Me estremecieron mujeres que la historia anotó entre laureles

Aquella calurosa tarde Claudia tomó el tren, en Constitución, como siempre. Pero, también como casi siempre, la formación se detuvo en Temperley.

 Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)


Hoy: Claudia.


Me estremecieron mujeres

que la historia anotó entre laureles.

Y otras desconocidas, gigantes

que no hay libro que las aguante


(Mujeres, Silvio Rodríguez, 1978).


Ocurrió en Buenos Aires, la calurosa tarde del 23 de enero de 2011 en la línea del ferrocarril Roca, ramal Alejandro Korn; un lugar en el mundo, donde suceden cosas que no ocurren en ninguna otra parte.

Claudia Columba vive en Korn desde hace nueve años. Fue una vida difícil la suya: un padre que la abandonó siendo muy niña, una madre egoísta y cruel, y un marido que ejercitaba puching-ball en su vientre fecundado, la llevaron a una crisis de salud mental que la arrojó dentro del Hospital Estévez.

Pero Claudia no se entregó; simulaba tragar las pastillas de Risperidona, y las escupía cuando nadie la veía. Quería salir entera para ocuparse de su hijo. Y lo logró; aunque su hijo... bueno; la historia de su hijo, es ya otra historia.

Aquella calurosa tarde Claudia tomó el tren, en Constitución, como siempre. Pero, también como casi siempre, la formación se detuvo en Temperley, vaya a saberse por qué cruel ensañamiento del destino.

Ese día calzaba unas sandalias cuyas tiras le lastimaban el pie. Se sentó en un banco de la estación para esperar el primer tren que saliera, acariciándose la piel lastimada por la fricción y el sudor.

Y en ese momento, llegó a sus oídos una voz angelical. Una joven mujer con un avanzado estado de embarazo, sentada a su lado, le estaba ofreciendo una Curita. Así porque así, de solidaria, nomás.

Ambas se pusieron a charlar. La joven expresó su desaliento por tener la certeza de que el próximo tren iba a venir repleto, y de que nadie le iba a ceder el asiento.

—Pero si el asiento te lo tienen que dar; en cada vagón vienen uno o dos reservados para gente con "movilidad reducida" y embarazadas... —le dijo Claudia.

—No, no... yo no me animo a pedirlo... me da vergüenza... —contestó ella.

Siguieron charlando de otros temas, mientras Claudia pensaba: como que no se lo quieran ceder... van a ver la que se arma.

Porque así es Claudia. Vaya a encararla usted de prepo, y verá cómo vuelan sus dientes por el aire. Pero si la trata con respeto y humildad, le cederá hasta el último bocado de su única —y frugal— comida.

Y el tren llegó, nomás, repleto hasta decir basta. Las dos mujeres subieron. Claudia se dirigió como pudo hasta el asiento reservado.

Éste se hallaba ocupado por una mujer gorda, con cara de pocos amigos. Y frente a ella, estaba sentado un hombre que la acompañaba, con el mismo gesto de acritud y menosprecio por sus semejantes.

Claudia le pidió cortésmente al mencionado caballero el asiento para la joven, quien no podía con su alma en el vagón repleto a 34º grados de temperatura, sosteniendo una panza que prometía dar a luz, al menos, a un futuro luchador de Sumo.

El individuo en cuestión, con ese concepto de la solidaridad que suele caracterizar a los argentinos bien nacidos, le espetó:

—Mirá, le voy a ceder el asiento, pero solamente para que no me rompas más las pelotas...

Claudia, que tiene mucha calle —fue vendedora ambulante en la línea a Glew—, le contestó sonriendo:

—Ahh... ¿pero vos tenés pelotas...?

El Argentino Bien Nacido, con un rictus de ironía salvaje y varonil, seguro de su triunfo sobre esa hembra débil y estúpida, le desafió:

—Claro que tengo... ¿te las muestro...?

Touché. La partida estaba a favor del Bien Nacido. Ya el gallardo Argentino se llevaba la mano hacia el cierre del pantalón, amenazando con bajárselo.

El tiempo parecía haberse detenido en el interior de aquel tren. Los pasajeros, que siguieron toda la secuencia, estaban expectantes. Nadie, desde luego, osó intervenir: éste era un duelo entre dos, el conflicto les era completamente ajeno.

Y fue entonces cuando un soplo de inspiración atravesó el alma de Claudia. Como un monstruo surgido de sus entrañas, el odio de toda una vida de maltratos y humillaciones afloró en una sonrisa cruel, que sus labios paladearon mientras pronunciaban la feroz sentencia, la condena atroz al impenitente y desaprensivo ofensor:

—No hace falta; acá no tengo el microscopio...

La carcajada general de los pasajeros atronó el vagón, como la descarga de un pelotón de fusilamiento. En efecto, el Argentino Bien Nacido había sido literalmente fusilado. Rodaban por el suelo los restos patéticos de aquel atributo que alguna vez creyó poseer: su condición de macho, la reputación de su hombría.

La Mujer Gorda que le acompañaba, espantada por la mutilación verbal del ex hombre —y temiendo le tocara el turno a ella—, se apresuró a levantarse de su asiento, el cual fue alegremente ocupado por la joven embarazada.

Unos meses después, el 20 de mayo, Claudia celebraba su cumpleaños en compañía de familiares y amigos, entre los cuales se hallaba el autor de estas líneas.

Al derivar la conversación hacia la historia relatada más arriba, Claudia contó algo que conmovió a los presentes:

—Ah, no les conté: hace poco me volví a encontrar en Temperley con esa chica, la embarazada, que ya tenía al bebé, ¡una nena enorme...! ¿Y saben qué me dijo? Que le puso "Claudia" como segundo nombre... ¡por mí...! ja, já, ¡qué tontería...!

Y así fue; porque así es Claudia. Hechos como éste, de rigurosa verdad histórica, acontecen en las cercanías de Alejandro Korn; un lugar en el mundo, donde suceden cosas que no ocurren en ninguna otra parte.

 Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. Guionista y productor del programa radial Madreselva Tango Bar. 

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