A diez años de la partida de la gran Eliana Molinelli

Hace una década, nos dejaba una escultora fundamental de Mendoza. Aquí, su propia hija, la actriz Natasha Driban, nos presenta una entrevista inédita a esta artista inolvidable y talentosísima.

Hoy 13 de junio se cumplen diez años del fallecimiento de la genial artista Eliana Molinelli. Creadora de esculturas conmovedoras en metal de cuño expresionista, y ganadora de todos los premios a nivel nacional, Eliana Molinelli sigue hoy trascendiendo e impactando con la fuerte presencia de su mural en Plaza Independencia, en los museos del país, en las muestras en su homenaje, y en la huella indeleble que dejó en todos lo que la conocieron.

"Quería compartir esta entrevista que encontré organizando sus papeles y que fue escrita un tiempo antes de su fallecimiento. Eliana estaba trabajando para una de sus últimas muestras en Buenos Aires (2003),y quería poner en limpio sus creencias y su derrotero creativo, respondiéndose a sí misma preguntas que surgían de su propia necesidad interior", presenta, al respecto, Natasha Driban Molinelli, hija de la escultora y conocida y talentosa teatrera mendocina.

- ¿Cómo nació la pasión de ser artista? ¿Quiénes fueron tus primeros maestros?

- De chica cuando amasaba con mi madre los ñoquis del domingo y dejaba sobre la mesa esas figuritas que hacen todos los niños. En la secundaria le hacía el dibujo a casi todos mis compañeros. Y cuando entré en Bellas Artes con un poco de miedo, sentí la felicidad de saber que estaba en el lugar que soñaba, el olor a barro, a humedad, el olor a taller llenaban mi alma y con ese delantal en la vieja escuela, Domínguez me enseñó a hacer la primera cabeza. Luego la época de los grandes maestros: Sergio Sergi, Delhez, Labourdette, Pagés, de la Motta…

- El metal como material, ¿Estuvo siempre ligado a vos? ¿Qué te atrajo de un material tan duro?

- Sentí que era un destino ineludible desde el día que vi como una chapa o un hierro se pegaba a otro solamente con un haz de fuego. La primera vez, me quemé la cara de tanto soldar. Claro, no dominaba la técnica, pero estaba más que alborotada, esa sensación de alegría cuando descubrís cosas disimiles. Permitirse la “cosidad”, y la capacidad insólita de mostrarse. Pero lo insólito está en lo irrepetible. Por eso pienso que las técnicas se pueden contar pero que nadie en el arte podrá repetir igual cada experiencia. Pienso en los collages de Berni y su “Juanito Laguna” o en los frottages de Max Ernst o en los grabados de Rembrandt. Cada artista produce dentro de sí una elaboración parecida a la alquimia, cada uno transforma la materia en otra cosa sólo alentado por lo inasible de lo más propio del ser de cada uno.

- En tu caso la transformación de ese metal ¿qué te llevó a mostrar de tu propio ser?

- En mí primó el deseo de ver la forma de los seres de Dios con sus seres creados y perseguí por años esa intención, que sostenía para los demás la magia de una depurada técnica, conseguir copiar los seres de Dios todos con el alma mía, vaya idiota paradoja. Eso era mío, es mío es mi privilegio y mi sacrilegio. Otro cuando vea como yo vi juntarse los metales soñará tal vez espacios inventados tantos y tan diversos como las ciudades de Ítalo Calvino.

- ¿Entonces el alma del artista siempre es anterior a la técnica y al material?

- La técnica, repito se puede contar para que otro la imagine. Por ello pienso sólo que existe el material. En este caso el hierro o más bien el metal. Es importante el comportamiento del material, la resistencia, su carácter. El libre albedrío se encargará del resto. Pienso en María Juana Heras Velasco. Ella señalizando espacios para que los hombres respiren ese espacio. Yo mezclando mis personajes en las ciudades. Yo recalcando un “No te olvides” de Cabezas, un homenaje a María Soledad Morales, una “Impunidad” golpe sobre golpe, un NO estridente, un grito deliberado. Entre medio de todo, el metal resistente, así sea que lastima o quema, ese calor de la soldadura o la fricción se topa con otro incendio: el fuego interior Sin duda este fuego está plasmado en cada obra con un gesto fuerte. Las obras de tus muestras nunca pasan desapercibidas. Provocan reacciones. En cada muestra era tan fuerte mi intención de conmover que conmovía, nadie se olvida de mis grandes muestras tal vez porque en ellas puse al tope lo que quería y lo que se rebalsó de mi ser fue a parar a los metales en ese pasaje insólito, se quedó allí para que cuando las vean reconozcan que allí estoy con mi ademán, con mi multiplicidad, barroquismo o a veces pegotes de material. Veo, me veo: allí llegué. Esa soy yo de otra manera. Ese es mi desocultamiento, el que nomina Heidegger en su discurso sobre espacio. No me juzgo, soy como soy, apureta, chorreando ideas, interrumpiendo a veces a la gente. Pero así soy yo.

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