Caravanear (en un mundo de reglas que arden)

Molestia y comicidad. Tedio y diversión. En esas coordenadas se desplaza el lector, una vez abierta "Caravana", la novela de Gabi Arturo Fonseca Ripoll.

Ocurre en un camping, cerca de un lago. Es verano y hay un par de jóvenes acampando alrededor de una churrasquera bajo un tórrido sol matinal. Hay, además, sexo, drogas y rock indie flotando, todo junto y en oleadas sucesivas, como una densa cortina de humo; de pronto, sin mediar palabra, uno de los acampantes decide “colarse” un poco de las cenizas extintas del asado. La escena es significativa por lo que tiene al mismo tiempo de bizarra y cómica, y también es una síntesis perfecta del efecto de lectura, más residual que inmediato, producido por “Caravana” (Ediciones De la Lora, 2013), la primera novela de Gabi Arturo Fonseca Ripoll. Molestia y comicidad. Tedio y diversión. En esas coordenadas se desplaza el lector, una vez abierto el libro.

Tapa Caravana

El personaje de Ilsa, una joven estudiante de astronomía (y que la corrección política no nos enchastre con su proliferación de equis el contorno íntimo de las palabras) que vive en un estado permanente de abulia y aletargamiento, solo interrumpido por la súbita aparición de los “pendejos del descajete” y por la enigmática figura de Tilde (Matilde), una muchacha que guarda un oscuro secreto, es quien lleva el peso de la historia. Con ellos, un poco para salir de la modorra provinciana y atravesar los fastos de una ritualidad violenta y peligrosa -en un gesto que tiene mucho de iniciación y de reclamo identitario-, se transformará de la noche a la mañana en una habitué de un grupo de ayuda para adictos (sí, como en “El club de la pelea” de Chuck Palahniuk), una profanadora de tumbas y una esporádica usuaria de ceniza mortuoria Eso, sumado a la sexualidad todoterreno y a los hábitos de consumo grupal, por no hablar de la difusa concepción del mundo que late en la mayoría de los diálogos, hace de “Caravana” una extraña y no siempre lograda novela generacional.

En un momento anterior a la escena que abre este ensayo liliputiense, Ilsa le contesta a Tilde con un tono que no quiere ser serio pero que parece proferido por un ayatolá en bermudas: “La rebeldía es una utopía. […] Todo el mundo tiene sus etapas rebeldes hasta que se da cuenta que lo que realmente garpa es hacerse el antisistema mientras lo lubricás y ves por dónde podés cagarlo siendo parte de él. ´Tenés que acabarle adentro´, diría Saúl. No es una cuestión de malinterpretar los movimientos sociales y pensar que sos re punkito por estar tirado con un tetra en la mano puteando a la burocracia y al Estado, Matilde, pero no te voy a decir eso, sólo lo voy a pensar mientras chapuceo en las frías aguas del lago.” Hay diseminadas en este pasaje esquirlas de una épica (pese a todo lo banalizado que está el término) en tono menor, más preocupada en sus efectos inmediatos y decorativos que en las causas profundas (sociales, sexuales, culturales y políticas) que les dieron origen; una épica que se adhiere a la superficie del tiempo presente y que, paradójicamente, es tan fugaz como intensa. Por eso el pasado es un plafón asfixiante (el recuerdo de la abuela tiránica, los padres ex troskos de Ilsa, el trabajo en el negocio de antigüedades, la densidad y el peso específico de las urnas robadas); algo, en fin, de lo que es necesario deshacerse o, en una forma radical de exorcismo, tomarse de un solo saque como lo hacen Ilsa y Tilde con las cenizas fúnebres (“un anti-bajón de Ave Fénix”).

Mención aparte constituye el espacio de la narración, una mixtura con características propias del paisaje urbano de San Juan y Mendoza, como si se tratara de un locus mutante que fusionase, simultáneamente, el revés negativo de las dos provincias. Todo lo que éstas tienen de retrógrado, conservador y chato, todo lo que en ellas produce, para utilizar un sintagma de neto cuño thompsoneano, miedo y asco, en la novela se amplifica hasta desbordar los límites de su representación. Este recurso imaginativo recuerda al empleado por Lucía Bracelis y Gabriel Dalla Torre en las “Las habilidades inútiles”, en donde la ambigüedad geográfica y las marcas callejeras vagamente reconocibles, sirven para crear ese clima enrarecido que atraviesa toda la obra.

Pero volvamos al camping del comienzo. Una ex de Tilde, frente a la andanada de preguntas que le hace la protagonista, decide explayarse (aunque no mucho) y abrir de una vez por todas el juego semántico: “Mirá, piba, ´caravanear` es andar en algún asunto con alguien, nada genital, sino más bien como un laburo o algo por el estilo. Andar en la misma movida, digamos.” Salir a “caravanear”, entonces, constituye para los personajes de la novela, y en especial para Ilsa, la posibilidad de entrar en un mundo cuyas reglas de funcionamiento, por más erradas, absurdas y siniestras que parezcan, arden tan pronto como son formuladas. Desaparecen con la rapidez de una línea de ceniza sobre un espejo.

Pablo Grasso

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4 de Diciembre de 2016|01:25
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4 de Diciembre de 2016|01:25
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