Edades del Sol, como una suerte de «temporalidad edénica» mítica y primordial: las Edades de los Árboles.

A pesar de todas las diferencias, el paralelismo «interno» entre el sindarin élfico y la lingua adamica es, en lo que concierne a sus respectivos orígenes mitológicos –o pseudomitológicos–, algo digno de atención. Y en la tradición pughiana –recordemos– la lengua adánica es también el manantial sagrado de donde fluye el idioma galés. Dado que el sindarin inventado por Tolkien posee una fortísima impronta galesa en su dimensión «externa» –es decir, en su fonética y gramática–, y que la mitopoiesis (ideación mítica) en que está inspirado tiene algunas notables similitudes con la mitopoiesis entretejida alrededor del tópico bíblico de la lingua adamica, no resulta descabellado especular con la posibilidad de que el autor de El Silmarillion se haya hecho eco –voluntaria o involuntariamente– de la creencia según la cual el idioma galés es la Iaith y Nefoedd o «lengua del Edén». Máxime si se tiene en cuenta que su epistolario ofrece una prueba documental fehaciente de que conocía dicha tradición cultural, y que Tolkien siempre insistió en la necesidad estética de que la glosopoiesis y la mitopoiesis –la invención lingüística y la creación de mitos– estuviesen perfectamente integradas, armonizadas al máximo.

De modo que, en conclusión, la galesidad que irradia el sindarin podría deberse quizás, tal vez, tanto a su eufonía típicamente galesa, un hecho objetivo que nadie discute, como a posibles resonancias mítico-adánicas en clave pughiana , apenas una conjetura de quien ha escrito estas líneas. ¿Quién puede saber con certeza todo lo que J.R.R. Tolkien tenía en mente cuando se entregaba con delectación a su «vicio secreto»? 


NOTAS

[i] No obstante, los seres del Legendarium tolkeniano que más se acercarían a la condición angelical –en sentido estricto– serían los ainur.

[ii] Los galenses –así se los llamaba– pretendían una escolaridad pública bilingüe, es decir, una escolaridad pública basada tanto en el castellano como en el galés.

Federico Mare

Opiniones (1)
8 de Diciembre de 2016|21:10
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8 de Diciembre de 2016|21:10
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  1. ¡¡Excelente artículo!! Una interesantísima hipótesis muy bien justificada. ¡Felicitaciones al autor!
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