Un tributo a Miles

Su estilo, sin demasiadas estridencias y sin vibrato, lo hizo un ejemplar único. A diferencia de los demás, Miles no competía para ser el mas rápido.

 Sucedió en 1947. La música acompañaba el cambio de los tiempos. El jazz se transformaba en busca de nuevas sonoridades. La era de oro del swing iniciada por Jelly Roll Morton, Louis Armstrong, Benny Goodman y otros, no reflejaba el sabor amargo de la post guerra. Los tiempos habían cambiado, la inocencia del jazz empezaba a molestar a los propios músicos.

Los clubes de jazz instalados en sótanos resultaban el refugio perfecto de músicos, bohemios y poetas. La movida pasaba por ahí.



En épocas donde la industria discográfica comenzaba, los músicos solían tener muchísimo trabajo tocando en vivo. El disco grabado iría reemplazando gradualmente la necesidad de escuchar música tocada de esa manera. Aunque eso sería un tiempo después.



Los años cuarentas resultaron el caldo de cultivo de cientos de talentos musicales. El trabajo como músico profesional abundaba. Las grandes orquestas como la de Duke Ellington, Count Basie, Cab Calloway y una docena mas, demandaban músicos de calidad, las radios también tenían sus propias orquestas con grandes músicos y las tertulias en confiterías y salones solían tener músicos en vivo.



Por esos tiempos, las obras teatrales incorporaron la orquesta en “el foso“ (un sector subterráneo instalado al borde del escenario donde los músicos tocaban). Las primeras comedias musicales requerían de músicos eficaces que no demoraran en estudiar sus partes y pudieran tocar varias funciones a la semana.



Al final de la noche, todos los músicos solían pasar por los clubes de jazz a tomar una copa o fumar. En todos estos clubes se celebraban las llamadas “Jam sessions“, algo así como conciertos espontáneos entre los músicos que hubiera en el lugar. Alguno subía al escenario y comenzaba a tocar. A los pocos minutos emergían otros músicos de entre las mesas y se mezclaban en verdaderas orgías musicales.



Entre los jóvenes talentos existía un menudo saxofonista dotado de condiciones excepcionales, sobre todo para la improvisación y los pasajes rápidos. Lo apodaban “Bird“ (pájaro). Su nombre era Charlie Parker.



Muchos tocaban bien, algunos muy bien, pero Parker era increíble. La música era un juego para él. Solía inventar en un instante cientos de melodías alternativas a las melodías conocidas (de hecho muchas de sus composiciones son deformaciones de temas de moda a su propio estilo).



Parker fue un músico requerido por todas las orquestas, aunque no duró en ninguna. Se iba o lo echaban. Bird, era un pájaro nocturno. Más parecido a un murciélago quizás y su arte se encendía después de propinarle varias sustancias a su humanidad.



Su adicción a la heroína fue lo que más lo complicó. Perdía el control de todo (excepto de la música) . Se desorientaba. Tomaba buses hacia ningún lado. Se dormía en la calle o se olvidaba el saxo en el subte.



Sus primeras grabaciones tuvieron como socio a otro enorme músico: el trompetista Dizzy Gillespie (cualquier parecido con mi sobrenombre es pura coincidencia).


Dizzy era famoso por sus potentes intervenciones, su sonido chillón y sus penetrantes sobreagudos. Ambos supieron dar forma a un nuevo genero musical, posteriormente llamado “be bop“. En realidad, el nombre surge de la forma en que ellos se pasaban las canciones. Al no escribirlas en partitura, se pasaban las melodías cantándolas en onomatopeyas. “be bop bi bop ba“ . Finalmente, aquella nueva música menos convencional se fue expandiendo por el mundo como una verdadera reacción al reinado del swing (que era un jazz bailable). El be bop , con una sonoridad menos edulcorada, transitaba el mundo de las disonancias y exabruptos. En el rock sucedió algo así con la aparición de las bandas punk a mediados de los setenta.

Un buen día Dizzy Gillespie se cansó de soportar al genial e indómito Charlie Parker y abandonó el grupo para hacer el suyo propio. El lugar vacante resultaba un hierro caliente. Muy pocos tenían la capacidad de asociarse con Parker en un escenario, a excepción de un joven delgado y circunspecto. Un muchachito sombrío y melancólico, hijo de un famoso abogado negro (toda una rareza para la época).

Este jovencito, a diferencia de los otros, había tenido una excelente formación como estudiante avanzado de música de la universidad Julliard de Nueva York.

Ese joven trompetista llamado Miles Davis resultó el reemplazo perfecto para el lugar vacante.

Su enorme personalidad lo catapultó hacia lo más alto del jazz, inventando varios sub-géneros como el cool jazz, con el cual traspasó la frontera de la negritud, para conquistar a selectos públicos blancos. De ahí, su proyección fue mundial. Sus discos resultaron un boom comercial en Europa y Japón.

Miles Davis se transformó en un ícono de su época, y en una temprana estrella de rock. (en realidad de jazz-rock), por su amistad con el guitarrista Jimi Hendrix o Carlos Santana. Ha llegado a participar en multitudinarios conciertos de rock a fines de los sesenta y su influencia abarca a músicos de todos los estilos hasta la actualidad. Hace exactamente 67 años, Miles Davis hacía su debut discográfico grabando con Charlie Parker. 

Fuente: Télam

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