Tierra y libertad

Una lectura de "La rama del nido", el nuevo poemario de Gonzalo Córdoba. "En el libro subyacen ciertas cuestiones sobre la naturaleza última de la literatura".

Como muchos mendocinos, yo también fui usuario de la biblioteca pública fundada por el Libertador. Y lo fui por largos años. Ahí, entre ancianas malvadas y bibliotecarios cocainómanos confundiéndose en la oscuridad mohosa de sus salas mal ventiladas, leí por primera vez “Walden, la vida en los boques”. Ese hecho tuvo para mí el alcance de una verdadera conmoción cerebral. Algo que, de un modo profundo e inexorable, modificó las pobres concepciones que tenía sobre la libertad, el trabajo, la naturaleza y el individuo. Por ese entonces, arrastraba un morral lleno de libros bajo la sombra pespunteada de la alameda, decidido a encontrar entre sus páginas la prueba irrefutable de que la condición humana era de una belleza y un horror incompatibles. Una empresa ridícula por donde se la mire, además de una lastimosa pérdida de tiempo. ¡Si llevamos la matanza escrita en nuestros genes!

Concluía la fantasmagoría de los noventa y yo necesitaba con urgencia aferrarme a algo. Entonces leí, leí hasta que, finalmente, pude hacer pie, más muerto que vivo, en el naufragio terminal en que se había convertido el país y, por un reflejo natural y concéntrico, mi propia vida. Algunos de los autores que encontré en los ficheros de la venerable institución, unas cajas que parecían las valijas de un miserable dictador en el exilio, se transformaron en mis indiscutibles dioses tutelares. Canetti, Tolstoi, Lèrmontov, Miller, Musil, Kafka, Jünger, Marechal, y entre ellos, encabezando esa extraña y abigarrada orden de mérito, estaba Henry David Thoreau. Agrimensor, naturalista, fabricante de lápices y uno de los padres fundadores de la literatura estadounidense, su conceptualización de la desobediencia civil, aún en plena era digital, sigue vigente.

Muchos años después fui incluido junto a unos compañeros trasnochadores en un sombrío Index que una mano enguantada llena de pánico y mala leche partidaria pergeñó. Y eso tuvo gravísimas consecuencias que algún día y en otras circunstancias contaré. ¡Eso, y ver parir a la marrana, fue lo mismo! ¡La Santa Inquisición de la Biblioteca San Martín, que de santa nada más tenía el nombre, realizó muy bien su faena punitiva! ¡Todo por una revistita de aire fraudulento, más dada al exceso toxicómano que a la confabulación real y sediciosa! Uso indebido de los medios de producción, fue el argumento esgrimido por las autoridades… En fin, una total y muy provinciana locura, y un síntoma más del grado de podredumbre al que estábamos expuestos. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido y del transmutar de las diversas gestiones gubernamentales, el recuerdo de ese primer contacto con la obra de Thoreau siguió en pie, y se reactualizó hace poco al leer “La rama del nido” (Años Luz Editora, 2014), el último libro de Gonzalo Córdoba.

Confieso que no esperaba más que un puñado de buenas intenciones ecologistas, la consabida diatriba contra el capital predador, la hipertrofia de preguntas retóricas (Chile y su tradición poética están cerca), un canto agrario exhortando el regreso a la tierra y a sus latentes virtudes, en fin, nada que no hubiera leído antes. Y no me equivoqué. Me explico. Acostumbrado como estoy al acartonamiento de los líricos, a la sencillez demagógica de los poetas bonachones, al peso anacrónico de la esquina y al barroquismo masturbador de la supuesta vanguardia, en otras palabras, a las manieras en uso (y abuso) de muchas de las poéticas locales, leer a Gonzalo y emocionarme aún con lo que me parecía más bien flojo, constituyó un verdadero acto de fe. En muchos de sus versos hay una defensa de ese potencial de ternura y libertad que todo hombre posee y que la maquinaria patriarcal, desde tiempo inmemorial, ha querido expropiarle a tal punto de negar su íntima existencia.

el amor es también un árbol

al lado de otro

que estira sus ramas buscando

Además, en el libro subyacen ciertas cuestiones sobre la naturaleza última de la literatura: ¿Para qué escribir? ¿Es el escritor un trabajador como cualquier otro? ¿En qué consiste la especificidad de su trabajo? ¿Puede la literatura transformar la realidad? Y ahí nace justamente su conexión profunda con el pensamiento de Thoreau, quien sostenía que era vano el acto de escribir sin el aval de la propia experiencia. En “La rama del nido”, como en la obra del ermitaño de Massachusetts, hay una tentativa, acaso no del todo lograda, de perfilar un modelo humano que, más allá de las mezquindades y mentiras de nuestro tiempo, se atreva a dejar la soledad de las ciudades para forjar su propia e irreductible vida. Y eso, por cierto, merece celebrarse.

La rama del nido, tapa


sembrar el verbo

que maldiga la ausencia de raíz

que un estrépito simbolice

la poesía nuestra


                             (de: “La rama del nido”, 2014)

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que seguiré caminando la ciudad

aunque al salir del cine la luna mengüe tras las nubes

y el ruido de las bolsas de nailon

no me deje dormir la yegua

porque uno sabe que no son perros seguiré caminando

porque no quiero un vidrio

una pantalla fluorescente

para no estar apoltronado en un sillón

cuando vea a una mujer

armar su lecho bajo el alero


la poesía debe ser como el hígado

rabioso y barato

también puede ser

un susurro apacible en el oído de la mujer amada

pero esta noche

al salir del cine

la luna menguaba tras las nubes

y he visto gente acomodarse en las escaleras

de las tiendas del centro

y quise ver perros abriendo bolsas de basura

pero vi familias abalanzarse sobre los contenedores


la poesía debe ser

un reflejo cáustico

no un alarde de erudición

sobre la mitología griega

y debe reflejar las grietas

de un corazón humano

porque aunque uno escriba

sobre el crepitar de las bolsas

el primer día del otoño

bajo una luna menguante

cubierta de nubes

piensa en ese amor rojo

que siempre es una posibilidad


                             (de: “La rama del nido”, 2014)

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Infancia


éramos gritones

pero pobres

no teníamos la moneda del petardo

y festejamos el nacimiento del punzado

hasta quedar ebrios de no sé qué

y el olvido de Papá Noel

nos quitaba el aliento


éramos pobres

pero

al menos podíamos beber el agua

y mear por las ventanas

podíamos tirar la rueda a la acequia

y hacer valer la fuerza y la impunidad

de lo que creíamos era la unión

aunque entendimos luego que crecer es

perderla

y.

punto.

                         (de: “La rama del nido”, 2014)

Pablo Grasso

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6 de Diciembre de 2016|18:44
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  1. Me gusta de Gonzalo Cordoba su actitud ante la poesia y la vida. Quiza porque la linea divisoria entre ambas, es mas ficcional que real. En cierto punto se escribe como se vive. De su poesia me quedo con la sencillez y la frescura. De su vida con la humildad. Virtud que lamentablemente no abunda entre lo jovenes escritores mendocinos. Bien por Gonzalo.
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