El espinoso camino de la unificación italiana

Los nacionalistas itálicos tuvieron que batallar durante medio siglo para lograr la ansiada unidad política en la península. El papel de las potencias europeas.

El proceso de unificación de todas las regiones en la península Itálica no fue una labor sencilla. Durante gran parte de los mediados del siglo XIX, los nacionalistas italianos tuvieron que enfrentarse a las traiciones de las potencias europeas, los recelos de la nobleza de los distintos Estados peninsulares y la propia oposición de la Iglesia y la nobleza, quienes no querían ver perdido su poder en medio de una nueva nación que todavía se debatía entre la monarquía y la democracia.

Desde el final del Imperio Romano en el siglo V, Italia estuvo dividida en diversos dominios feudales que, en algunos casos, como Génova y Venecia, alcanzaron cierto esplendor por cuenta propia a lo largo de la Edad Media, gracias al comercio marítimo. Otras regiones, como Florencia, prosperaron durante la época del Renacimiento debido a su papel como hábitat de hábiles financistas de las potencias europeas o mecenas de los más importantes artistas.

Sin embargo, en algún punto, estos “Estados” estuvieron subordinados a los intereses y caprichos de las potencias de Europa. No fue hasta la fase final del Renacimiento, con la concepción del Estado-Nación y, sobre todo, del estallido de la Revolución Francesa en 1789 que el nacionalismo italiano vio la inminente necesidad de crear un Estado de Italia que sea lo suficientemente fuerte como para lograr un lugar en el concierto geopolítico europeo.

Los primeros intentos

Sin dudas, uno de los puntapié inicial del resurgimiento del movimiento unionista en Italia fue Napoleón Bonaparte. Como líder de la aún Primera República Francesa, Bonaparte creó algunas pequeñas repúblicas en el norte de la península a finales del siglo XVIII que luego, ya como Emperador de Francia, transformó en el (Primer) Reino de Italia, cuyo soberano era el propio Napoleón.

Tras la caída de Napoleón, Italia volvió a ver desvanecidos sus intentos de unificación durante algunos años, pero la mecha nacionalista no se apagó. Escritores como Alessandro Manzoni, Giacomo Leopardi y, sobre todo, Giuseppe Mazzini, aportaron los ecos míticos a la causa unificadora desde sus distintas posturas. También fue muy importante la sociedad secreta de los Carbonarios, nacida durante la ocupación napoleónica.

Algunas pequeñas rebeliones entre 1820 y 1835 en distintas ciudades italianas fueron fácilmente repelidas por los gobiernos, sobre todo por Austria, que tenía bajo su poder gran parte del norte peninsular tras la retirada de las tropas francesas y era aliada de varios soberanos italianos y la Iglesia.

Las primeras guerras contra Austria

La primera guerra de Independencia en Italia se desató en 1848, en coincidencia con la Revolución que cundió gran parte de Europa ese mismo año. Varias ciudades italianas, como Milán y Venecia, se rebelaron contra el poder austríaco, y fue el puntapié para que el Reino de Piamonte-Cerdeña, bajo el mando del rey Carlos Alberto, declare la guerra a Austria.

A pesar de las victorias iniciales y la debilidad austríaca, los piamonteses no pudieron mantener el éxito militar, sobre todo debido a la retirada de las tropas por parte de los Estados Pontificios y el Reino de las Dos Sicilias, quienes temieron una avanzada de Piamonte-Cerdeña sobre sus dominios. Fue así que el Imperio de Austria ganó la contienda y sofocó las rebeliones.

Un año más tarde se desató un segundo conflicto por parte de los insurgentes italianos, quienes al mando de Giuseppe Garibaldi (quien había retornado a Italia tras su participación en varias guerras en Sudamérica) tomaron Roma mientras el papa Pío IX huía de la ciudad. Pero la intervención de Francia, que había sido retomada por la Casa de Borbón, puso fin a la insurrección. Mismo destino sufrieron los rebeldes en Venecia, que cayeron a manos de los austríacos.

El impulso nacionalista del Conde de Cavour

El panorama daría un giro importante en 1852. Previamente, la derrota ante Austria hizo que Carlos Alberto abdicara su reinado en Piamonte-Cerdeña en favor de su hijo Víctor Manuel II, quien quería retomar la iniciativa de la unificación a toda costa. Para ello, y con una reforma constitucional de por medio, confió el gobierno civil a Camilo Benso, conde de Cavour, un aristócrata liberal que modernizó el reino y lo preparó para una eventual guerra.

De todos modos, Cavour reconoció que los anteriores intentos nacionalistas fueron un fracaso por la falta de apoyo de otras potencias europeas a la causa italiana. Para ello, buscó aliados que pudieran hacer frente a Austria, el principal imperio dominante en Italia y que tenía alianzas con el Papa y las Dos Sicilias.

Con ese objetivo, Piamonte-Cerdeña participó junto a Gran Bretaña y Francia en la Guerra de Crimea. Así, Cavour logró convencer al emperador francés Napoleón III de ser su principal aliado en una eventual guerra contra Austria. Sin embargo, el costo sería importante: Piamonte-Cerdeña debería ceder a Francia las regiones de Saboya y Niza, y debía mantener como estaban Toscana, la ciudad de Roma bajo el reinado papal y Dos Sicilias, aunque con regentes franceses.

Acordados los puntos, Piamonte-Cerdeña inició una serie de provocaciones que derivaron n la declaración de guerra de Austria el 23 de abril de 1859, dando inicio a la Segunda Guerra de Independencia. Con la neutralidad de Gran Bretaña, Rusia y Prusia en la contienda, la alianza franco-piamontesa logró resonantes victorias contra los austríacos.

Sin embargo, Napoleón III comenzó a visualizar varias amenazas: la intensificación de las insurrecciones populares en el centro de la península, las cuantiosas pérdidas francesas y la amenaza de que Prusia (enemiga de Francia) pudiese participar del conflicto, apresuró los planes y firmó la paz con Austria sin consultar a sus aliados italianos, quienes tuvieron que aceptar a regañadientes.

La paz que se logró en Zúrich a fines de ese año estableció la cesión de Lombardía por parte de Austria al Piamonte-Cerdeña, mediante una triangulación con Francia. Pero los Habsburgo se quedaron con Venecia y las colonias italianas en Dalmacia (actual Croacia), además de restituir a los príncipes que habían sido depuestos. Por su parte, Víctor Manuel II tuvo que ceder a Francia las regiones de Saboya y Niza, lo cual precipitó la renuncia de Cavour y un sentimiento antifrancés entre la población.

Guiseppe Garibaldi, el rebelde que ayudó a la unificación

Al año siguiente, y por pedido expreso del rey Víctor Manuel II, Cavour volvió al gobierno piamontés, pero decidió cambiar de estrategia. En vez de enfrentar una guerra directa, Piamonte-Cerdeña apoyó activamente las distintas insurrecciones en el centro de la península, contando también con el tácito apoyo del Reino Unido, que temía el creciente poder que Francia obtenía tras la victoria contra Austria. Así, para marzo de 1860, Víctor Manuel II había logrado anexar, mediante plebiscitos, a la Toscana, Módena y Parma. Con ello, los piamonteses estaban listos para iniciar una nueva fase.

La delicada situación social en el Reino de las Dos Sicilias (Nápoles y la isla de Sicilia) había dejado al descubierto el pobre liderazgo del rey Francisco II, quien al igual que sus antecesores quería mantener el absolutismo a toda costa. En abril de 1860 estallaron varias insurrecciones populares contra la monarquía borbónica, situación que fue aprovechada por los piamonteses.

Al mes siguiente, y con el encargo de Cavour, Garibaldi encaró una expedición militar con poco más de mil hombres, conocida popularmente como la Expedición de los Camisas Rojas o de los Mil, que partió de Génova y desembarcó en Sicilia, la cual logró controlar en poco tiempo. Desde allí ingresó nuevamente al continente, donde arrasó a las tropas reales e ingresó triunfante a Nápoles el 7 de septiembre de 1860.

Un plebiscito en la región, además de Umbría y Las Marcas (perdidas por los Estados Pontificios) confirmó la anexión del sur peninsular a Piamonte-Cerdeña. A principios del año siguiente, Francisco II se rindió en la ciudad de Gaeta y junto a su familia partió al exilio. Garibaldi quiso continuar su avanzada hacia los Estados Pontificios (custodiado por tropas francesas) y tomar Roma, algo que le quedó pendiente tras la fracasada insurrección de 1849, pero Cavour lo instigó a abandonar sus planes por miedo a encarar una guerra contra Francia.

El 14 de marzo de 1861, un Congreso reunido en Turín renombró a Piamonte-Cerdeña como Reino de Italia y nombró a Víctor Manuel II como su soberano. Esto supuso una derrota para los republicanos, como Garibaldi, a pesar que la Constitución garantizó el parlamentarismo. Gran Bretaña, primero, y Francia, después, fueron los primeros países en reconocer a la nueva nación. Cavour falleció tres meses después.

Lo que faltaba: Venecia y Roma

A pesar del éxito, Víctor Manuel II quería consolidar la unificación de Italia y avanzar en, al menos, las regiones italianas originales que aún no estaban bajo su dominio: Venecia y Roma. Para mediados de 1866, las tensiones entre Prusia y Austria por el poder en la Confederación Germánica se materializó en la Guerra de las Siete Semanas (o guerra Austro-prusiana), de la cual Italia aprovechó para arrebatar el Véneto a los austríacos, peleando en el lado de los prusianos.

Sin embargo, la suerte del conflicto entre Austria e Italia no lograba dirimirse hacia uno de los lados. Las mayores pero pequeñas victorias italianas no lograban compensar las estrepitosas derrotas ante los austríacos en batallas de relevancia. De todos modos, la victoria de sus aliados prusianos garantizó la desventaja de los Habsburgo en la mesa de negociaciones, cuyo patrocinante fue el propio Napoleón III.

Tras finalizar la guerra, que significó la victoria de Prusia frente a Austria y la consolidación del poder germánico a manos del canciller prusiano Otto von Bismarck, Italia logró que se reconozca la anexión de Venecia y su zona de influencia, incluyendo las posesiones en Dalmacia, cuya cuestión fue respaldada además por Prusia y Gran Bretaña.

En 1870, aprovechando que la Francia imperial había retirado sus tropas de los Estados Pontificios por la Guerra Franco-prusiana, los ejércitos de Víctor Manuel II marcharon hacia Roma con la finalidad de tomar el último territorio no incorporado a la corona italiana. Sin embargo, el papa Pío IX se negó rotundamente a ceder la ciudad, por lo cual se inició un breve enfrentamiento.

Finalmente, el 20 de septiembre las tropas italianas ingresaron a Roma y se adueñaron de la ciudad. Pío IX no cedió y se declaró prisionero en la ciudadela del Vaticano. Un plebicito ratificó la anexión de Roma a Italia, mientras que al año siguiente se la declaró capital del reino.

Así, quedó definido lo que sería el Estado italiano que permanece hasta la actualidad. Sólo se agregaron las regiones de Trentino y Alto Adigio (conocidas anteriormente como Tirol del Sur) y la ciudad de Trieste tras la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, el sueño de una Gran Italia, que abarque también Saboya, Niza, Córcega, la costa croata y Malta, no pudo verse concretado. Lo que estuvo más cerca de lograrlo fue el fascista régimen de Benito Mussolini (1922-1945), pero quedó definitivamente sepultado tras la Segunda Guerra Mundial.

Nicolás Munilla

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