Cuentos con fútbol: "No lo vi, me lo contaron"

Durante todo el Mundial Brasil 2014, podés encontrar aquí cuentos en los que el fútbol y la pasión por este deporte son los protagonistas.

               No lo vi, me lo contaron 

Este sabía que no iba a ser un fin de semana más en mi vida, iba a ser muy especial. Porque cada vez que se presentaba un evento de esta magnitud uno se preparaba de otra manera, encaraba la semana con muchas más ganas.

Estaba muy contento porque la relación con Cecilia avanzaba y ese domingo iba a conocer a su familia. ¿Justo ese día?, esto le agregaba otra dosis de presión que tenía que soportar para pasar la prueba y esperar la aceptación. Porque cuando uno esta metido con alguien quiere dar una buena impresión y que la familia lo adopte como “el novio de la nena”.

Partimos temprano de centro y nos tomamos el 10 y no fuimos rumbo a Rusell, que lindo lugar, no lo conocía, ideal para irse a vivir, no te digo ya porque sigo siendo un bicho de ciudad, pero en 4 o 5 años me instalo y disfruto de la tranquilidad y el paisaje.

Cuando llegamos a la casa, las palpitaciones me aumentaron y te juro que pensé que me agarraba taquicardia. Cecilia, con la dulzura que siempre la caracteriza, me sobó la espalda, me dio un beso en la mejilla y me agarró la mano para mostrarme el camino hacia su hogar y me dijo “quedate tranquilo, que les vas a caer bárbaro”. Eso me relajó un poco y disminuyó los latidos de mi corazón, pero igual tenía el cagazo de conocer por primera vez a la familia de mi novia. Era algo normal en cualquier mortal.

Desde que tocamos la puerta hasta que abrió la madre se me hizo eterno, para mi pasaron como 4 años, un mundial.

Con una gran sonrisa la mamá nos recibió a su nena y a mí. Muy amablemente me dijo: “al fin te conocemos, gracias por venir”. Obvio que cada vez me sentía más a gusto y la transpiración ya no emanaba de mi piel.

En el living estaban los dos hermanos, el arquitecto, que estaba en un mano a mano con un plano de un edificio de 9 pisos, y el bodeguero que estaba tirado en el sillón descansando. La simplicidad con la que me recibieron hizo que me sintiera más cómodo que Ferro jugando con una formación 5-4-1.

Me quedaba el padre, la figurita más difícil, el defensor más bravo que cualquier delantero-novio puede enfrentar. Tomé aire, me di aliento en silencio y lo encaré. Estaba en la cocina tomando unos mates amargos, tenía cara de pocos amigos, gestos de central rústico que no tiene inconveniente de acomodarte una patada en la rodilla o en la mandíbula. Pero por suerte no todo es lo que parece. A veces es malo establecer un juicio en la primera impresión. “¿Cómo le va jovencito?, mucho gusto en conocerlo”, fueron las primeras palabras de mi futuro suegro. Ahí fue cuando me volvió el alma al cuerpo y me sentí Burruchaga marcando el tercer gol a los alemanes en la final de México ’86. ¡Que felicidad!, la familia de mi novia tenía toda la onda y más también.

El almuerzo fue super agradable, unas pastas caseras que era pecado no chuparse los dedos. Las charlas eran amenas y prolongadas. Se hablaba en la mesa de varios temas, desde los trabajos de cada uno, los personajes mediáticos, de las vacaciones, de la inseguridad y hasta de un supuesto Mapa del Delito.

En un momento de la plática, miré el reloj y me di cuenta que se acercaba la hora de la verdad y la ansiedad comenzaba a ganarle a mi tranquilidad. En cuanto tuve un rato a solas con mi novia le tuve que hacer la pregunta clave: “¿Me imagino que ahora nos vamos a poner a ver el superclásico, no?”. Cecilia, con la felicidad angelical que tiene me respondió en monosílabo: “No”.

Pensando que era un chiste y con una sonrisa en mi cara le retruqué. “Pero mirá que no hay que pedir el codificado. Ahora está el fútbol para todos y se puede ver por canal de aire, ¿Tienen canales de aire acá?”, dije en broma.

– Si, tonto, lo que pasa es que en mi casa no ven fútbol.

– ¿Qué?

– No les gusta, que querés que le haga. Aparte el tele se lo prestaron a mi abuelo que esta un poco enfermo.

Un poco molesto le pregunté: “Lo puedo escuchar por radio”.

– Está rota.

Mi rostro comenzó a transformarme y me desfiguré más que Frankestein y Freddy Krugger juntos. No lo podía creer. Yo me vengo a topar con una familia afutbolística, sin fútbol en la sangre. Porque mira que podés ser católico, evangélico, judío, agnóstico o lo que sea. Podés inclinarte por el justicialismo, radicalismo, la izquierda, la derecha o cuanto partido político nuevo sale. Pero perderse el Boca-River que encima va por los canales locales era lo peor que me podía pasar.

Toda la semana pensando, preparándome, palpitando una de las fiestas más importantes del fútbol mundial, para que ese sueño se esfume en uno segundo.

Me quería matar, quería que la tierra me tragara y me llevara no sé, a Japón y allí meterme en un bar a tomar Sake y a oler a pescado mientras veía el partido.

¡No les gusta el fútbol!, tres hombres en la casa y no le gusta el fútbol, que mal culo el mío. Porque que no le guste a mi novia y a su madre puede ser entendible. Pero era el  Boca-River, no era Douglas Haig-Santamarina de Tandil.

Internamente entré a putear a mansalva. Comencé por mi vieja, mi hermana, mis abuelas, mis tías, luego seguí por los santos que me acordaba, la lora, la mula, la coneja y el resto de la granja.

Volví a transpirar, la taquicardia me taladraba el corazón, tenía ganas de llorar, de vomitar, de dejar de existir. En serio, no era joda, era el superclásico del fútbol argentino. Yo sentía una pasión enorme por este partido, existe todo un ritual que mezcla alegría, tristeza, nervios, goce antes y durante el derby. Me estaba perdiendo eso, me iba a perder eso.

Luego de conocer la historia de todo el árbol genealógico y de poner cara de interesado, sentí que había equivocado el día de conocer a la familia de mi novia. Todo bien con ellos, pero que no les guste el fútbol, la verdad que no lo podía creer.

Eran las 8 de la tarde y me tomé el micro de nuevo a casa, con la amargura hecha persona. Despedí a mi novia y a los suyos de muy buena manera y sin mostrar mi tristeza volví a mi lugar.

La procesión iba por dentro y los 50 minutos de viaje me parecieron eternos. El chofer del micro iba escuchando cuarteto al palo, como si estuviera en el Fantástico bailable. Yo viajaba solo con mi alma y deseaba llegar rápido a casa para ver si enganchaba la repetición del superclásico.

Ya en el departamento agarré una cerveza tibia sin demasiado gas para matar mi pena y puse Fútbol de Primera para ver el refritado del Boca-River.

Pero tampoco pudo ser, se cortó la luz, no solo en todo el edificio sino que en varias cuadras a la redonda. “La puta que lo parió”, se me soltó desde lo más profundo de mis entrañas y masticando bronca me tuve que acostar a la fuerza.

Al otro día me enteré como habían salido y todos se me cagaban de la risa porque era el único boludo que no había visto el partido.

Ahí me enteré como habían salido. No lo vi, me lo contaron. Igual era tarde, el ritual futbolero no me lo devolvía nadie.

A partir de ese día me prometí algo para el resto de mi vida. El día que se juegue el superclásico argentino no voy a ir a visitar a la familia de mi novia.

Ernesto Ramos

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