Cuentos con fútbol: "El cruce de los Andes"

Durante todo el Mundial Brasil 2014, podés encontrar aquí cuentos en los que el fútbol y la pasión por este deporte son los protagonistas.

                          El cruce de los Andes 

Corría el año 1974, yo trabajaba como empleado bancario en Las Cuevas, para el que no lo sabe, esa es la última localidad cordillerana argentina antes de cruzar la frontera con Chile. Se encuentra a 3.300 metros sobre el nivel del mar, rodeada por altos picos nevados y a merced de aluviones recurrentes. Al fondo hacia el norte se divisa la entrada atemorizante de la Quebrada Matienzo, que parece una cuchara plateada dirigida hacia lo desconocido.

Contaba con una docena de lindas casas de piedra canteadas con techos a dos aguas estilo alpino construidas a ambos lados de la ruta por el gobierno de Perón en los 50. Digo contaba porque ahora el complejo aduanero que funcionó en aquel entonces fue trasladado cerca de Puente de Inca, en Los Penitentes, y aquello se encuentra desmantelado. Entristece ver las pintorescas viviendas semidestruidas y el abandono general que señorea aquello. Apenas quedan en pie, como reliquia de mejores tiempos, algunos muros de piedra y el arco de granito con la inscripción de “bienvenidos” que a menos de un centenar de metros cruza encima de la antigua carretera.

A la sazón, yo era el empleado de la sucursal del desguazado Banco Mendoza que se dedicaba al cambio de divisas y a efectuar los pagos de sueldos a los lugareños. En las restantes casas vivían empleados de diferentes reparticiones públicas.

La incomunicación, la distancia, la soledad, la necesidad de matar el tiempo, nos obligó a estrechar vínculos entre los residentes. Había un grupo que resultó ser hincha fanático de Independiente Avellaneda, nos aglutinamos de inmediato como imán al hierro y nos juntábamos a diario en la casa del jefe de estación. Escuchábamos la radio y leíamos El Gráfico. Todas las conversaciones giraban en torno a un tema excluyente, “El Diablo Rojo”. Sabíamos vida y andanzas de cada jugador, las alineaciones gloriosas, las fechas memorables. El club pasaba en aquel tiempo por un momento excepcional, habíamos ganado dos años consecutivos la Copa Libertadores de América. Y este año la definíamos frente al San Pablo de Brasil. En el partido de ida, ellos ganaron por dos a uno en San Pablo, y en Buenos Aires nosotros dos a cero. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando escuchamos en la Oral Deportiva que el partido definitorio se jugaría el 19 de octubre en Santiago y no en Montevideo. La comunidad roja local entró en ebullición, había conciliábulos, juramentos, cábalas insólitas. Un cónclave de hinchas al final decidió que esto debía ser algo parecido a la epopeya juramentada de Fuenteovejuna de Lope de Vega. Una delegación de Las Cuevas tenía que estar sí o sí en el estadio para alentar, sobre todo porque el mal tiempo impedirían viajar a muchos compatriotas. Capaz que seríamos los únicos en estar al otro lado de la cordillera para defender los trapos sagrados.

Alvarado de gendarmería, Barreto de Vialidad, Stradioto de la hostería, Giunta de ferrocarriles y yo, Maggiore, fuimos comisionados. Se hizo una colecta, compramos licores y cigarrillos en cantidad. Giunta puso el Fiat mil quinientos gasolero a disposición y el gobierno, sin saberlo, proveyó del combustible, que se lo sacamos a una barrenieve. El resto nos acercó cualquier cantidad de amuletos que impulsarían la misión. Si te digo que en el bolsillo trasero llevé durante el viaje un diablo de hule rojo cuyo chifle sonaba al sentarse.

El plan fue cuidadosamente calculado. Luego de las siete, cuando cerraron el portón del túnel y el transito quedó suspendido, los cinco viajeros abrimos el candado y nos internamos  por las vías del socavón que horadaron para el ferrocarril a principio del siglo. Este no contaba con ningún revestimiento, uno podía ver las sombras chinescas de las piedras oscuras abalanzársele y en varios tramos chorros de agua helada que repiqueteaban contra el techo de la carrocería. En el lado chileno, los carabineros, advertidos por teléfono, nos dejaron pasar: recibieron un voluminoso paquete que desapareció con asombrosa rapidez debajo de una manta de Castilla y con la cara impasible levantaron la barrera. Bajamos los Caracoles a toda velocidad, una hora más tarde entramos en Los Andes. Allí, sin vacilar, nos dirigimos hasta un conocido prostíbulo en la Avenida Independencia pegado al Cerro de la Virgen, “Lo de la Carlina”. Desocupamos el auto y guardamos varias cajas bajo llave en un armario. De inmediato tomamos vía Calle Larga a Santiago. Por la ventanilla trasera flameaba permanente la bandera del rojo y cantábamos eufóricos “Dale rojo dale, dale rojo. Dale rojo”. El Estadio Nacional era el mismo que durante meses había servido de campo de concentración al gobierno de Pinochet. Conseguimos las plateas con los revendedores y al pasar compramos los populares sánguches de potito y varias pilseners y nos acomodamos en las butacas de visitantes.

A la hora en punto salieron del túnel los brasileños. El estadio aplaudía hasta enrojecer las manos como si se fuera a venir el cielo abajo, luego vino el turno de Independiente, una silbatina abrumadora bajó desde todos los rincones de las graderías. Entremedio llovió una generosa andanada de insultos al club y al país, de pasada. Se ve que locales no íbamos a ser. Después, los equipos se alinearon, sonaron los acordes de los himnos patrios. Ahí la cosa se puso fea cuando le toco el turno al nuestro. Comprobamos la hostilidad generalizada y el clima adverso. Alvarado se puso de pie, se colocó la mano en el corazón y empezó a cantar a grito pelado: ”Oíd el grito de rotas cadenas…”. A los demás se nos puso la piel de gallina y no nos quedó otra, nos paramos, de repente, entre la turba enardecida y protegidos por doble hilera de carabineros, podía verse al puñado de compatriotas aguantando como mártires cristianos en el centro del Coliseo de Roma y rodeados de leones.

En ese momento, a pesar del desbarajuste, me pregunté ¿qué hago acá entre estos dementes? Arriesgo el trabajo. ¡Mirá si alguien saca una foto y marcho preso! se supone que estamos cumpliendo funciones. Eso fue por un segundo, pero cuando vi a mis compañeros estoicos como rulo de estatua, me puse duro y seguí cantando.

El primer tiempo fue como todos los primeros tiempos de los partidos de la Copa Libertadores, sucio, enredado, jugado con mala leche, de repente Pavoni anota el gol  y nos fuimos ganando al descanso. La odisea fue en el segundo período. Nos pelotearon hasta por debajo de la lengua, lo único inexplicable es cómo el balón no entró al arco: parecía que un escudo divino y protector defendía la meta. A los treinta y siete minutos del segundo tiempo, Orozco, el peruano, cobró un penal. Pensé en Santoro, que se fue al Hércules de España, y en el hecho de tener un guardavallas con apellido Gay; “eso nos costaría el campeonato”, murmuré, y me di vuelta para no mirar. Sin embargo, Gay le atajó el tiro de los doce pasos a Ze Carlos. El resto del partido fue un suplicio, un sufrimiento que no se lo deseo a nadie. Fueron otros nueve minutos; los nueve círculos del Dante hasta que llegó el final. Sonó el silbato y ganamos, ga-na-mos. El Rojo, primer tricampeón de América; imagínense el estadio en silencio y nosotros saltando el alambrado. Sé, porque la foto no deja mentir, que yo en algún momento llevaba en andas a Bochini dando la vuelta olímpica. Se lo puede ver apenas en calzoncillo encaramado a mis hombros y revoleando una bandera argentina

Apenas disminuyó un poco la euforia, nos dirigimos al estacionamiento, rápidamente tomamos la ruta a Mendoza, en esa época Chile soportaba a las doce el toque de queda. Mediante una carrera contra el tiempo, logramos llegar hasta donde la Carlina, allí nos esperaba un ramillete de frescas niñas y música. Festejamos el título a lo grande, no necesito contarles detalles, fue una noche inolvidable. A las cinco de la mañana, algo mareados, subimos al auto y emprendimos el regreso, dejamos cajas de cigarros, whisky y un manojo de billetes. Hora y media después cruzamos el túnel. En Las Cuevas, sus habitantes nos esperaban formados y saludaron como para un desfile militar. Al rato entramos a trabajar, un poco demacrados y con marca de lápiz labial, pero habíamos cumplido la misión.

El Gráfico de esa semana mostró en la página central a todo color al reducido grupo de Las Cuevas cuando cantaba el himno patrio.

Nunca olvidaré ese cruce de los Andes, tal vez fue un poco menos ostentoso que aquel de San Martín en el mil ochocientos diecisiete, pero igual de heroico al fin. A los cinco expedicionarios nos costó la carrera. A pesar que nadie botoneó, cuando nuestros superiores vieron las noticias, aplicaron sumarios, traslados y despidos. Para mayor desgracia, a mi mujer le llegó el rumor de la farra en el cabarute chileno y se fue de la casa con los niños. Pero basta de lamentos. Lo mismo, si vuelve a presentarse la oportunidad de asistir a una final de Independiente, yo no lo voy a dudar un instante, porque el Rojo, más que un color, es una forma de enfrentar la adversidad.

Aldo Rocamora

_  _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _

Otros textos:

Messi, de Roque Grillo

¿Qué te pareció la nota?
No me gustó9/10
Opiniones (0)
3 de Diciembre de 2016|16:40
1
ERROR
3 de Diciembre de 2016|16:40
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
    28 de Noviembre de 2016
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016