Aquí, allá y en todas partes (puedes escuchar a un amor de primavera)

Morán estaba profundamente desmoralizado por las muestras de barbarie concebibles en el Medioevo, pero de ningún modo en los albores del siglo XXI.

 El dolor de ya no ser

Cuando se despertó, Morán ya sabía de qué se trataba. Había experimentado a lo largo de su vida una búsqueda constante de certezas; y había terminado por encontrar una sola que, por espanto, se negaba todavía a calificarla como “certeza”.

Tal vez por eso le gustaba tanto Discépolo; aquel que había dicho que “hay un hambre que es tan grande como la del pan, y es la de la injusticia, la de la incomprensión. Y la producen las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita, y ellos no oyen”.

Se levantó con cierta indolente pereza. Puso la pava al fuego, y fue a lavarse la cara; se miró y recordó la voz de Julio Sosa, recitando: “qué vieja y cansada imagen me devuelve el espejo”.

Morán se identificaba plenamente con Discépolo, cuando le decía a Gardel que el protagonista de “Yira, yira” era “un hombre que ha vivido la bella esperanza de la fraternidad durante cuarenta años. Y de pronto, un día, a los cuarenta años, se desayuna conque los hombres son unas fieras”. Porque sabía que aquel desesperanzado era Discépolo, y era él mismo.

Afuera, a través de la ventana, el día se presentaba radiante, soleado, con un increíble cielo azul. Mientras cebaba el primer mate encendió su computadora, y se conectó a Internet. Abrió su cuenta de Facebook , y se topó con dos noticias inquietantes:

“Diputada israelí instiga al asesinato de «todas las madres palestinas»”

“Académico israelí: «violar a las mujeres palestinas podría detener los ataques»”

—“Esto no es posible” —pensó. Estaba harto de encontrar información falsa en la red, y le pareció que nadie en su sano juicio podría hacer tales declaraciones, al menos en público. Movido por la curiosidad, leyó los dos artículos.

En el primero, decía que la diputada Ayelet Shaked había posteado en su cuenta una nota que calificaba a todo el pueblo palestino como “enemigo”, y que las madres palestinas debían seguir a sus hijos al infierno, para que no vuelvan a criar “pequeñas serpientes”. En el segundo, el profesor Mordechai Kedar, experto en asuntos palestinos, declaraba que “La única cosa que podría disuadir a un atacante suicida es saber que si se le detecta, su hermana o su madre serían violadas”.

Poco dispuesto a creer a pies juntillas tales informaciones, el hombre comenzó a buscar las fuentes originales.

Así se fue enterando que el pasado 12 de junio habían desaparecido en territorio palestino tres jóvenes judíos; que Israel acusó a la organización islámica Hamas del secuestro, e hizo una violenta incursión en Cisjordania para buscar a los adolescentes, en la cual murieron cinco palestinos y fueron arrestados más de 500, entre ellos varios miembros del Parlamento.

Que el 30 de junio habían aparecido los cadáveres de los chicos; que al día siguiente, 1° de julio, la diputada Shaked publicó su post; que ella desmintió, no la publicación, sino su feroz contenido, ofreciendo como prueba un link a su cuenta de Facebook, aunque el link está roto y el cuestionado texto fue eliminado.

Que un día después, el 2 de julio, unos inadaptados secuestraron y quemaron vivo en Jerusalén a un adolescente palestino, acaso para vengar el asesinato de los tres chicos judíos.

Que a consecuencia de ello, Hamas comenzó a disparar desde la Franja de Gaza, misiles sobre territorio israelí, con el propósito de forzar la liberación de los palestinos arrestados en las razzias de Cisjordania. Y que Israel contestó con ataques aéreos sobre la población de Gaza, provocando una abrumadora cantidad de víctimas civiles.

La situación para los pueblos hebreo y palestino se mostraba espantosa. Desde luego, mucho peor en Gaza que en Israel; pero el horror se había instalado a ambos lados de la frontera. Una joven madre residente en Israel, posteaba que el 25 de julio sonó la sirena de alarma mientras viajaba en ómnibus por una ruta. Temblando de miedo, acostó a su bebé en el piso y lo cubrió con su cuerpo. Instantes después, el resto de los pasajeros se abrazaba para cubrir a madre e hijo.

A esta altura, Morán estaba profundamente desmoralizado por semejantes muestras de barbarie, concebibles acaso en el Medioevo, pero de ningún modo en los albores del siglo XXI. Y el colofón, el remate final, el tiro de gracia para su ánima, fue la visión de los cadáveres de tres niños palestinos, muy pequeños, muertos durante los bombardeos.

Harto ya de muerte y destrucción, apagó su computadora; el mate se había enfriado, apenas alcanzó a cebarse dos.

Salió de su rancho hacia el día claro, magnífico; el Nevado se imponía en el horizonte, apacible, majestuoso. Nada hacía suponer que en otras geografías ocurrieran cosas tan espantosas. Pero no podía borrar las imágenes de la Muerte, grabadas a fuego en su memoria. Recordó los rostros de los tres jóvenes judíos; del adolescente palestino; de los tres bebés ensangrentados, aquellos que para la diputada eran alimañas, “pequeñas serpientes”.

Reflexionando sobre estos sucesos, Morán pensó en la trágica perversidad de la condición humana. Su reacción ante lo diferente, es la sospecha de su posible nocividad. Y la invariable respuesta a ello, es la marginación o el asesinato.

Sólo unos pocos individuos parecen aventurarse a percibir el sentido profundo de la naturaleza; de la armonía posible y necesaria que se puede establecer con los diversos seres que habitan el planeta.

El aprender más formas de conservación que de destrucción, implica la comprensión de que evitar es preferible a contener; contener es preferible a herir; herir, preferible a lisiar; y lisiar, preferible a matar; porque toda vida es preciosa, y ninguna puede ser sustituida.

Y ante la fatalidad del sino de la raza, Morán se llenó de horror; por sí mismo, y por la humanidad, a la cual —por una mala jugada del destino— debía pertenecer.

Por Horacio Silva, escritor e historiador. Autor de Días rojos, verano negro – una crónica de la Semana Trágica de enero de 1919, con prólogo de Osvaldo Bayer. Guionista y productor del programa radial Madreselva Tango Bar.

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