El tono sublime de "Etenim Dominus"

Los "Sept Versets du Motet de Couperin" son de una belleza exquisita y cautivante. Cada uno condensa la sensibilidad estética del Barroco francés.

En la Francia borbónica de los albores del siglo XVIII, antes de que las Luces comenzaran a desnudar las atávicas sinrazones e injusticias del Antiguo Régimen, el gran músico parisino François Couperin (1668-1733), organista del rey Luis XIV, compuso, a pedido de este, siete motets inspirados en el Salmo 85 (84) del Antiguo Testamento. Fueron interpretados por primera vez allá por marzo de 1704 en la Capilla Real de Versalles, ante la presencia del monarca, su familia y toda la corte.

El motet («motete» en castellano) era un género musical muy cultivado durante el Barroco, sobre todo en Francia. Se trata de una composición sacra de duración breve –por lo general– y estructura polifónica que conjuga una o más voces solistas con diversas formas de acompañamiento instrumental (uno o más instrumentos de cuerda o viento), y que, en algunos casos, también incluye un coro. Los motets solían tener textos bíblicos y eran interpretados con gran devoción y solemnidad, principalmente en las iglesias.

Los Sept Versets du Motet de Couperin son todos de una belleza exquisita y cautivante. Cada uno de ellos condensa y expresa de modo minimalista la sensibilidad estética del Barroco francés en toda su grandeza y esplendor. Pero entre los siete se destaca especialmente el último, Verset 13: Etenim Dominus, una composición de aire melancólico y tono sublime que envuelve al espíritu en un ensueño profundo de delectación.

Couperin gozó en vida de un amplísimo reconocimiento público, dentro y fuera de Francia. Sin embargo, tras su fallecimiento, su estrella comenzó a decaer rápidamente. Aunque no en Alemania, donde Johann Sebastian Bach –que profesaba una gran admiración e interés por su música– se encargó de preservar su vigencia. Otro tanto harían con posterioridad Johannes Brahms y Richard Strauss, cada uno a su modo.

El público francés recién habría de redescubrir el sereno arte barroco de Couperin le Grand en la primavera de 1919, tras los turbulentos años de la Primera Guerra Mundial, cuando un talentoso compositor que había combatido en el frente occidental, Maurice Ravel, estrenara en París la suite Le tombeau de Couperin, compuesta en homenaje a quien fuera durante 40 años organista del Rey Sol.

Una magnífica versión de Etenim Dominus fue grabada por Radio Francia en la iglesia maronita Notre-Dame-du-Liban de París, en 1993. La interpretación estuvo a cargo de la soprano Sandrine Piau y los instrumentistas Michel Henry y Daniel Dehais en oboe, y Marc Hantaï y Frank Theuns en flauta, del ensamble Les Talens Lyriques (dirección: Christophe Rousset).

Federico Mare

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28 de Marzo de 2017|03:47
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