La diosa salvaje

Leí la obra de un tirón y, al llegar a la última página, al concluir el epílogo, la dejé caer. Tirar las cosas es la forma que tengo de exteriorizar mi sorpresa.

Ayer estaba deshaciéndome de unos papeles viejos (suplementos literarios, ejemplares de “La atalaya”, panfletos del PO) cuando me encontré con una copia fotocopiada de “Auto de fe” de Elías Canetti. A la sorpresa de dar con ese texto tan memorable como hipersubrayado (tinta roja como la sangre y sus derivados), se sumó la repugnancia de volver a sobar las mismas fotocopias de antaño, aunque ahora amarillentas por la humedad y el paso inevitable del tiempo. No sé si serán los años transcurridos o cierto remanente mal asumido de mi juventud autogestiva, pero las fotocopias, aún anilladas y con tapas de cartulina o acrílico, me deprimen como si se trataran de alguna antología literaria financiada por un Municipio o las glosas fósiles, tan intercambiables, de los actos escolares.

-Te estás aburguesando…- dijo mi librero.

Ahí estaba la historia del Peter Kien, un eminente sinólogo, cuya vida consagrada al estudio y la investigación lo lleva a reunir una colección de nada menos que 25 mil libros. Fóbico hasta el grotesco y obsesivo ante el mínimo detalle, rehúsa cualquier contacto físico; vive para la lectura y la reflexión, llegando al extremo de no poder ausentarse de su biblioteca (un útero infinito e inabarcable) más de una hora por día. Su existencia rutinaria se ve interrumpida al contraer matrimonio con Teresa, una mujer ignorante y pérfida, que lo esquilma vendiéndole en secreto sus amados libros. Con la complicidad de un conserje fascista logra poco a poco arruinarlo. El final de la novela es verdaderamente apoteósico: Peter Kien, desilusionado de todo y hundido definitivamente en la locura, se inmola junto con su biblioteca.

Tapa Discurso de la razon salvaje

Y como en la vorágine de mis papeles todo se mezcla, y una novela leída hace tiempo se empalma con otra más reciente, recordé que había visto de refilón la portada de “Discurso de la razón salvaje” (Milena Caserola, 2013) del mendocino Cristian Ton. Estaba entre dos textos de literatura infantojuvenil que por error, desidia y masoquismo, se colaron en la intimidad de mi biblioteca. ¡Un horror! Recuerdo que al terminar la novela tuve la necesidad de salir a caminar. Y caminé mucho más de lo que tenía previsto hacer esa noche. Caminar es la forma que tengo de metabolizar algunas cosas que, por la naturaleza de sus efectos, suelen impactarme en distintos flancos. Decir que la novela de Ton me gustó es “decir” en verdad muy poco o casi nada: el gusto sin el escalpelo crítico, sin la saña analítica, no es más que un húmedo sueño de verano.

Lo cierto es que leí la obra de un tirón y, al llegar a la última página, al concluir el epílogo, la dejé caer al suelo. Tirar las cosas al suelo es la forma que tengo de exteriorizar mi sorpresa. Fluida, ingeniosa y, sobre todo, narrada con cierta necesaria crueldad, “Discurso de la razón salvaje” por momentos queda demasiado pegada a su trasfondo filosófico: es una rara novela de tesis, cuyos afluentes le deben, entre otros, a Thomas Hobbes, Franz Kafka y José Saramago. Pedro Vermilión es un mediocre empleado de oficina, un personaje desagradable por donde se lo mire, alguien a quien el lector difícilmente podría llegar a compadecer. Se siente en posesión de una visión superior y trascendente de la vida y, además, está convencido de que, por culpa de los otros (casi todo mundo) no puede dar ese gran salto que lo saque de su monótona existencia. En todos lados ve la sombra de un complot, a nadie quiere ni respeta. A nadie ayuda, y cuando lo hace, movido más bien por su arraigado egoísmo, el resultado no puede ser peor. Vermilión cree que su razón lo eleva por sobre sus congéneres y eso lo hace merecedor de las quintaescencias del arte y el pensamiento. Así, en medio de un concierto de música clásica, se pregunta, indignado: “¿A qué había venido toda esa gente inculta?” Y más adelante: “¿Por qué no se quedaban en sus casa en lugar de molestar a los que sí saben apreciar la música? Realmente se notaba que la falta de educación en el pueblo era grande”.

Pero lo verdaderamente trágico (entendiendo lo trágico y lo patético como las caras de una misma moneda), lo que tal vez enlace a Vermilión con la larga genealogía literaria de personajes monologantes, de Hamlet a Raskólnikov, de Molloy al mencionado Kien pasando por algunos de los fantoches obsesivos de Thomas Bernhard y Roberto Arlt, es el hecho de que él no piensa, es decir, cree que piensa y lo suyo no pasa de ser un borboteo infame.

Entonces, las preguntas se engranan solas: ¿Es la Razón, así con mayúsculas, cuando es sostenida fanáticamente por sujetos desgarrados como Kien o Pedro Vermilión, un pasaje sin escalas ni mediaciones al país de la locura? ¿Acaso ella no es el molde en donde se fraguan, junto a ciertos productos excelsos, nuestras más oscuras e inconfesables pesadillas? ¿Los sueños de la razón no seguirán generando monstruosidades sin cuento? En “Auto de fe”, la vasta cultura, la erudición y el registro obsesivo, no alcanzan para que el sinólogo comprenda los sutiles mecanismos de la realidad en la que está inmerso. Su destino es el producto perfeccionado de su terrible ceguera. En la novela de Ton, Vermilión entra gradualmente en una zona entrópica de abyección y muerte. Hacia el final de la historia, un personaje misterioso que ha perseguido y atormentado (real o imaginariamente) al oficinista devenido en mendigo, dictamina: “Es increíble que todavía no haya descubierto el funcionamiento del mundo. Mirá a ese gordo ahí, congestionado por el delicioso plato que se acaba de morfar. ¿Sabés qué debe estar mirando al mirar a Pedro? ´Oh, desgraciado mendigo que pides comida. No sabes lo que estás pidiendo. Si comes, querrás seguir comiendo y cada vez supondrás una carga mayor para las personas de bien que se arruinarán sin conseguir llegar a saciarte nunca`. Eso debe estar pensando el gordo. Piensa que sería un criminal si le diera una moneda a Pedro. El que padece de hambre no significa más que un sufrimiento insignificante para el gordo, un sufrimiento más de todos los tiempos, que afortunadamente le es ajeno. Evidentemente el sol no sale para todos¨.  


Pablo Grasso

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3 de Diciembre de 2016|01:45
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