Verborragia de esencia (a propósito del libro de R.I.C.K.Y)

Poemas y canciones gestadas al calor de la trashumancia nocturna de este poeta que, munido tan solo de su voz y su tambor, recorre las calles de Mendoza.

En algún momento de mi vida pasada recuerdo que escribí: “Es la lengua la clave que distorsiona todas las historias, todas las mentirosas verdades pronunciadas al borde inaugural de la ginebra. No el recuerdo del idioma comarcano, sino su violenta recreación.” La memoria, como se sabe, suele parecerse muchas veces a un pozo séptico. Uno recuerda y recuerda y termina, cuando termina, embarrado de olvido y, fundamentalmente, contaminado de ciertas ausencias que, como fantasmas curiosos, se inmiscuyen en todo. ¿De quién hablaba yo? Ah, sí, pues del gran cuentista argentino Miguel Briante. Pero al mismo tiempo y sin pretenderlo, me refería a esos autores que, a lo largo de estos años de lectura impenitente, han suscitado en mí sendas dosis de curiosidad, intriga y admiración. Tal es el caso de R.I.C.K.Y. (Resistencia Integrada por Cultos del Kilombo Yonqui), alias Juliana Rosas, el Ruso, Mandinga, Pablo Kerussy, María Rotta, Javier Vega, Clownjanoff, Xavier y la madre que lo parió. ¡Una total complicación debe ser su prontuario! ¡El terror nocturno de la ex SIDE! Me imagino el caos de su ficha llena de insondables lagunas biográficas. ¡Otra que el revoltijo primordial! ¡Si con una sola identidad, con una sola manito de barniz sobre la cual reflejarse a diario, uno termina de cabeza en el interior del encierro acolchado! ¡Para hogar, el loquero! ¡El matadero! ¡La tórrida escuelita de la vida! En fin, allá él y de paso nosotros, que tampoco sabemos bien quiénes somos ni hacia dónde vamos. Como el gobierno.

Tapa Ricky

Pero veamos lo que pasa cuando R.I.C.K.Y. se pone a cantar y le da al tambor, bor, bor, bor. Hija de la calle pero también, o por eso mismo, de esa inmensa memoria flotante que se dispersa en el aire nauseabundo de la ciudad (y ahí están El turbina, En la Cuarta o Verborragia de esencia para corroborarlo), su voz predispone al oyente, que a veces es un ciudadano amable y otras, un reverendo hijo de puta, a mover los labios musitando una canción cuya letra ignora y, sin embargo, y en eso reside su radical fascinación, lo interpela en una operación de calado profundo que suele llegarle a la mismísima raíz del hueso. ¿Y cómo es eso? Explíquese mejor que a esta altura ya parece viejo latinista o ministro de economía. O los dos, pero ayuntados en el monstruo de dos cabezas: un auténtico académico.

-Para empezar, R.I.C.K.Y. es como un fantasma incorregible, más problemático que adolescente colgado del paco. Y con todo, su voz, y en especial su estampa florida recortándose en el espacio público, funciona como una suerte de antídoto o contraveneno para la estupidez y el atropello del poder en sus variadas encarnaciones. En cierta forma, R.I.C.K.Y. es icónico y representa algo importante para muchas personas (pero dejemos esto así, ni él es Jean Genet ni yo su conjetural Sartre para dibujarle una semblanza que hable al mismo tiempo de los dos). Diría una amiga que no voy a nombrar y que no es precisamente la Venus de las pieles (y que además me bienquiere aunque de vez en cuando le dé por azotarme por lo farragoso e improcedente de mis argumentaciones), que el susodicho es y será un “viajero cósmico en este bondi tierra”.

-¿Voz? ¿Qué voz?

- Bueno, su ladrido. R.I.C.K.Y., y esto es algo sabido, ¡es un perro! Pero uno que le ha tomado, cuando la mayoría de sus habitantes duerme, el pulso a esta ciudad a la que conoce como si fuera una trisadura en la sobada piel de su tambor.

De lo que se desprende que seguir el despegue rasante de ese ladrido, augurando y temiendo por igual el sacrificio del fin, sería dar con el trasfondo condensado de su experiencia sensible (Fogwill), una experiencia alimentada por la soledad de bares, comisarías y plazas. ¿Pero qué pasa cuando todo eso se patentiza en el papel, cuando el sentido y coloratura de las palabras quedan registrados en el tamiz roto de nuestra memoria visual? Dicen que lo que sucede es la poesía, pero a mí, que como se sabe no soy poeta, no me consta. Pregúntenselo a alguno, pero búsquenlos en San Juan porque en Mendoza no hay. Acá los poetas se abortan o suicidan o escriben para ser premiados. ¡Veletas!

             Te importa tres pitos lo que pasa a tu lado

             Porque solo te vale babearte

             Mirando tu imagen llena de adornos

             Colocados cuidadosamente

             Por todo el puterío que llevás y traés

            Haciéndolo pasar por poesía

                                         (De: Artista inspirado)

Quien canta, recita o escribe desde donde lo hace R.I.C.K.Y., posee un oído, si se me permite la expresión, “atmosférico”, una suerte de conducto extremadamente poroso que lo pone en contacto directo con algo que trasciende la baldosa mezquina sobre la que se erige nuestra individualidad.

-¿Y eso qué es, mi buen dios?

-Es la lengua del malón, m`hijo…

Se me ocurre que la poesía mendocina actual, que no existe, a diferencia de la producida en Salta, Jujuy, Entre Ríos o en algunas partes de la extensa Patagonia, desdeña cierto trasfondo popular, esa sabiduría que, a partir de un profundo contacto con la lengua y reforzada con la experiencia cristalizada a lo largo de las generaciones, ha permitido un contínuum prodigioso de autores, estéticas y sensibilidades, sin menoscabo de las apuestas más vanguardistas o novedosas. Y esas voces, en Mendoza, se ubican, cuando se ubican, en los márgenes desérticos o en esas Calcutas de fábula donde, con pavor sanitario, buena parte de las clases acomodadas, estimuladas sistemáticamente por sus alcahuetes mediáticos, han traspapelado su hipocresía.

Quisiera creer que R.I.C.K.Y. es sólo esa voz que ahora leo y que tal vez mañana será mía o de cualquiera que atraviese la noche en la frecuencia apropiada.

Pablo Grasso

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