Vicente Zito Lema: La poesía como ceremonia de resurrección

"Escribe como el viento cuando envuelve en sus manos todas las espigas del trigo, todos los gritos de una tierra quemada por la infamia", dijo Cortázar de él.

El escritor y pensador Vicente Zito Lema ha vuelto a visitar Mendoza. En el marco de la Semana de las Letras en Godoy Cruz “Julio Cortázar – 100 años”, participó del acto inaugural y ofreció una disertación inolvidable, pletórica de elocuencia, lucidez y sabiduría, acerca del autor de Rayuela –de quien fuera amigo– y su compromiso ético con los derechos humanos.

Juzgo la ocasión oportuna para desempolvar este viejo escrito, en el que hilvano algunas reflexiones en torno a la poética de Zito Lema, que él mismo ha concebido y definido –y coincido plenamente con su juicio– como una ceremonia de resurrección. Sirva, pues, esta publicación de homenaje a quien es, sin lugar a dudas, uno de los más notables poetas de la Argentina contemporánea.

El propio Cortázar dijo de él, allá por 1982 –cuando le prologó Rendición de cuentas–, lo que sigue:

¿Por qué y cómo prologar algo que también contiene nuestra propia voz, hablar de poemas que nos están hablando? Sólo cabe acercarse, arrimar ese hombro invisible que acompaña al poeta que ha escrito lo que nosotros no sabemos o no podemos escribir.

[…] Escribe como el viento cuando envuelve en sus manos todas las espigas del trigo, todos los gritos de una tierra quemada por la infamia. Ese hombre es una voz llena de voces, una sangre que jamás llegará a secarse, que corre en las palabras; que viene desde tantas noches abominables de alaridos, de tantos golpes en las puertas de aquéllos que habrían de hundirse en la insoportable nada de los desaparecidos.

[…] Vigía desvelado sobre un páramo de ruinas, el poeta no está sin embargo solo. Él es tantos de nosotros, se sabe rodeado por los que también esperamos el alba. Y todo vigía mira hacia lo lejos, donde espera el futuro.

Cortázar fue su amigo, cierto. Pero no un adulador. Y si fue su amigo, ello en buena medida se debió a la sincera admiración que sentía por él y su poesía.

* * *

Para los antiguos griegos, Hades era, a la vez, dios de la muerte y la opulencia. Tan fuerte era la asociación que el oscuro señor del inframundo era conocido también por el nombre de Πλούτων (Ploutōn), que significa «riqueza». En Pluto, su última comedia, Aristófanes nos da una pista para entender esta dualidad: “Cuando se han hecho ricos –sentencia la deidad–, desaparecen todos los límites a su maldad”, y la maldad incluye –lo sabemos bien (la historia es inapelable)– el crimen, el fratricidio, el homo homini lupus, la bestialidad caínica. También lo sabía Virgilio, y por eso escribió en su Eneida: “¡A qué no arrastras a los mortales corazones, impía sed del oro!”.

Volvemos a encontrar al Pluto bifronte en Marx: “el capital es trabajo muerto que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que succionando trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo succiona”. En otro pasaje de Das Kapital insiste: “el obrero no es ningún agente libre, y su vampiro no cesa en su empeño, mientras quede un músculo, un tendón, una gota de sangre que chupar”. Y cuando analiza el fenómeno de la acumulación originaria, señala que “los métodos de la acumulación originaria son cualquier cosa menos idílicos.”

Pero, al igual que Hades, el capitalismo no sólo se apropia de la vida por medio de las Keres salvajemente cruentas y alevosas –la guerra, los regímenes de excepción, la dictadura, el terrorismo de Estado–; también lo hace valiéndose del incruento y cotidianamente subrepticio Tánatos –la propiedad concentrada, el mercado, la explotación, la miseria–. Las Keres tienen la impaciencia de las aves de rapiña, y Tánatos la paciencia de las carroñeras. Pero unas y otro hacen su macabra faena con igual eficacia.

Si es verdad que el capitalismo –nuestro Pluto moderno y secular– es la muerte, entonces el socialismo libertario es vida, y la revolución, una resurrección. Pero no se puede luchar por la vida si no se está realmente vivo, si nada se sabe acerca de la vida auténtica por venir. Sin prognosis la muerte sería ubica y omnipotente.

Vicente Zito Lema lo sabe; siempre lo ha sabido. Toda su poética, de principio a fin, es una euporía consciente y deliberada a esta aporía desesperante. Ante el interrogante de cómo vivir en ausencia y en espera de la utopía, él nos responde: la poesía. Y ante la pregunta de cómo vivir en aras de la utopía, él también nos responde: la poesía. Porque en la noche sin luna de la barbarie, los poemas son relámpagos que iluminan por un instante el horizonte.

Pero se sabe: no toda poesía relampaguea. Si es evasión o placebo, fosforesce –como los fuegos fatuos–, pero no relampaguea. No ilumina el cielo y la tierra. La poesía relampaguea cuando es propedéutica y compañera de lucha.

En este presente plutónico, la poesía de Zito Lema es una mímesis de la revolución, una anábasis interna que nos devuelve por un momento a la vida verdadera. No se puede tomar esta experiencia a la ligera. Hay demasiado en juego. Si en la larga huida del Hades prescindimos del arte y sus anticipaciones utópicas, corremos serio riesgo de caernos o extraviarnos.

Es la plena conciencia de su importancia vital –figurada y literalmente hablando–, lo que ha llevado a Vicente Zito Lema a concebir su poesía como una ceremonia de resurrección: “El único cementerio es la memoria, y allí ponemos nuestras flores, aun a los desaparecidos. La poesía puede más que la muerte, ya que resucita a los que perdieron la vida por amor a la vida, la de todos, la tan sagrada, la que nunca debió morir”.


La canción de Haroldo 

para Haroldo Conti, desaparecido


no dejes callar la música

de tu corazón

la muerte no calma la fiebre de

estar vivo

la muerte no es amor


viento de octubre trae

la vibración suave y dorada

de otros días

viento de octubre en una rama

y lleva y lleva y desparrama

sin tino

las cenizas sobre la tierra

aunque tiemble de gozo

la tierra no es humana

no dejes callar

la música de tu corazón


de un momento para otro llegará

la nieve

y aguas negras en el Norte

me sorprenderá a mí no a

los pájaros ¡ellos son tantos!

se habrán marchado

dejarán una estela moverán el cielo

lo callado pesará como eterno

por favor amigo nuestro

deja que escuchemos

la música de tu corazón


le has pedido al ciruelo

de tu puerta que florezca

aunque no volvieras tú

que florezca él

¿quién ha dicho que

las flores calman a los muertos?

la muerte no es belleza

la muerte no es amor


no dejes callar la música

no dejes callar la música

de tu corazón.


(Amsterdam, 1980)


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