Elogio de la mentira

¿Cuánto puede durar un laburante si dijera todo lo que piensa de sus jefes? ¿Cuánto puede durar un matrimonio si se contaran hasta la más íntima fantasía?

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)


Hoy: Elogio de la mentira


— O usted está rematadamente loco o es un rematado cínico.

— ¡Pero no, viejo! No lo digo yo; lo dijo Mark Twain, en 1880... lo conoce, ¿no? Y tiene vigencia universal, como el Cambalache de Discépolo...

— Cómo no lo voy a conocer...

(El insólito diálogo tiene lugar en una de las mesas de Madreselva Tango Bar, un cafetín de mala muerte ubicado en las cercanías del Arroyo Maldonado. Los protagonistas: el guapo Canaveris y el tape Comoifusa).

— Mora, tráiganos una botella de ginebra y dos vasos...

— Tá buena la Mora, ¿eh? —dijo el Comoifusa, señalando a la bolichera.

— Ni se le ocurra... se cabrea por nada, y siempre lleva la faca escondida en la falda...

— Bueno, como le decía: la mentira es un arte amable que necesita cultivarse, practicarse con elegancia, con distinción.

— La mentira es una porquería. Es engaño, es falsedad; es cosa de turros y de políticos.

— La mentira es universal... todos mentimos; todos los días tenemos que hacerlo. ¿Cuánto puede durar un laburante en su empleo si dijera todo lo que piensa de sus jefes y compañeros? ¿Cuánto puede durar un matrimonio si se contaran hasta la más íntima fantasía? La mentira es una de las cosas más repudiadas por la humanidad pero, a la vez, es la más practicada por todo el mundo, desde que uno es un pibe hasta que se va a la fosa...

— Usted está mezclando las cosas. ¿O me va a decir que es un “arte amable” hacerle el cuento del tío a un gil o vengarse de una mina que no le dio bola diciendo que es una viciosa y una puta reventada?

— Ahí vamos llegando al asunto. Dígame: usted, que le gusta el cine, ¿vio La Armada Brancaleone?

— Por lo menos cinco veces...

— ¿Y se acuerda de lo que le dijo Brancaleone al judío Abakuc cuando se moría?

— Se lo puedo recitar de memoria, es una de las mejores escenas del cine italiano: “No sé si ahora que mueres irás a nuestro paraíso cristiano o al de tu gente y tu Dios. Pero, por cierto, creo que estarás mejor que en esta vida que nos tocó en suerte. No sufrirás más frío, ni calor, ni hambre, ni sed, ni bastonazos, ni sustos. Sino un cielo siempre bello, y los pájaros en las ramas de los árboles en flor y ángeles que te darán grandes hogazas de pan, y queso y vino, y leche en abundancia, y te dicen: «¿Quieres, viejo? Toma, toma más... toma, come, bebe, sacíate... y duerme, viejo, duerme...»”.

— Ya lo ve, Canaveris: esa mentira es el “arte amable” del que le hablo; yo no mezclo las cosas, digo lo que es nomás. Hay diferentes clases de mentiras: las que se dicen para hacer un bien, las que usan para sacarle provecho a alguien haciéndole un daño y las mentiras por omisión, ésas que uno, por callarse, deja que se piense que son verdades y terminan haciéndole mal a alguien, aunque a nosotros nos dejan la conciencia tranquila.

— Mentiras blancas, mentiras negras; y grises...

— En efecto. Vea lo que decía Mark Twain: “Por tanto, lo sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de manera juiciosa y considerada; a fin de mentir con un buen propósito y no con uno pérfido; a fin de mentir para ventaja de los demás y no para la nuestra; a fin de que nuestras mentiras sean aliviadoras, caritativas y humanitarias, y no crueles, letales o maliciosas; a fin de mentir de manera agradable y graciosa, no torpe y tonta; a fin de mentir con firmeza, franqueza y desfachatez, con la cabeza en alto, sin vacilaciones ni torturas, sin actitudes pusilánimes, como si nos avergonzara el gran deber que tenemos de hacerlo”.

— Ah, eso es otra cosa... un capo, ese Mark Twain.

— Así es. El ejercicio absoluto de la verdad haría imposible la convivencia humana. Nadie se saludaría ya más, porque a este le dijeron que era gordo, a aquel que era un esperpento, a aquella que era un escracho... y al otro, un h de p... Imagínese usted diciendo siempre lo que realmente piensa en todo momento, circunstancia y lugar. Tendría que retirarse a la montaña a vivir como un ermitaño, porque cada vez que lo vieran lo correrían a piedrazos...

— Y sí, Comoifusa, al fin y al cabo, la mentira sirve también como refugio, para que no lo jodan a uno.

— Claro, por eso aprendemos a mentir desde chiquitos. Nos dicen que mentir es malo y nos enseñan a decir siempre la verdad, y bien pronto descubrimos que los adultos nos mienten a nosotros... y que cuando decimos la verdad, en lugar de premiarnos, nos castigan... Entonces aprendemos a mentir, no para joder a nadie, sino para evitar que nos jodan a nosotros, obligándonos a hacer lo que no queremos: la formación en el colegio o los deberes en casa. Este es uno de los más flagrantes claroscuros de la condición humana: su dualidad, la manera en que el discurso se da de narices con la práctica cotidiana.

— ¿Qué le pasa a esta Mora que no trajo la ginebra? Le voy a decir unas cuantas...

— Ojo al piojo, Canaveris... que si se chifla, ni usted ni yo ponemos de nuevo los pies por acá. Mejor miéntale un poquito... no se olvide de la faca en la falda...

— Tiene razón una vez más, Comoifusa. Ya lo dijo un filósofo rosarino a su perro: “Con la verdad, no ofendo ni temo. Con la mentira, zafo y sobrevivo, Mendieta”.

Cuando salieron del cafetín, cada uno de los hombres rumbeó para su lado. Al cruzar el puentecito de madera del Maldonado, Canaveris pensó: “¿Y quién corno será el tal Mark Twain?”.

 Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. Guionista y productor del programa radial Madreselva Tango Bar.  

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