Cuentos con fútbol: "Musa"

Durante todo el Mundial Brasil 2014, podés encontrar aquí cuentos en los que el fútbol y la pasión por este deporte son los protagonistas.

                                  Musa

Yo sabía por qué había rematado el penal afuera. Los hechos me dieron la  razón cuando horas después en el confesionario de un célebre programa deportivo, dijo sin anestesia: “La pasión no se negocia. Al club de mis amores no le hago goles, es como matar a mi vieja”.

En esa noche, mientras muchos se asombraban por semejante honestidad brutal, yo le iba deletreando a la santa todo lo que iba a añadir: “Con qué cara podría después mirar a mi viejo, a mis hermanos y a mis amigos, que estaban detrás de esa tribuna...”.

“Qué incorregible este Musa”, dije risueño. Igualito que en el aquel otro penal de veinte años atrás.

Con otros términos, gestos y otra estatura, pero con la misma convicción, en nuestros tiempos de niñez me había hecho su declaración de principios del porqué se escondió en el baño para rehusarse a patear el penal decisivo. Un remate definitivo que le hubiera dado el título al Quinto A, en el campeonato del colegio primario. En los dulces años en que la primera división nos quedaba lejos todavía, una carrera en la que el negro Musa se cortaría solo.

Esa historia de dudoso final feliz tuvo un origen del cual un tal Castrillejo fue un involuntario partícipe, como ocurre con ciertos personajes.

El Castrilla fue el sinónimo del verdugo durante cuatro años. Flaco, desgarbado, con presencia cualunque en la cancha, nos había amargado desde primer grado en esos duelos de la división A contra la B, estos últimos nosotros. Tenía la rara virtud de hacerse el boludo para merodear el área chica y una indudable capacidad para acaparar la última bola de la tarde-noche y depositarla en nuestro arco con esas piernas que no decían nada pero sí mucho hacían.

Durante cuatro años consecutivos, los del B sobrellevamos la pesada cruz de que el A acribillara nuestros infantiles deseos de ser los campeones escolares. Mucho peor era ser testigos de una postal ridícula copiada de algún El Gráfico de época, la de Castrillejo llevado en andas por la Avenida de Acceso, mientras nosotros, muertos de envidia, lo puteábamos sin disimulo o buscábamos cascotes para derribar a aquel prócer imberbe.

Hasta que llegamos a quinto grado. Por sobre la lógica flojedad posvacacional que a cada niño en edad escolar le cabe, era grande la ansiedad por el reencuentro con los pequeños amigos, por conocer a una nueva maestra y, sobre todo, por restablecer el fútbol escolar.

Sin embargo esa ansiedad derivó en orgullo herido justo el primer día de clases. Ese día nuestro eterno compañero desde el primero infantil, el capitán del curso y acérrimo defensor de la sigla B dejaba de ser de los nuestros para pasar a ser de los otros. Por error u omisión el cura rector lo había inscripto en el Quinto A. Pero no era lo único, como una suerte de triste enroque, nuestro nuevo compañero era nada menos que el vituperado Castrillejo.

¿Qué hacemos?, nos preguntábamos el resto de los referentes de la división B en la asamblea de los recreos, como si eso en definitiva dependiera de nuestra voluntad. El punto de discusión no era el que pudiéramos contar con nuestro enemigo íntimo – Castrillejo–, sino cómo sobrellevar el nuevo campeonato sin un amigo y símbolo como Musa.

Era insólito suponer que tanto uno como el otro, tuvieran que afrontar la nueva temporada con las camisetas y los compañeros equivocados. Es más, el cura rector nos recibió en su despacho sin imaginarse el motivo real de nuestra visita. “Padre,qué posibilidad hay de que Musa vuelva a nuestro curso y Castrillejo con sus amigos del A”, ingenuo le dije yo.

“Dios pone a prueba el valor de la amistad. El señor quiere que ustedes estén en Quinto B y Musa en Quinto A. Lo hace para medir el valor y el afecto sincero de vuestra amistad más allá de las distancias. Así que no vayamos contra la voluntad de Dios”, fue la respuesta del Cura, quien sacaba provecho hasta de un simple desliz administrativo para sermonearnos.         

No quedaba otra. Debíamos digerir el mal trago, pero de la mejor manera. El oportunismo de Castrilla, tantas veces sufrido en carne propia nos ayudó a ganar nuestra zona y así meternos en la final como en los años anteriores. Y los del Quinto A, con la calidad de Musa también quedaron como primeros de su grupo y por ello ganaron el derecho a una nueva definición de torneo. No había chamuyo, estaba en juego el honor, eran ellos contra nosotros y tanto Musa como Castrillejo, debían guardarse sus melancolías y tratar de dar lo mejor de sí por simple instinto natural futbolero.

Fue un domingo por la mañana. Mucho nervio y poco fútbol para un insípido cero a cero, en el que evidentemente la situación inédita sobrepasó la voluntad de los jugadores con las camisetas equivocadas.

Debía nomás definirse por penales. No nos dábamos tregua, convertimos los primeros cinco y ellos también, entonces de allí en más con que uno marrara y el otro convirtiera bastaría para proclamar un ganador.

Quizás cuidadosos-o temerosos- en el detalle de no ofender a nadie, restaban solamente los remates de Castrillejo y Musa quienes habían preferido no patear en primera instancia. Remató el sexto penal el ex enemigo nuestro y como era de esperarse fue gol. La posibilidad de empardar quedaba en el pie diestro del Negro.
Sin embargo cuando el árbitro puso la pelota sobre el circulito blanco, Musa había desaparecido. Lo buscaron por todos lados, pero fue inútil. El juez –un  pibe de séptimo–, abonado a la impaciencia, dijo que repitiera Naalband, uno de los que ya había convertido. El gordo le entró bien fuerte pero muy anunciado, de tal forma que Ampuero, nuestro arquero, atajó sin problemas.

Castrillejo, en vez de festejar se largó a llorar entre la vergüenza propia, el reclamo de las viudas de Quinto A y nuestro delirio por gritar campeón luego de cuatro años de felicidad trunca. Abrumado por las culpas que lo persiguieron hasta séptimo grado, nuestro impensado goleador volvería con sus antiguos camaradas al año siguiente.

Respecto a Musa, diré que me lo encontré un rato después escondido en uno de los garitos del baño.

– ¿Cómo salimos?, me preguntó con un rostro que evidenciaba tranquilidad.
Era un golpe bajo preguntarle a qué equipo se estaba refiriendo. Sabía bien que me preguntaba por el B, por nuestro curso.

-Salimos campeones, con el gol de penal de Castrillejo.

Musa pegó un alarido de euforia.

– ¿Vos me entendés por qué no quise patear?– me toreó.

– La verdad que no, che. Si al final era un partido amistoso, no era para tanto– desdramaticé.

– Jamás le haría un gol a mis compañeros, boludo. Nunca. Además era nuestro primer campeonato…– remató con vehemencia.

No entendí la importancia de esa rara decisión suya hasta mucho después. Uno ya acostumbrado a ver a cipayos pusilánimes, capaces de cumplir con el mandato del buen profesional, de meter el último gol de un 6 a 0 al club de sus amores, de haber renegado del barrio, de sus costumbres, de los colores primarios, de su gente y hasta de su propia ideología, no podía creer que las acciones del corazón superaran las obligaciones de la razón.

En eso pensaba cuando los de la TV vinieron a pedirme una opinión sobre la actitud del mendocino Osvaldo Musa, el cinco de Chacarita que tiró deliberadamente un penal decisivo afuera ante Fray Luis Beltrán, el club que lo acunó, en el que hizo sus inferiores hasta su desembarco en la Primera. Decisivo remate desde los doce pasos, no tanto para Chacarita que navegaba en la mitad de la tabla sin asuntos emparentados con la punta ni problemas de descenso, sino porque hubiera signado la derrota y el descenso de Beltrán.

– Usted que lo conoce desde hace mucho. ¿Por qué cree que hizo semejante barbaridad?– me preguntó un periodista de lentes, con onda de inquisidor.

– ¿Por qué lo hizo? Y, simplemente, fue una cosa de chicos– respondí.

Fernando Montaña

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