La música, como la vida, es fusión

La naturaleza y la vida son los ejemplos más claros de que todo se fusiona, influye y transforma para que se desencadenen nuevos resultados.

 Suele decirse que es música de fusión a todas aquellas que son una mezcla de estilos. Así fue como apareció el jazz-rock, que incorporaba el lenguaje jazzístico con instrumentos modernos, como guitarra eléctrica y teclados. Hay una pequeña trampa en esta definición, ya que toda la música es una fusión. Siempre es composición y combinación de elementos de otras anteriores, o de distintas latitudes.

La naturaleza y la vida son los ejemplos más claros de que todo se fusiona, influye y transforma para que se desencadenen nuevos resultados.

Allá por los años cincuenta, algunos músicos provenientes de Cuba dieron color a la escena del jazz con sus tumbadoras y ritmos caribeños. Chano Pozo fue un conguero que supo formar con el trompetista Dizzy Gillespie una potente dupla de energía y experimentación. Con la creación de temas como “Manteca” o “Noche en Tunisia” se originó un nuevo movimiento llamado latin-jazz y posteriormente surgieron otras combinaciones tales como la mezcla de música hindú con jazz, o el flamenco con jazz. Los años sesenta fueron el caldo de cultivo de múltiples combinaciones, siempre bajo el rotulo de música de fusión.

Nuestro querido Leandro “Gato” Barbieri se animó con su rabioso saxo al repertorio de música latinoamericana.

Sus happenings musicales, verdaderas maratones de grabación en los estudiosIon de Buenos Aires, incluían a una docena de músicos dentro de la enorme sala tocando libremente, incluso saliendo y entrando en mitad de la grabación. El percusionista Domingo Cura solía distribuir instrumentos de percusión en todo el salón y cada músico tenia libertad de poder participar según le parezca. Dice la leyenda, que hasta instalaron una parrilla y mientras grababan comían asado.

El Gato Barbieri manejaba una libertad inusitada en un contexto porteño prejuicioso y moralista. Según me contó el mismísimo Gato hace un par de años, hasta llegaron a criticarle en la crónica de un diario que usase medias rojas, al no poder criticarlo por su arte.

Un buen día, el Gato decidió irse a Europa, en medio de una depresión. Su sonido increíble no tardo en abrirle paso en la escena mundial. La música original de la película “El último tango en París” lo instaló en lo más alto de su popularidad. El saxo de Barbieri, por momentos rabioso y por otros melancólico o sensual, resultó una marca registrada. Importantes contratos lo llevaron a radicarse en Nueva York (donde reside actualmente). Hablar con el Gato, es como hablar con un viejo chamán que domina un extraño arte donde se funden los sonidos del altiplano, el tango y un incierto futuro humano cruel y salvaje. Lamentablemente, aun espera el llamado de algún productor argentino que lo convoque para actuar en nuestro país, cosa que no sucede desde hace décadas.

El enorme Astor Piazzolla también fue un fusionador, un alquimista. Mezcló el tango con el jazz y la música clásica de vanguardia. “Eso no es tango” fue la frase más escuchada en los barcitos aledaños a la sede de Sadaic durante los años sesenta, aunque grandes músicos como el guitarrista Horacio Malvicino, el contrabajista Kicho Díaz y otros tantos lo siguieron en la aventura. El inolvidable disco Reunión cumbre con el saxofonista Gerry Mulligan representó el comienzo de una nueva vertiente del jazz fusionada con el tango. Los festivales internacionales de jazz contaron con la actuación de Piazzolla y sus distintas formaciones. Incluso algunas como el Conjunto Electrónico, que incorporaba modernos sintetizadores.

El  eterno Chango Farías Gómez fue pionero en los arreglos revolucionarios aplicados a las canciones folclóricas. El Grupo Vocal Argentino y los Huanca Hua fueron sus primeros proyectos. Posteriormente formaría un súper-grupo llamado MPA, junto a Peteco Carabajal en violín y bajo eléctrico, el Mono Inzaurralde en flauta y percusión, Verónica Condomí en voces y guitarras, Jacinto Piedra en guitarras y otros instrumentos y el mismísimo Chango Farías Gómez en voces, batería, guitarras y bajo. Escuchar a MPA en vivo era como escuchar a los Beatles del folclore. Chacareras con guitarras distorsionadas, bagualas que se convertían en blues y otras aventuras musicales, hacían que este grupo llevara el folclore hacia los límites menos pensados.

Lito Vitale y sus compañeros del grupo MIA, en los años setenta mezclaron el rock argentino con todas las otras músicas regionales del país. Posteriormente llevó adelante distintos proyectos (tríos y cuartetos) mezclando elementos folclóricos con sonoridades cercanas al rock sinfónico de Yes o Keith Emerson.

Divididos y su famosa versión del tema “El Arriero”, de Atahualpa Yupanqui, le mostraron a nuevas generaciones la raíz común que existe en todas las músicas, y que los estilos se pueden combinar dando nuevas sonoridades. Gustavo Santaolalla, quien produjo artísticamente a la banda, resultó un eslabón clave. Hace muchos años atrás, él y sus compañeros del grupo Arco Iris, fueron pioneros en incorporar elementos folclóricos al rock.

Actualmente, Santaolalla y su grupo Bajofondo han mezclado tango y música electrónica, generando nuevas sonoridades. Gotan Project es otro de los proyectos más longevos en ese tipo de fusión. Grupos como Tonolec o Tremor trabajan en la mezcla de la música del altiplano con la música electrónica con enorme repercusión y éxito. Días atrás Tonolec festejó su nuevo disco en un colmado Teatro Opera, y Tremor festeja la edición de sus discos en Estados Unidos y Europa.

La música es fusión. La vida es fusión.

Fuente: Télam

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10 de Diciembre de 2016|17:28
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