Una gotita de felicidad

Susana le cobró un especial afecto a Candela desde la primera vez que llegó a su clase, al verla tan sumergida en su exasperada desolación.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Hoy: Una gotita de felicidad


Era una linda mañana, aquella de marzo de 1980, en que Candela salió a la vereda de su casa enfundada en un flamante delantal blanco. La acompañaba su abuela en esta aventura intrigante y misteriosa de final incierto y aleatorio: el primer día de clases de su vida.

Cuando llegó el momento, temido y deseado, de desprenderse de la abuela para ir a la formación, se sintió más desolada que nunca. A su alrededor había un montón de chicos de rostros desconocidos; algunos sollozantes, otros con expresión de nada, los menos con un aire de estar de vuelta de la vida.

El espanto empezaba a apoderarse de ella. Ni siquiera la mirada dulce y sonriente de su abuela, en medio del confuso tumulto de madres y familiares a un costado del patio, le transmitía seguridad.

Estaba a punto de romper a llorar cuando, desde la nada, surgió una sombra imponente y amistosa. Candela tardó un montón de tiempo en recorrer con la mirada, de abajo hacia arriba, el largo faldón del guardapolvo, los botones de plástico que morían en una camisa celeste, planchadísima, la corbata roja, el mentón de suaves formas y, finalmente, dos ojos, marrones como los suyos que la miraban con ternura.

- ¿Y quién es esta nena tan hermosa y de mirada tan triste? ¡Hola, chiquita! Yo soy Oscar, tu nuevo maestro. ¿Cómo te llamás?

Ella sintió algo así como un soplo de aire caliente que le recorría suavemente la espalda, de abajo hacia arriba, hasta llenarle el pecho y entibiarle el corazón.

-Candela... -respondió tímidamente, al amparo de los ojos luminosos de Oscar.

-Bueno, Candela, desde hoy vamos a ser muy buenos amigos. Yo te voy a enseñar muchas cositas que yo sé y vos nunca, nunca, vas a sentirte sola mientras estés conmigo. ¿De acuerdo?

-Sí... -respondió Candela, mientras sus ojitos buscaban el rostro de la abuela, para contarle esta repentina alegría que comenzaba a inundarle el alma.

Los primeros días de clase fueron deliciosos. Todas las jornadas iba Candela a la escuela, con el pelo atado en dos graciosos moñitos rojos que su madre le ponía para evitar el inevitable asalto de los piojos. E invariablemente, todos los días, Oscar le desataba los moñitos rojos, diciendo con su bien timbrada voz:

-Es un crimen que una nena tan linda tenga el pelo atado. Así está mejor, ¿no te parece?

Cosa que a Candela le encantaba pero provocaba que su madre pronunciara un baturrillo incomprensible de palabras, entre las cuales apenas se entendían “que venga él” y “sacarle los piojos”.

Dos semanas después, demasiado pronto para su corta edad, Candela tuvo que iniciarse en las amargas injusticias de la vida. Por sobrepoblación escolar, el director abrió otro primer grado, y ella estaba en la lista de alumnos que debían cambiar de curso y, por ende, de maestro.

El golpe fue demoledor. Candela se encerró a llorar y llorar, tanto que durante varios días no paraba más que para comer un bocado con desgano y para dormir cuando la vencía el sueño. No había forma de consolarla. Sin embargo, la institución se mantuvo firme, dado que en las pautas pedagógicas no se concibe el derecho de una niña a elegir a su maestro.

Hosca, irritable y salvaje, Candela debió enfrentar la dura realidad, retomando las clases en su nueva aula, con sus nuevos compañeros y con su nueva maestra, la señorita Susana.

Sin embargo no tardó mucho en acostumbrarse a la seño; ella era pura bondad, tenía mucha paciencia y era lindísima. El pelo rubio enmarcaba dos hermosos ojos azules, maquillados apenas con colores suaves. La nariz era pequeñita y su boca -que siempre sonreía- le formaba en las mejillas dos graciosos hoyuelos colorados.

Susana le cobró un especial afecto a Candela desde la primera vez que llegó a su clase, al verla tan sumergida en su exasperada desolación. Y, sin conocer la historia, le desató los moñitos rojos, mientras le decía que una nena de tan lindo pelo debía llevarlo sueltito, como los coaticitos de Quiroga, que vivían en el Alto Paraná.

Un día en que Susana se quedó sola durante el último recreo, Candela entró al aula para mimosear con ella. Pero enseguida notó algo raro: la seño no sonreía. Se acercó despacito, con algo de timidez, casi en puntitas de pie. Cuando la seño la vio, la estrechó en un abrazo. No sabiendo qué hacer, la nena comenzó a acariciarle el cabello, mientras Susana lloraba quedamente.

Sobre el escritorio primorosamente ordenado yacían taciturnos dos anillos de oro, cuyo brillo primaveral se había extinguido para siempre.

Con el tiempo, la seño volvió a sonreír, y con ella sonrieron también los días de Candela.

Los chicos sospechaban que quizá Oscar tenía algo que ver con eso: porque a veces, en medio de la clase, la seño daba tres golpecitos con la tiza en el pizarrón. Y enseguida se escuchaba el coro de voces del aula de al lado, que cantaba:

“¡Se-ño-ri-ta Su-saaaa-naaaaaaaaaaaaaaaa!”

Acto seguido, sonaban tres golpecitos del otro lado de la pared, y los chicos, con Candela a la cabeza, entonaban con la mayor alegría:

“¡Seño-or Os-ca-aaaaaaaaaaaaar!”

Y así despacio, con esa lentitud que tenían los tiempos infantiles antes de quedar atrapados en la triste cordura de la vida adulta, fueron pasando los años. Un día, el maestro Oscar se fue. Dijeron que le habían dado el pase a otra escuela, pero nunca se supo nada de él. Susana permaneció al frente del primer grado, pero al poco tiempo también se desvaneció, absorbida por el ominoso silencio de la eternidad.

Pasaron otros soles y otros rostros por la vida de Candela; algunos de ellos cariñosos, la mayoría hostiles y antipáticos. Rio, lloró, se enamoró y se peleó; una y otra vez, y luego otra y otra vez.

Un día, cuando tenía ya cumplidos los trece años, el cartero dejó una carta en su buzón, escrita con primorosa caligrafía y dirigida a ella. El remitente traía, escuetamente, una dirección. Muy intrigada, Candela abrió el bonito sobre, adornado en forma casera con recortes fotográficos de paisajes naturales.

Cuando empezó a leerla, su corazón dio un vuelco; dejó la carta a un lado y hundió la cabeza entre las manos. Su madre, alarmada, tomó el delicado papel, lo leyó rápidamente y abrazó a su hija.

Al día siguiente, ambas tocaban el timbre de una linda casita en Luján, que ostentaba un llamador metálico, cuyos alegres sonidos revoloteaban alentados por la brisa matinal.

Al abrir la puerta, Susana no pudo reprimir un grito de sorpresa; se abalanzó sobre Candela abrazándola, besándola, diciéndole cosas entrecortadas e inconexas, todo a la vez. Ella se dejó hacer, sosteniendo el abrazo con firmeza. Su fino olfato volvió a percibir el suave perfume de su maestra. Al entreabrir los ojos vio a su madre que, emocionada, aún estrujaba en sus manos la carta, en cuyo dorso se leía: ... nunca olvidaré el día en que lloré en tus brazos ni la manera en que vos me consolaste...

Y por el rabillo del ojo vio, en la puerta de la cocina, el rostro luminoso de Oscar, quien sostenía torpemente un repasador, mientras las miraba a ambas con sus ojos marrones, envueltos en una expresión de infinita ternura.

Entonces sintió algo así como un soplo de aire caliente que le recorría suavemente la espalda, de abajo hacia arriba, hasta llenarle el pecho y entibiarle el corazón.

Y sin saber por qué, Candela lloró, abrazada a su maestra, una lágrima solitaria. Una gotita, apenas; una gotita de felicidad. 


Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. Guionista y productor del programa radial Madreselva Tango Bar.  


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3 de Diciembre de 2016|16:40
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3 de Diciembre de 2016|16:40
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  1. Gracias , Pepita; es una historia real, de la infancia de una amiga mía,; me alegra que le haya gustado. Horacio Silva.
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  2. Una preciosura!
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