El tango “Uno” y el amor a los cincuenta

No existe una sola manera de amar, que son infinitas, algunas de ellas sanas, la mayoría completamente enfermizas, pero no por ello, dejan de ser amor.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)


Hoy: El tango “Uno” y el amor a los cincuenta

“Si yo pudiera, como ayer

querer sin presentir”

Las decepciones amorosas son, a qué negarlo, una de las pocas cosas que tiene en común el género humano, atravesando geografías, siglos, religiones, convicciones políticas, colores de piel y clases sociales.

Qué hacer con esas decepciones, es cuestión de cada uno. En general suele imponerse el sentido común. Cuando algo ha lastimado en profundidad los sentimientos, la reacción natural es la cautela, la prudencia, el miedo.

Ahora, una cosa es decepcionarse en medio de la vitalidad de la juventud, cuando se está tan al comienzo de la vida, cuando se cree hasta en la posibilidad de cambiar el mundo. Pero, ¿qué pasa a los cincuenta?

Cuando se alcanza el medio siglo, las perspectivas son muy diferentes. A veces, uno mismo queda siendo el miembro más antiguo de su familia, porque fallecieron abuelos, padres, madres, tíos, parientes. Además, se ven partir uno a uno a los artistas que fueron los referentes de la adolescencia, aquellos de quienes se abrevó para terminar siendo quien uno es.

La muerte, entonces, ya no es un hecho lejano; se toma consciencia de que el final está más cerca que el comienzo.

Para entonces, la vida se ve reflejada en el universo discepoliano. A la postrer, no se cambió al mundo, que “fue y será una porquería”, como siempre; se amó, se tuvieron hijos, se traicionó, se fue traicionado. Y se concluyó en que el amor no es como uno creía que era. Y que no existe una sola manera de amar, que son infinitas, algunas de ellas sanas, la mayoría completamente enfermizas, pero que no por ello, dejan de ser amor.

A los cincuenta, se piensa que el amor ya no es para uno. Y menos, si uno se estableció de manera independiente, tiene su lugarcito, no le faltan unos pesos para comer y tomarse un vinito, salir de vez en cuando, nada del otro mundo. El sexo ha dejado de ser —en algunos casos— una necesidad compulsiva, pasa convertirse en algo que merece ser saboreado, y nunca falta alguien con quien —o mejor dicho, con quienes— compartirlo. Pero eso sí: después cada uno a su casita, cuando tengas ganas me llamás, o si pinta te llamo yo.

Porque a los cincuenta, uno ya sabe que la Princesa Dorada no existe; y que tampoco uno es, precisamente, ningún Príncipe Azul.

Uno se vuelve exigente, y sabe que no tiene derecho a serlo. Porque uno quiere una mujer que sea inteligente, refinada, culta pero sencilla, muy sensual en la intimidad... eso, que sea toda una dama en la mesa, y una puta en la cama.

Pero eso no es todo, qué va... además debe querer huir de la rutina como de la peste, ser compañera, con sensibilidad social, tener gustos esenciales compartidos, que sea una pizca celosa, sin llegar a extremos irritantes. Que se conmueva hasta el llanto con determinadas cosas, que tenga profundidad en el alma, apertura y comprensión para las diferencias de criterio. Y, de yapa, que sea linda, que su cuerpo nos guste, que despierte nuestro instinto animal.

En otras palabras: una mujer con quien volar.

Entonces, uno concluye en que esa mujer no existe; o que si por un remotísimo azar del destino existiera, debe vivir en algún confín perdido del mundo, acaso en Asia o en África, hablando otra lengua, imposible llegar a conocerla, ni siquiera por internet.

Además, si existiera... no nos daría la menor pelota. ¡A uno, justamente! A qué engañarse...

Eso es lo que uno piensa a los cincuenta. No obstante, uno también necesita amar, porque no se resigna, no se conforma a una vida demasiado segura, demasiado rutinaria.

¿Y si por casualidad reapareciera la magia? ¿Y si uno encontrara a una mujer que reuniera alguna de todas esas exigencias? Y si, por extraño que parezca, esa mujer le diera pelota a uno? ¿Qué hacer?

A estos interrogantes les dio respuesta Enrique Santos Discépolo, el inolvidable filósofo porteño, en el tango “Uno”:

Cómo nació “Uno”. (De su ciclo «Cómo nacieron mis canciones», Radio Belgrano, 1947)

“Siempre hay un «antes»... Un «antes» que justifica todo lo que puede venir después. Somos jóvenes antes de ser viejos, para justificar el reuma. Nos enamoramos antes de casarnos, cuando lo lógico sería que nos enamorásemos después... Hay, entre el antes y el después, una relación de fuego y ceniza, de tajo y sangre, de grito y llanto. No se conciben separados. Para hablar de «Uno» —el que llegó después— tengo que hablar antes de mí, de mi especial estado de ánimo en ese tiempo que precedió al nacimiento de «Uno».

Estaba raro. No sé, no sé en realidad qué diablos me pasaba. Me entró de pronto una melancolía inexplicable. Melancolía de canario. Yo, que generalmente tengo buen humor, estaba insoportable. Quería pelearme con todo el mundo. Con los guardas, con los colectiveros. ¿Se da cuenta?... Con este cuerpo, quería pelear...

Fue una temporada terrible. En casa, un poco alarmados, llamaron al médico. No tenía nada, estaba sano. El médico, pobrecito, me aconsejó lo de siempre: que dejara de fumar, que dejara de beber, que dejara de acostarme tarde.

Puesto que se trataba de dejar de hacer algo, yo dejé de tomar tranvía. Seguí fumando, bebiendo, acostándome tarde. Porque lo que yo tenía era vejez, cansancio, cansancio de vivir. En ese momento me hubiera gustado hablar de otra manera, respirar de otra manera, caminar al revés... qué se yo! Me molestaban el tráfico, las bocinas, los gritos de los vendedores.

Aquí, entre nosotros, nada justificaba ese estado mío. Lo tenía todo, estaba sano, era feliz... Un hombre en esas condiciones, debería cantar, saltar de alegría, sonreír como fabricante de dentífrico.

Yo escupía pólvora, estaba áspero como un limón, intratable... Me acuerdo de aquellos días, y... y...

Hice lo único lógico en ese clima de ilógica: me encerré! No en un baúl, ni en el ropero. Me encerré en mi casa. Se desconectó el teléfono. La puerta de entrada no se abría para nadie.

En esos diez días pensé en mi vida, en las cosas de mi vida. Pero no pensé en los momentos buenos; pensé en los malos momentos. Eso fue la auto-vacuna que me curó. Me curé con mi propia rabia, con mi propia amargura.

Aquello pasó y seguramente no volverá a repetirse. Cité aquel estado especial de mi espíritu para justificar esa amargura de «Uno». que muchos amigos dijeron que resultaba tremenda y desoladora. Tal vez tengan razón. En otras circunstancias, acaso no hubiera escrito lo que escribí. Aquellos diez días de locura absurda me ayudaron a preparar el tema. La desilusión amarga del que no puede amar, aún queriendo amar, no había sido tratada todavía. Yo aprendí, en aquellos días de «reviro», que la gente sería inmensamente feliz si pudiera no presentir...”

***

Hasta aquí, las palabras de este inolvidable filósofo. Y uno dice: ¿qué hacer? El protagonista de “Uno” no podía sobreponerse. Después de haber perdido la esperanza en sus sueños, con el corazón hecho jirones, se le aparecen aquellos ojos que gritan su cariño; pero ya es tarde para él, envenenado para siempre por ese “frío cruel peor que el odio”, frío de tumba helada, trazado de manera magistral por el poeta.

Qué hacer con esas decepciones, es cuestión de cada uno, queda dicho. Pero no faltará algún valiente, que elija otra opción; que crea que es mil veces preferible jugarse el todo por el todo una vez más, a riesgo de volver a arrastrarse entre espinas, que "andar sufriendo en vida / la tortura de llorar / su propia muerte".

Porque la vida es una milonga de final incierto, y ése es precisamente su encanto; y porque aquel valiente podrá decir, como el guapo Canaveris en el film Fantasma de Buenos Aires (1)

"Pa' milonguear estoy yo".

 

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. Guionista y productor del programa radial Madreselva Tango Bar.  



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