La biblia como constructo histórico e ideológico

Muchos cismas y herejías de la Antigüedad se produjeron no por interpretarla de una forma heterodoxa, sino por emplear una versión heterodoxa de ella.

En los orígenes del cristianismo, no había una Iglesia sino muchas iglesias. La poderosa institución religiosa tan dogmática y autoritaria; la enorme pirámide de jerarquías con vértice en el papa; la organización mundialmente extendida que nosotros hoy llamamos Iglesia Católica Apostólica Romana no existía por entonces. Tampoco existían las Iglesias católicas ortodoxas, ni las Iglesias evangélicas o «protestantes». Había, eso sí, comunidades disgregadas de judeocristianos llamadas “iglesias” –con minúscula–, ekklesías en griego, «asambleas». Estas asambleas de los seguidores del rabí Jesús de Nazaret no diferían demasiado de las otras asambleas. También ellas eran igualitarias y soberanas. No había en ellas –ni por arriba de ellas– ninguna jerarquía hierocrática a la cual obedecer. Todos deliberaban y todos decidían en común.

La condición judía de estos primeros cristianos iba mucho más allá de lo étnico. Sería un error pensar que eran judíos sólo por nacer en Israel. Los primeros seguidores de Jesús no dejaron de asistir a la sinagoga, ni de acatar los preceptos rituales de la Torá, ni de tener como único texto sagrado a lo que más tarde se llamaría Antiguo Testamento. La redacción del Nuevo Testamento aún no había comenzado, o bien, no había todavía finalizado. La transmisión de las enseñanzas del Mesías era puramente oral, y éste no era aún concebido como el Hijo de Dios, sino como el «nuevo David» de la profecía judía tradicional: un rey guerrero poderoso e invencible que, con el concurso de la providencia, devolvería al pueblo de Israel su independencia nacional tras derrotar a las huestes de un imperio tiránico e impío.

Transcurrido un tiempo, no obstante, se produjo una ruptura. Sea por propia voluntad, sea por una exclusión decretada por los rabinos, lo cierto es que los judíos que habían creído en la mesianidad de Jesús de Nazaret, los llamados nazarenos, se separaron del resto. Nacía así el cristianismo como credo religioso diferenciado del judaísmo.

Por entonces, los cristianos comenzaron a organizarse en vistas al mantenimiento del culto y la caridad. Para ello, se inspiraron en dos instituciones: las sinagogas judías y los colegia paganos, especies de cofradías de gran popularidad entre los antiguos romanos. Comenzaron también a elegir de entre los fieles un «obispo», episcopus en latín, un «administrador». Primitivamente, el obispo era un simple fiel al cual la comunidad le encomendaba exclusivamente la administración de su tesoro, vale decir que en ningún caso le encomendaba la función del culto. En un principio, la administración de los sacramentos podía ser realizada –y de hecho lo era– por cualquier miembro de la iglesia.

Pero con el paso del tiempo, los obispos fueron acumulando atribuciones, y así llegaron a detentar –parafraseando a Max Weber– el monopolio en la administración de los sacramentos o bienes de salvación. De modo que hacia fines del siglo II, el poder religioso, administrativo y económico de los obispos –tal como hoy los conocemos– se hallaba en vías de consolidación en casi todas las comunidades cristianas. Fue por entonces cuando comenzó a gestarse entre los obispos una red de contactos personales y epistolares. Así, paralelamente al afianzamiento de las jerarquías internas, se fue perfilando una jerarquía externa común.

Esta concentración del poder de los obispos también significó la fijación de la Biblia y de los ritos. Por un lado, se estableció qué libros debían ser admitidos y cuáles excluidos; qué revelaciones convalidadas y cuáles impugnadas. Por otro lado, se instituyeron el bautismo, la misa y los demás sacramentos.

Antes que la Iglesia se institucionalizara, en tiempos de los apóstoles, cuando el mensaje de Jesús se difundía oralmente por el Mediterráneo, el Nuevo Testamento aún no había sido escrito, de modo que el texto sagrado de los primeros cristianos era, seguía siendo el Antiguo Testamento.

Al igual que el Nuevo, el Antiguo Testamento también fue resultado de una compilación. Los responsables de recopilar los libros del Antiguo Testamento, fueron desde luego los rabinos. Fue un largo proceso que se inició en tiempos de los macabeos, allá por el siglo II a.C., y que concluyó con la reforma rabínica de fines del siglo I y principios del siglo II d.C. Más largo aún fue el proceso de redacción. Comenzó en el siglo VII a.C., en tiempos del rey Josías –quizá antes–, y terminó en el siglo I d.C., abarcando diferentes etapas: el exilio en Babilonia, la dominación persa y la era helenística.

El proceso de escritura de los libros del Nuevo Testamento fue más breve. Empezó a mediados del siglo I y concluyó a fines del siglo II/principios del III. La compilación fue muy problemática. Los distintos Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las diferentes Cartas Apostólicas, el Apocalipsis, todos estos textos al principio no estuvieron reunidos en un solo libro. Cada uno de ellos era un rollo que se adquiría y leía separadamente. En cuanto a los Evangelios, había algunas iglesias que sólo reconocían tres de ellos; otras que reconocían cuatro, pero no los mismos que habrían de imponerse con el tiempo; y otras que tenían un único evangelio que sintetizaba a los demás. La selección de Cartas Apostólicas no era la misma en todas las iglesias. Con respecto al Apocalipsis, su admisión distaba mucho de ser generalizada. Sólo con el tiempo fue cristalizando un cuerpo orgánico de textos universalmente aceptado, o mejor dicho, impuesto.

rollo Biblia

Es sabido –sobre todo tras el hallazgo de los Evangelios Apócrifos o Gnósticos– que en los primeros siglos del cristianismo circuló una gran masa de textos religiosos de la cual sólo una ínfima parte acabaría siendo canonizada. Los obispos tuvieron mucho que ver en ello. La elaboración del texto bíblico estuvo muy ligada al conflicto entre los obispos y algunas corrientes alternativas como el gnosticismo. Los gnósticos tenían una percepción muy diferente –más espiritual– del mensaje de Jesús, e interpretaban su resurrección como una pervivencia en el corazón de los fieles.

Había muchos textos, y también muchas lecturas. En ese contexto primitivo, no había ortodoxia ni herejía. Ambas se fueron construyendo recíprocamente y en pugna con el transcurso del tiempo. En ese entonces, la versión de los obispos era sólo una versión entre otras. Llevó siglos hacer de ella la versión oficial. Antes hubo que vencer muchas resistencias y silenciar muchas voces (como reza la canción, “La historia la escriben los que ganan. Eso quiere decir que hay otra historia”). Quienes hoy dicen tener la única Verdad, prefieren olvidar que esa Verdad fue sólo una entre otras verdades; prefieren olvidar también cómo esas otras verdades fueron desapareciendo, o mejor dicho, hechas desaparecer, en circunstancias cambiantes de intereses y creencias en conflicto, de pujas desembozadas o larvada de poder, y de significativas variaciones en la correlación de fuerzas.

La selección de libros fue un aspecto crucial en la formación de la Biblia, pero no el único. También hubo una selección de traducciones. No sólo se convalidaron determinados libros, sino también ciertas versiones de esos libros. El problema de las traducciones de la Biblia reviste mayor importancia y complejidad de las que parece tener a primera vista.

Los libros más viejos del Antiguo Testamento fueron escritos inicialmente en hebreo, pero durante el cautiverio en Babilonia se los tradujo al arameo, lengua oficial del Imperio caldeo. Por entonces, también se redactaron en este idioma textos nuevos. Durante la dominación persa, la escritura del Viejo Testamento continuó en arameo, lengua reconocida oficialmente por los emperadores aqueménidas. En tiempos helenísticos se adoptó el griego, y los libros ya escritos fueron traducidos a este nuevo idioma internacional. A su vez, los textos nuevos fueron también redactados en griego.

El Antiguo Testamento se difundió por todo el Mediterráneo gracias a una versión en griego conocida como Los Setenta. Entre los judíos, la buena fortuna de esta Biblia duró poco. La crisis del helenismo a partir del siglo I a.C., dio lugar a una reacción nativista y tradicionalista en Israel que provocó una revalorización del hebreo. En este contexto, la Biblia de Los Setenta fue repudiada por estar escrita en griego, la lengua de los antiguos dominadores.

La Biblia de Los Setenta suscitó no pocos problemas de traducción. Muchos términos del hebreo y el arameo resultaban imposibles de traducir con fidelidad al griego. Las dos primeras lenguas eran semíticas; la última, en cambio, indoeuropea. La barrera del idioma y la cultura era enorme. No sólo dos lenguas distintas, sino dos cosmovisiones diferentes, debían equipararse: la semítica y la helénica.

Pero se suponía que la Biblia no era un texto ordinario. Era la Revelación, la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, y por lo tanto, debía transmitirse sin la más mínima alteración. Traducirla era alterarla; y alterarla, traicionarla. Los judíos acabaron percibiendo la versión griega de Los Setenta como una ofensa a Jehová, y la condenaron, a punto tal que el aniversario de esta traducción pasó de ser un día celebración a un día de luto.

Sin embargo, la Biblia de Los Setenta perduró entre los cristianos. Las primitivas iglesias adoptaron como texto sagrado esta versión griega del Antiguo Testamento y no la hebrea. Todo el desarrollo inicial del cristianismo, hasta principios del siglo III, se dio fundamentalmente en el marco de la lengua griega. Incluso las misas eran oficiadas en griego. No es extraño que así fuese. En la mitad oriental del Mediterráneo, el griego era la lengua oficial del Imperio romano.

Pero el cristianismo también se propagó por el Mediterráneo occidental. Allí, la lengua predominante era el latín. Esto explica que no tardara en aparecer, a mediados del siglo III, una versión del Antiguo Testamento en ese idioma: la Vetus Latina. No era una traducción del texto hebreo original, sino de la versión griega de Los Setenta, es decir, una traducción de otra traducción. Con el tiempo, la Vetus Latina sufrió muchas alteraciones. Hacia el siglo IV, San Jerónimo realizó una nueva versión en latín –más depurada– del Antiguo Testamento: la Vulgata. Traducción directa del hebreo, la Vulgata fue tildada de “judaizante” y resistida por algunos sectores de la Iglesia que consideraban al griego como la lengua original y más auténtica de la Cristiandad. Pese a ello, la Biblia Vulgata fue imponiéndose con el tiempo.

Hubo muchas traducciones por entonces. Una de ellas fue la siríaca, hecha a partir de la versión griega de Los Setenta; traducción que posteriormente sufrió influencias del arameo y el hebreo. Otra versión fue la egipcia, escrita en copto, con un alfabeto griego remozado.

A mediados del siglo IV, se hizo también una traducción al gótico. La llamada Biblia de Ulfilas fue utilizada en la evangelización de los godos y otros pueblos germanos, dentro del contexto de la Cristiandad arriana. Reunía todos los libros del Nuevo Testamento, más algunos pasajes del Antiguo. Para escribirla, Ulfilas tuvo que inventar un alfabeto, ya que los godos carecían de un sistema de escritura adecuado a las exigencias de la catequesis.

Otra traducción fue la armenia, realizada entre los siglos IV y V. Con ella, el reino de Armenia intentó conciliar la propagación de la fe cristiana con la preservación de la identidad nacional.

Muchos cismas y herejías de la Antigüedad se produjeron no por interpretar la Biblia de una forma heterodoxa, sino por emplear una versión heterodoxa de la Biblia. En los primeros siglos, los herejes solían ser cristianos que leían otras Biblias, con otra selección de textos, con otra traducción... Simplemente, las lecturas eran diferentes porque los libros en cuestión también eran diferentes.

La formación del texto bíblico fue un proceso lento, complejo y conflictivo, y su unificación total nunca pudo ser realizada. Hoy, como ayer, no hay una Biblia sino muchas Biblias. Distintas selecciones de libros, distintas traducciones... La idea de un único texto bíblico, que durante tantos siglos y siglos fascinó a la autoritaria e intolerante jerarquía de la Iglesia católica, jamás pudo concretarse. La cantidad y diversidad de lectores ha sido demasiado grande como para que fuese posible alcanzar un grado tan absoluto de unanimidad en el plano de la fe.

Federico Mare

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8 de Diciembre de 2016|21:08
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