Cuentos con fútbol: "Unos días antes"

Durante todo el Mundial Brasil 2014, podés encontrar aquí cuentos en los que el fútbol y la pasión por este deporte son los protagonistas.

 Hubo en Villa Nueva una bruja a la que no se le escapaba una. Estaban los que decían que todo era cuestión de fe, que la adivina no era tal cosa y que sus presagios se cumplían por pura convicción del usuario; pero también estaban aquellos que no daban un paso sin consultarla. Si al tirarle las cartas a una dama aparecía un diez de oro, era cantado que una mujer rubia, más o menos joven, andaba rondando el hogar. Acto seguido, el marido de la sagaz señora se encontraba más vigilado que un miembro de Al Qaeda en el aeropuerto de Las Vegas. Muchos no aceptaban un empleo ni daban el sí al novio sin consultar a la bruja.

Uno de sus clientes vitalicios era Doña Mariela, la madre de Federico Contreras. Un mediodía llevó a su único hijo varón, cuando apenas era un bebé, a que la bruja profetizara su  futuro: “Será el corpiño el que obstaculizará su destino”, declaró  la adivinadora y la mujer fue llorando a contarle a su marido la tragedia. Don Contreras se juró a sí mismo, en honor a toda la testosterona que le corría por las venas, que jamás lo permitiría y desde entonces hizo todo lo posible para evitar la  desgracia. En cuanto Federico cumplió cuatro años, lo inscribió en  la única y verdadera actividad de machos de la República Argentina: el fútbol. Y resultó que Federico fue figura en el deporte provincial. Desde sus inicios, en el taller de deportes que funcionaba en la Escuela Ramponi,  mostró tener talento para atajar. Años después  lo convocaron para jugar en el Club Guaymallén, y más tarde, se ganó el puesto de arquero titular de uno de los grandes clubes de Mendoza.

Fue una tarde de junio cuando el demonio tomó forma.  El equipo de Federico se jugaba el Ascenso a la Primera División del Fútbol Argentino. El rival atacaba sin clemencia sobre un campo de juego en pésimo estado, producto de un recital acontecido días atrás que había dejado el césped del Estadio Malvinas como si lo hubiese pisoteado una manada de elefantes africanos. Al primer gol se lo clavaron por culpa de un defensor que metió el botín en el orificio cavado por la pata de una silla y cayó, perdiendo al atacante. En el segundo tiempo el visitante empató el partido y, faltando tres minutos para el final, el silbato del árbitro sentenció un penal a favor de la contra. Federico se concentró como nunca en la vida. Pensó en su madre estrujando el repasador en la cocina mientras escuchaba el partido en la radio, pensó en el Presidente del Club, que le había asegurado que aquel triunfo significaría el salto de su vida, pensó en su padre persignándose en la tribuna. Adivinó la jugada y tomó impulso para interceptar la pelota. Fue entonces cuando su brazo quedó atrapado en los fuertes tentáculos del mal. Mientras el grito de ¡Gol! seguía sonando en las tribunas, los demás jugadores trataban de desenganchar a Federico de los breteles de un corpiño: una fanática lo había arrojado sobre el arco durante el recital de Arjona, acontecido unos días antes.

Carolina Fernández

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11 de Diciembre de 2016|06:57
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