Cuentos con fútbol: "Tiki-tiki: policial y futbolero"

Durante todo el Mundial Brasil 2014, podés encontrar aquí cuentos en los que el fútbol y la pasión por este deporte son los protagonistas.

El Mecha había tenido una mala semana. Pésima. Acarreaba el peso de la muerte de su mejor amigo hacía un mes y esa semana, la maldita, todita había sido mala. En el laburo lo mandaron a otra sección, a las heladeras donde se cortaba el fiambre para embalar y poner en góndola. El mecha no andaba bien de ánimo y estaba irritado. Por las noches no dormía bien y se ponía de escabio solo en la pieza que alquilaba. Añoraba a su amigo Yeti -un punga de poca monta- que se quiso hacer el loco con un ingeniero luego de chorearle la billetera y el tipo sacó un chumbo y lo puso de toque.

Salió en todos los diarios. El ingeniero quedó como un héroe y el Yeti como un gil que para la gente “se lo merecía”. Al ingeniero lo fue a saludar a la puerta una banda de vecinos y lo vitoreaban como a Cobos por el “no positivo”. Daba conferencias de prensa y eso. El Mecha ya lo había advertido al Yeti: “Pará chabón que te la van a poner, hacela más tranqui boludo”. Al Yeti le gustaba burlar al punto que choreaba. Le gustaba pasarle el filo de la navaja por el cuello y vacilarlo, y esa era la que no iba para el mecha. Pero era su amigo. Hicieron la primaria juntos en la escuela del barrio y eran culo y calzón para todos los quilombos. Además eran dos mostros con la pelota en el barrio. En el equipo de la villa jugaban al tiki-tiki y siempre terminaban a las trompadas por hacerles caños a los rivales. Les decían “El Beto y el Bocha”.

El Yeti no tenía padres y lo crió su abuela, y la vieja hizo lo que pudo. El Yeti tenía algo así como un destino prefijado biológicamente porque al padre se lo había limpiado la yuta en un asalto a un camión de caudales en los 80. La madre se le murió de cáncer y era hijo único. Así fue que terminó con la abuela Mirta, una vieja mansa que le bancaba el morfi, la pilcha y lo ayudaba con la escuela. Pero el Yeti…era el Yeti.

En fin, el mecha estaba masticando el dolor por la pérdida de su mejor amigo y tuvo, como les contaba, una semana maldita. Salía hacía un tiempo con una mina casada que se levantó en el súper donde laburaba y se había enconchado. Estaba hasta la japi con la mina. Quería vivir con ella a toda costa. Pero la mina no. No le pintaba esa. Para la mina la historia era corta: salir a hacer las compras sola y demorarse un par de horas fuera de su casa. Ahí se encamaba con el mecha en la pieza donde vivía. La mina “era una fiera”, contaba el Mecha en la ronda de los viernes con los vagos. Se lo curtía sin mediar palabra, de una, y así hasta que se iba. El Mecha andaba solano y por esas cosas del encame se enamoró de la mina, casada hacía 15 años. El marido laburaba todo el día. Era repartidor de una empresa de lácteos y hacía una moneda. Pero la mina estaba aburrida y media chapa, no tenía hijos y no sabía qué puta hacer con su vida. Bueno, en este caso se levantó al mecha, diez años más chico y se lo morfaba tres o cuatro veces por semana. El Mecha quedó re puesto.

La cuestión que el Mecha andaba mal por lo del amigo, el Yeti, el muerto; y se aferró a la mina como pulga de perro callejero. Esa semana, la maldita, la mina no apareció más por el laburo del Mecha y no sabía cómo ubicarla. En realidad sí sabía, conocía la casa pero no se animaba ni ahí a tocarle el timbre. Excusas tenía miles pero no se animaba. La Bocha vino así: pasaron tres días que no aparecía la mina y el Mecha andaba nervioso y miroteaba todo el tiempo a la gente en el laburo, en el súper, mientras reponía mercadería. Uno de los vigilantes del lugar, de esos que andan pispeando a los empleados para cagarlos a pedo y venderlos con el gerente, lo vio raro y se le acercó.

-¿Qué pasa Mecha que andamos raro?

-¿Raro? Nada gil- contestó el Mecha.

-Decime la verdad, estás raro y no estás haciendo bien tu trabajo.

-Tas loco vos chabón, yo hago lo que me toca, ¿dónde has visto?

-Mirá, hace días que te veo así, distraído y te demorás con las reposiciones y no remarcás los precios que te pido. El otro día te vi colgado viendo un partido en la zona de los LCD. Yo, acordate, controlo cada movimiento, pibe, es mi laburo.

-Porque sos un botón, por eso- le mandó el Mecha.

El inspector se calentó y lo vendió con el gerente mal. Por eso el mecha terminó en las heladeras donde se corta el fiambre, que era como un castigo porque ahí estaba aislado y tenía que hacer un laburo muy automático. El Mecha estaba embolado pero se la tuvo que comer porque no se podía jugar a perder el laburo. Se clavaba canuto los auriculares y escuchaba los partidos de fútbol jugara quien jugase. Era hincha del Tomba y venía de los barrios bajos, donde jugaban antes y eran “El Beto y el Bocha”.

-Andá Mecha, cortame el salame y la mortadela bocha en fetas y ponelas en las bandejitas. Eso todo el tiempo y sin chistar, pibe. La próxima te mando a la puerta del lado de afuera. ¿Se entendió?

Con la cofia, el delantal y un gorrito que le agarraba el pelo, el Mecha quedó irreconocible. Parecía un cirujano igual a todos los cirujanos que laburaban en las heladeras donde se corta el fiambre o despostan las vacas del sector carnicería. Encima no estaba a la vista del público. Con esto el Mecha se sentía liquidado. Cada noche llegaba a la pieza con un tubo. Se hacía un sánguche y se bajaba toda la botella hasta dormirse. Estaba hecho percha el tipo. Atrapado e invisibilizado en el laburo, sin ver a su amante y de duelo por el Yeti. Un garrón. La procesión del Mecha iba por dentro y maquinaba cualquiera. Se le puso la mina entre ceja y ceja y no paraba de pensar cómo encontrarla. Fue así que la semana maldita iba a terminar cerrando el círculo de baba que le había tejido el destino. El viernes por la noche se juntó con los vagos a comer un asado. Hablaron de los viejos tiempos, de las piñaderas en el campito cuando jugaban a la pelota de niños y Ferro tenía un equipazo. Terminaron todos en pedo abrazados y llorando, de borrachos.

El sábado amaneció nublado y frío. El invierno se anticipaba con sus primeras heladas y ya se podía ver en los autos esa capita de hielo finita que se acumulaba por las noches. Era el último día de laburo de la semana para el Mecha y no quiso dejar pasar más tiempo. Esa mañana se levantó y se hizo unos verdes, se bañó, afeitó y salió bien vestido. Resaqueado pero bien vestido. Mejor que de costumbre para ir al laburo. La calle vacía lo esperaba. El Mecha salió jugado todo por el todo de su pieza y encaró a la casa de la mina. Antes besó un póster del Cachorro Abaurre pegado a la pared. Uno donde el Cachorro sale gritando el gol que descendió a la Lepra el 9 de abril del 2002. No era lejos, apenas unas doce cuadras de su nido. Llegó a la puerta con los primeros cantos de los pájaros y la mañana clareando. Tocó el timbre decidido una, dos y tres veces. Fuerte. Vio que alguien se asomó por la ventana pero no alcanzó a divisar quién era por la cortina. Al fin escuchó la voz de un tipo.

-¿Quién es?

- Hola buen día, soy el Mecha, vengo a buscar a Claudia.

El tipo abrió la puerta y apareció como un fantasma despeinado, recién levantado del catre. De mal aspecto y en calzoncillos.

-¿Y quién sos vos?

-El Mecha, un amigo de Claudia.

-Ahh, ¿vos sos el Mecha? Pero qué temprano que viniste hermano, yo te esperaba más tarde. Claudia no está, se fue de viaje a Corrientes a visitar a su prima, pero me dijo que ibas a pasar. ¿Te contó el laburo Claudia?

El Mecha quedó petrificado en la puerta como si le hubiera pasado un aluvión de hielo por el cuerpo. No se movió ni pestañeó. Solo atinó a decir “Sí, era por eso”.

-Bueno pasá, campeón, mi nombre es Carlos, aguantame que me visto y hago un feca y te comento.

El Mecha entró a la cocina y se sentó. No podía creer lo que estaba viviendo. La casa tenía olor a fiambre, hediondo, a salame. Igual que en las heladeras donde fileteaba para las góndolas. El fiambre era un karma. Asqueaba. El tipo salió del baño peinado a la gomina y con una bata de toalla vieja desteñida. Hizo café y calentó unas tortitas.

-Como te decía, Mecha, el tema del laburo. Yo necesito un acompañante para el reparto los fines de semana porque se me fue el compañero que tenía. Necesito uno que me asista, como en el fútbol ¿viste? Y Claudia me dijo que vos laburabas en el súper y andabas buscando un laburo más, un refuerzo. Por lo que me contó me parece que sos la persona indicada. Viste como es Claudia, observadora ¡Y te pintó de cuerpo entero! Bueno, es simple, los sábados a la tarde y los domingos necesito un compadre que baje en los negocios de los clientes que tengo y tomar el pedido de la semana. Yo, mientras vos tomás los pedidos en la zona caminando, voy a dejar o cargar mercadería a otros boliches, y te paso a buscar cada media hora y así. Eso me hace rendir el doble el laburo. Y en la semana se me facilita porque sé qué llevar a cada uno. ¿Se entiende?

-Sí, se entiende. Pero, ¿cuándo vuelve Claudia?

- Y, no sé, puede que se quede un mes o más. Le va a venir bien porque no está de ánimo y no sabe qué puta hacer. Yo le dije que se fuera un tiempo a la prima, que la quiere mucho, a Corrientes, a descansar. ¿Viste cómo son las minas Mecha? Cuando están al pedo se la pasan llorando y saliendo a dar vueltas y eso. En fin, pero no sé. Lo importante es que podemos hacer ese laburo juntos y a mí me sirve de mucho y me imagino a vos te ayuda con la guita. Ella me dijo que vos le pediste que si sabía de algo para laburar los fines de semana, y bueno, te tiró una onda y acá estamos.

- Dale, me pinta Carlos. ¿Y cuánto me garpás por eso?

- Doscientos cincuenta mangos por finde. ¿Qué decís? Es una luca por mes…

- Y dale, me sirve. ¿Cuándo arrancamos?

-Esta tarde… a las seis te espero acá.

-Listo, nos vemos esta tarde.

Cuando Carlos le cerró la puerta, el Mecha se quedó en la esquina mareado. No entendía nada. Atrapado en su laberinto pensó en no ir al súper ni a la tarde volver al nuevo laburo. Y así fue. Volvió a la pieza y se metió a la cama a dormir. Tenía en su ropa la hediondez del salame de la casa de Claudia.

Por la tarde le golpearon la puerta de la pieza. La señora que le alquilaba le dijo: “Mecha, te viene a buscar Carlos, un muchacho en una camioneta, lo hice pasar, yo salgo al súper a hacer las compras y vuelvo más tarde”

Carlos entró a la pieza y vio al Mecha acostado. Lo miró fijo uno segundos y sacó un chumbo de la campera de cuero. Le apuntó y lo puso en la frente. Arrancó el póster del Cachorro Abaurre de la pared y le tapó la cara.

Marcelo Padilla

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Opiniones (1)
4 de Diciembre de 2016|23:27
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4 de Diciembre de 2016|23:27
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  1. Espero que los foristas agresivos que siempre atacan a Marcelo, le sepan valorar la capacidad que tiene de narrar una historia como esta. Y si tiene capacidad para escribir de esta manera, no habrá que preguntarse que tal vez tenga esta misma capacidad y sensibilidad de describir la realidad?
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