Macht point, el segundo saque de Vicente Luy

Asqueados del relato masturbador de la historia, no nos queda otra que adquirir un gran tarro de vaselina y hacer del dolor un placer invicto. Y releer a Luy.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Así suena mi cabeza sobre el tablero cada vez que comienzo a escribir algo que seguramente terminará cuajando en un artículo de prensa o, después de una incierta burocracia, desaparecerá en la nada abstracta de mi PC. Uno de esos textos que brotan esporádicamente en los suplementos culturales y que sólo sirven para envolver la docena de huevos, presentando, con sus altas y bajas, sus debe y haber y sus novedades editoriales, la incierta romería del mercado del arte y el espectáculo. Que no es lo mismo, vamos, pero que en esta triste provincia se estila así. ¡Pura mezcolanza!

Que el benemérito Vicente Federico Luy (1961- 2012), ese malogrado santón cordobés, merece estos párrafos, no se discute. No. Que el homenaje es una modalidad de la traición perfectamente estipulada por la posteridad, mucho menos. Y que lo que debería ser la antesala de un ditirambo de nunca acabar, no acaba (con perdón de los presentes) porque, obviamente, no ha comenzado ni habrá de hacerlo. De esa paradoja, el burro inane de Buridan, el existencial asno raquítico sale muy mal parado. Se aísla en su angustiosa indecisión y, pobrecito, muere de hambre, como los miles de ingushetios, chechenos, kazajas, entre otras etnias, deportadas a la tundra siberiana en la gran riada estalinista del ‘37. Para no hablar de los lectores mendocinos que, dada su calidad, cantidad y menuda constancia, devienen otro tipo de asnos famélicos. En fin, uno hace lo que puede para sobrevivir en tiempos de sequía. Se alimenta de carroña, se prostituye y muy de vez cuando concurre a una lectura de poesía y regresa a casa con unas irrefrenables ganas de pegarse un corchazo entre los ojos.

Sabemos que Vicente Luy fue un buen jugador de tenis y, como diría una amiga mía, todo un performer. Todavía puede vérselo haciendo de las suyas en algún video de Youtube. Recuerdo especialmente uno donde está leyendo sin remera y con la vena del cuello hinchada como una boa a punto de estallar. Impresiona un poco ver tanta vehemencia en medio de un bar lleno de humo y botellas. Lo cierto es que Luy fue un poeta que experimentaba ramalazos de lucidez únicos. Dueño de una forma de puntuar los versos que yo situaría al lado del monje negro de Osvaldo Lamborghini, aunque los puristas me miren mal creyéndome perjuro de las hediondas catedrales del Fiord. ¿Y por qué no? Si también tenía, como el gran Tadeo Culón, un humor espeso y desasosegante, que oscilaba entre lo macabro y la completa autodegradación. ¡Dos querubes envueltos en alambre de púa, no podrían haber dado más la nota!

El autor de “Aviones”, “La sexualidad de Gabriela Sabatini” y “La vida en Córdoba” creó voluntariamente el contorno cromado de su propio mito. ¿Acaso, al rebotar esa mañana como un bólido de carne sobre una vereda salteña, Luy no estaba escribiendo su mejor poema? Y lo digo en serio, sin solemnidad ni rebusques. De hecho, su estela aún cabrillea como la de todo suicida inteligente con visión de futuro. Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni y Enrique Barón Biza, estén donde estén y en el estado de materia en que se encuentren, celebrarán una fastuosa misa negra en su honor. ¿Pero a eso se reduce Vicente Luy hoy, a un “suicidado” al que le tocó en suerte escribir cierto tipo de poesía en un determinado momento del país y ser leído, eventualmente, tangencialmente, por sus contemporáneos y no tanto? No lo creo. Debe haber algo más, algo que vaya más allá de la simple reproducción de un síntoma tan propio de la época: el triunfo de la onda expansiva, del efecto propagandístico y superficial (el malditismo, la putez, el reviente, la muerte, la locura, la militancia) sobre la causa madre, esto es, la veta plebeya de su poesía confesional y didáctica.

-¿Publicar primero? –me pregunta un amigo imaginario- ¿Escribir después?

-¿Por qué no, muchos lo hicieron? De excelentes publicitas de sí está tapizado el infierno.

Todo muy bonito, sí, aunque el término homenaje suene acá a una brutal chantada, como proyectar una feria de libros salpicada de chinchulines o armar un equipo de futbol integrado únicamente por poetas. Por eso la primera del singular titubea entre mandar todo al quinto carajo o replegarse, aturdida por la abulia y el desencanto, como un curita pedófilo en el silencio de su parroquia. ¡En una buena se ha metido otra vez mi estro! Y llegan las preguntas, algunas más serias que otras, como si fueran puntuales asteriscos de concreto: ¿Homenaje por qué? ¿A causa de qué o, yendo más allá, para qué? ¿Quién se beneficia con esta acción? ¿El fiambre suicida? ¿La totalidad de su obra? ¿Quién? ¿Quiénes? Palabras, palabras, palabras, como diría el ambiguo cisne de Albión.

He hablado mucho, tal vez demasiado, en los últimos días sobre la actitud de Luy frente a la política (todos deberían tener al alcance de la mano a un librero confesor), y no deja de sorprenderme su fresca actualidad. Ese plan de operaciones delirante que, para quienes comenzamos a drogarnos y a leer compulsivamente a fines del los noventa, ha sido y aún constituye el único marco de referencia habitable (ese mundo del cual hablara con tanto énfasis Hanna Arendt). Porque por un lado están ellos, la “gente que no”, y por el otro, nosotros, los descastados, los resentidos, los anacrónicos, los perversos, los impresentables, los feos, los gordos, los pelados, los bufones, los miopes, los crotos, los inconvenientes, los inservibles, los Judas Iscariote, los execrados, los olvidados, los borrachos, los sonámbulos, los desfasados, los estériles, los groseros, los idiotas, los cerriles, los palurdos, los “independientes”, los reventados. En fin, los restos del enorme naufragio de un país que nunca fue. Y no hay concordia ni pacto social ni juvenilia pelotuda autoproclamada dueña de la pasión que alcance para suturar tamaña herida. Los labios aún siguen abiertos y la carne late sin negociarse. Asqueados del relato masturbador de la historia, de esa torsión gatopardista que caracteriza y define a gran parte de la clase política argentina (de hoy y de siempre), no nos queda otra que adquirir un gran tarro de vaselina y hacer del dolor un placer invicto.

Eso, releer a Vicente Luy y hacerse un guiso.

Vicente Luy tapa

Si la vida tiene sentido, una bestia sentada junto a otra
oliéndose las bocas no puede ser el sentido de la vida: salvo
que te de el cuero para ser una bestia.
Lo otro es sentarse a la diestra del Señor y bancarse día y
noche las ganas de matarlo. Y sonreír, para siempre a salvo,
mientras copulan las bestias allá abajo; mientras copula la
mujer que odiás, con un hijo de puta un poquito más sano que
vos.
Y no es esto o lo otro. Hagamos lo que hagamos somos la misma
cosa. Todo pasa por el miedo; y el único miedo que conocemos
es el que inventamos nosotros.-

                   (de “Poesía popular argentina”, 2013)



¿Venderle el alma al diablo? Sí, pero cara.

Y si se puede venderle también otras cosas.
Y venderle a dios lo que el diablo no compre
.

                    (de “No le pidan peras a Cúper”, 2003))



- Empiezo por la más obvia: ¿qué es poesía?
- En teoría, la única ciencia que se ocupa del problema.-

Por romper las reglas a Adán lo echaron del paraíso.
Yo reivindico eso.
¿Qué clase de edén es ese
que hay cosas que no se pueden hacer?

                       (de "Aviones", 2002)


Pablo Grasso

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