El Banquete de Severo Arcángelo

Leopoldo Marechal hace la crítica más profunda y reveladora que hayamos podido leer en estas últimas décadas acerca de las aporías de la civilización occidental.

 

El Banquete de Severo Arcángelo.

Un Llamado a la Salvación Nacional

 

Leopoldo Marechal, gloria de las letras hispánicas de todo tiempo, supo reconocer su doble destino de poeta y de maestro. Su inclinación didáctica, que lo relacionó con la niñez durante muchos años, se entrelazó íntimamente con su vocación poética, como lo prueba la valiosa obra que desplegó en distintos géneros: poesía, novela, cuento, drama, epístola, ensayo. Desprovisto de empaque y solemnidad, se convirtió en un clásico argentino, un maestro nacional y universal.

Tres novelas dio a conocer en vida, si bien la última de ellas apareció publicada un mes después de su muerte: Adán Buenosayres (1948), El Banquete de Severo Arcángelo (1965) y Megafón, o la guerra (1970). Las relaciones que se tienden entre ellas permiten hablar de una trilogía novelística, sin ignorar que acaso entre sus papeles inéditos puedan hallarse otras novelas concluidas o no.

Adán Buenosayres expone el despertar metafísico del héroe Adán-Marechal y su conversión religiosa; de sus siete libros o capítulos, el último, llamado "Viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia", posiblemente escrito después de 1945, muestra la preocupación política del autor concretamente volcada a sus conciudadanos, y anticipa el tema de su segunda novela. El Banquete... retorna a su héroe desvelado en el laberinto infernal, y dándole otro nombre lo hace protagonista de una nueva historia: su participación en un misterioso plan político-teológico. Megafón o la guerra vuelve a presentar en forma simbólica los avatares del pueblo y sus héroes en el camino de su liberación y salvación. El eje autobiográfico y la común intención de exponer una suma doctrinaria, ético-política, religiosa, concretamente enraizada en su patria y dirigida a sus connacionales, enlaza significativamente las tres obras.

La narrativa tentó al poeta desde el comienzo de la década del 30, cuando según propia confesión inició los borradores de su primera novela. En esos años desplegó una amplia y reconocida actividad poética que le valió los premios literarios más importantes del país. A partir de 1943 inició una etapa de compromiso político, que no obstruye sus preocupaciones filosóficas ni desvía la orientación mística de su alma. Al publicarse Adán Buenosayres, su compromiso político con el peronismo lo había aislado ya de muchos de sus pares. Él mismo se definió, a partir de 1955, como "poeta depuesto".

Es en estos años de recogimiento cuando empieza a escribir su segunda novela, de auspiciosa recepción, aunque a veces ha sido injustamente subestimada por comparársela con el inimitable Adán Buenosayres. Sin embargo, El Banquete de Severo Arcángelo es una novela perfecta en su género e intencionalidad: se revela como obra de honda meditación espiritual y contenido histórico a la luz de la teología cristiana, con una construcción originalísima y un lenguaje pleno, que aborda todos los tonos imaginables. Su mensaje, luego de 47 años desde su publicación, se revela actualísimo y de urgente aplicación, como si el tiempo hubiese trabajado a su favor.

Graciela Coulson, Ignacio Valente (José María Ibañez Langlois), Edmundo García Caffarena, Jorge Antonio Foti, Graciela Maturo, Rolando Camozzi Barrios, entre otros críticos y exégetas, han valorado los distintos aspectos de esta obra singular, inspirada en circunstancias concretas del devenir nacional y abierta al horizonte universal de lo humano.

El autor coloca una fecha puntual al comienzo de su libro: Hoy es el 14 de abril de 1963... como signo de un voluntarismo histórico que explica la gestación de la obra sin limitarla a esa circunstancia. Recordemos que en los comienzos de esa década Occidente vive las instancias de una nueva época, signada por la revolución cibernética y comunicacional, generadora de profundos cambios culturales. Las naciones latinoamericanas, de ritmo un tanto anacrónico, asimilan los primeros ecos de esa transformación, que sólo en los años 90 vivirían en forma más plena: la rebelión nordatlántica de la juventud, la denuncia ecológica del movimiento hippie, o el clamor de grupos culturales como la beat generation o los Beatles, preanunciaban la crisis mundial que habría de profundizarse hasta el presente.

Por otra parte, América Latina vivía también su propia crisis social, con la caída de movimientos políticos nacionales como el peronismo, o el reciente surgimiento de la Revolución Cubana. En la Argentina, el gobierno conciliador de Arturo Frondizi acababa de caer víctima de un golpe de Estado. En estas circunstancias Marechal, recluido en su departamento de la calle Rivadavia, siente la necesidad de justificar su compromiso político con un movimiento (del cual fue no sólo partícipe sino teórico, según propia confesión) y acaso de reactivarlo. Pero la intención de la obra no concluye allí, y ésta es una de las hondas razones de su frescura y actualidad: se convierte en llamado a sus connacionales para la reconstrucción de la patria y crea una permanente paideia espiritual.

El Banquete... mantiene viva relación con otros textos coetáneos del autor: el drama Don Juan, que permaneció inédito hasta 1978; el poema autobiográfico Heptamerón (1966), que reúne cantos publicados en los años inmediatamente anteriores; también se relaciona con el Poema de Robot; Athanor (Sainete alquímico); Autopsia de Creso y otros ensayos del libro Cuaderno de navegación (1966), páginas que reiteran las figuras simbólicas y orientación ética de esta obra, y pueden ser leídas como clave de su significación.

El escritor expone su compromiso personal y lo inserta en un contexto más amplio: el tránsito de su pueblo hacia la redención histórica y transhistórica, reafirmando su condición de cristiano militante, cuya visión de la historia trasciende hacia un horizonte teológico. Más aún, ve la política como un juego que viene a inscribirse en el Gran juego Universal, y ello no le impide tratarlo con humor y piadosa comprensión de lo humano. Por su capacidad de reinterpretar la historia inmediata en clave teológica, y su desenfado para el tratamiento de temas tan levantados, se constituye en precursor del ciclo novelístico llamado "boom latinoamericano". Marechal es un creador de la llamada “nueva novela” y aún de la nueva novela histórica plasmada en el final del siglo.


Afirmarse en la escatología judeocristiana no significa para él renegar de su honda formación clásica iniciada en la atmósfera del modernismo, es decir la reserva sapiencial de los poemas homéricos, y la doctrina de las cuatro edades del hombre expuesta por Hesíodo. Marechal se aproxima a San Pablo y los Padres de la Iglesia, que conjugaron helenismo y cristianismo. La Edad de Oro cantada por griegos y latinos viene a coincidir con la imagen bíblica del Jardín o Paraíso Terrenal, desde cuya plenitud se despeña la historia hasta la Edad de Hierro actual. Marechal manifiesta claramente su preocupación ante los tiempos oscuros que amenazan con destruir la vida y mutilar el alma del hombre, haciéndole olvidar su esencia y su destino. Todo su pensamiento apuesta a la reversión de ese rumbo, reversión ya verificada en el sacrificio de Jesús, Quinto Adán, el Hombre de Sangre, al poner en marcha una historia de salvación.

La obra literaria, en nuestro autor, se pone íntegramente al servicio de esa causa, y encuentra en ella su justificación más profunda, sin perder de vista su especificidad poética. Hermética en el sentido de la densidad simbólica pero no en el corriente de clausura, esta novela presenta a todo lector bien dispuesto, y más aún a aquel formado en alguna preparación teológica y literaria, una parábola del destino humano y una suma de referencias a los Evangelios, el Apocalipsis, San Pablo, Plotino, Dionisio, San Agustín, San Isidoro de Sevilla, Dante Alighieri, los místicos del Siglo de Oro español, las tradiciones orientales.

El Banquete de Severo Arcángelo sigue la línea maestra de Cervantes, que instala definitivamente el juego ficcional sobre el entramado del realismo histórico, y traslada lo épico a lo cotidiano creando una épica cómica. Si es posible hallar un modelo de estas páginas en Cervantes, no lo es menos en los Diálogos de Platón, infinitamente leídos por el poeta, y en textos bíblicos. Marechal aplica el método de la recapitulatio o enlace de imágenes que es típico de la literatura apocalíptica. Según el Padre Castellani existe un género de las Apocalipsis judías, relatos de carácter simbólico que entrelazan alegorías y alusiones históricas dentro de una intencionalidad revelatoria y crítica. Su tendencia a la alegoría y la concretización de los procesos espirituales lo lleva a enlazar en un hilván narrativo instancias que son en sí mismas parábolas o ejemplos de una inagotable enseñanza.

Un modelo más próximo es la novela moderna de aventuras, al modo de Salgari, e incluso la llamada "policial", donde se plantea un enigma y se mantiene cierto suspenso. La noción anglosajona de "suspense" es aquí aplicable a la historia real, cuyo profetizado desenlace no se ha cumplido aún. Por ello la novela queda abierta, sin centrar su mensaje en el término de los operativos descriptos; por el contrario, pone el acento en los preparativos de un banquete simbólico, que en sí mismos implican la reconstrucción del hombre, la nación y la humanidad para una etapa nueva. Todo es una gran víspera, se dice, y en efecto, se dibuja un movimiento colectivo que tiende hacia el ágape cristiano: banquete, simposio, convergencia, patria celeste, origen, redención. Cuando llegue el tiempo, el kairós, como lo anuncian las Escrituras, será alcanzada la salvación comunitaria. En tanto, está en cada uno de los hombres lograr la purificación y realización personal, por obra del amor y la gracia.

Narrar es siempre configurar una intriga que implica valoraciones éticas, juicios, elecciones (Ricoeur). Marechal ha enhebrado en una épica cómica -que supo continuar hasta cierto punto, y con otros elementos, nuestro genial Julio Cortázar- un operativo político-teológico y un camino de conversión religiosa. Se ha valido de la antigua técnica del "relato enmarcado", para presentar la historia de Lisandro Farías, contada al personaje Leopoldo Marechal, quien será el "editor" de la historia narrada por Lisandro. Prólogo-dedicatoria y epílogo enmarcan equilibradamente la historia, dando a Marechal-editor un módico papel. Nuestro autor ha sabido dar a su asunto un tratamiento ágil, farsesco, teatral, humorístico, sin que esto aligere su densidad y seriedad. En el armazón de una novela de suspenso, con tintes policíacos, introduce una temática juiciofinalista inspirada en textos canónicos.

El lector tiene en sus manos una historia simple y sugestiva: en su lecho de muerte, y en jueves Santo, Lisandro Farías siente la necesidad de exponer los aspectos fundamentales de su vida: quién soy y por qué me dejé ganar por la empresa del Viejo Cíclope. Nos será dado asistir al periplo de conversión y participación en un plan salvífico, vivido por un héroe de textura innegablemente autobiográfica y arquetípica como lo es Lisandro Farías, de nombres familiares a todo lector de Marechal: Lisandro, personaje de Antígona Véléz; Farías, el domador, hombre de la llanura. Su trayecto, conversión e iluminación es el eje narrativo de la obra. Completará su viaje, que incluye un paso por zonas infernales, en el acceso a la Zona Vedada donde el hermano Pedro lo inserta en una cruz pintada en la pared.

Sabemos que el carácter autobiográfico de una obra no lo otorgan las circunstancias puntuales sino los rasgos esenciales, aquí distribuidos en distintos personajes pero visiblemente centrados en Lisandro Farías, cuyo testimonio es transmitido por el autor como propio.

Severo Arcángelo- que en nuestra lectura hemos remitido, no en forma excluyente, al conductor Juan Domingo Perón- es el convocante de ese formidable operativo de intranautas al que invita a treinta y tres comensales, número simbólico que sustituye a los ciento cuarenta y cuatro elegidos del Apocalipsis: son los constructores del Arca de Noé, los que han de salvarse en el tiempo de la destrucción. Es interesante la caracterización de este personaje, que como toda entidad de ficción se compone de elementos disímiles aunque unificados en un perfil simbólico. Su figura apunta a un referente histórico pero asume rasgos de diversos personajes, incluido el autor. La real personalidad del Fundidor o Metalúrgico de Avellaneda queda ratificada por alusiones mitológicas: es llamado Vulcano en pantuflas, Pelasgo sobreviviente (rasgo marechaliano, si pensamos en el mito griego de los pelasgos, relacionados con la contemplación y las artes); lleva en su sangre a los endemoniados cabiros de Grecia, y se vincula de diversos modos con la Arcadia, con la guerra -en su sentido simbólico- y con la alquimia, pues se propone la transformación del carbón en diamante.

El espíritu lúdico de Marechal genera una imagen histriónica y llamativa de Severo, que se revela como actor, director de escena, estratega y maestro. Su retrato, claroscuro barroco, lo muestra simultánemente ligado a los problemas del mundo y a la sabiduría mística.

Los aspectos más fuertemente expositivos del libro quedan en gran medida a cargo de Severo Arcángelo, como podrá apreciarlo el lector al conocer sus Tres Monólogos grabados en cinta magnetofónica, que recuerdan otros mensajes doctrinarios de la época de gestación de la obra. En el primero el estratega cavila acerca de una nueva jugada política que indudablemente adquiere una significación más precisa cuando se piensa en la preparación del retorno del líder. En el segundo monólogo habla de sí mismo, presentándose en su plena responsabilidad histórica como conductor del pueblo hacia su redención. En el tercero medita sobre las palabras, y hace un llamado a la purificación del lenguaje que adquiere el valor de una auténtica renovación de la cultura. (Nada extraño es que este discurso de Severo-Marechal, recogido por oídos atentos, haya generado en algunos de nosotros líneas renovadoras de los estudios literarios.)

Es legítimo y hasta necesario relacionar a Arcángelo, el llamador, con el personaje de la tercera novela marechaliana, Megafón, pues éste será también el que convoca y conduce. Arcángelo, que predica la conversión, es él mismo un converso, que ha alcanzado la iluminación a través de procesos de simplificación y mortificación que incluyen meditadas lecturas de vidas de santos.

A su turno, Severo Arcángelo ha sido llamado por otros personajes, como el gran iniciado Pablo Inaudi, en quien podemos reconocer una alusión a San Pablo, y el propio Cristo, cuyo ejemplo lo decide a montar los preparativos del mítico Banquete, pospuesto y sin embargo presente, que da sentido a la existencia de los invitados, al hacerlos pasar de la Vida Ordinaria al Gran Juego providencialista. Arcángelo ha sido tocado por una locura mesiánica ajena a la violencia. Su mensaje es multiplicado por otros personajes: el hermano Jonás, el Salmodiante de la Ventana, que según venimos a saber, es una figuración del hermano Pedro.

Tengamos presente la idea del Gran Teatro del Mundo, propia de antiguas tradiciones, recogida por el cristianismo, y plenamente expresada por el arte barroco. Esa idea subyace en esta novela, como en toda la obra marechaliana, barroca, modernista, vanguardista, dentro de una religiosidad que por ultramoderna se hace conscientemente clásica, vuelta al origen. Marechal, profundamente inserto en la tradición hispanoamericana, integra con los cubanos Alejo Carpentier y José Lezama Lima una tríada de intenso barroquismo.

Queda dicho que no estamos ante una novela realista, aunque su tema y alcances sean del más puro realismo. En consecuencia no pediremos realismo psicológico a personajes que son ocasionales portavoces del autor, tales como el científico Frobenius que nos traslada sus preocupaciones cósmicas, o el profesor Bermúdez, frecuentador de los clásicos, o Gog y Magog, bíblicos opositores de todo proyecto salvífico, que al final muestran su adhesión al Gran Macaco, mico de Dios.

El relato, llevado con humor y exageración escénica, enlaza míticos espacios como la Casa Grande, o el Centro Mítico del Tuyú, con las instancias de un accionar espiritual, que incluye distintas peripecias: los sucesivos Concilios en que se explica la situación de los personajes en el tiempo y en el espacio; el operativo Cybeles, recuperación del nivel corporal o terreno; la restauración del vestido o túnica del alma, imagen neoplatónica que designa el vehículo sutil necesario para su retorno al origen; la crucifixión, operación final del perfeccionamiento humano. A un hombre bien crucificado le queda un solo movimiento posible: el de su cabeza en la vertical de la exaltación. El Embudo Gracioso de la Síntesis es el acceso a la develación de los enigmas a través del sentido de la cruz.

Hacia el final, Marechal-editor retoma la palabra, luego de recibir el testimonio último de Lisandro. Él mismo considera que el mensaje debe ser transmitido por su propia salvación, hecho que nos coloca una vez más ante la reafirmación marechaliana, cristiana en esencia, de la literatura como verdad. Por la vía oblicua de la ficción, que es según Paul Ricoeur otro modo de la metáfora, el escritor cristiano apunta al compromiso y la verdad, haciendo un perceptible llamado a sus lectores a prolongar el movimiento redentorista de la obra.

Debemos anotar que Marechal, como todo auténtico maestro, nos va entregando claves de lectura de su libro. ¿No se intentaría en el Banquete un formidable juego de símbolos? Y en efecto nos provee sucesivas definiciones del símbolo, e indicaciones sobre la relación del texto con la historia real que el lector sabrá apreciar y aprovechar en jugoso ejercicio de aprendizaje. La novela se despliega como palimpsesto de imágenes cifradas que incluye su propia teorización. Habla el autor de su "vocación por la farsa" y de la "reducción o liberación por el absurdo", lo cual nos trae a la memoria a otro de sus maestros, Macedonio Fernández, que recomendó el doble camino filosófico de la poética y la humorística.

Es precisamente la compulsa de la historia real - del autor, del lector actual, como lo exige la hermenéutica- la que devuelve su eficacia y plena significación a este tejido simbólico. Embarcado en una temática de final de los tiempos, Leopoldo Marechal hace la crítica más profunda y reveladora que hayamos podido leer en estas últimas décadas acerca de las aporías de la civilización occidental, la injusta relegación de verdaderos objetivos humanos, la exaltación de rumbos unilaterales como los de una técnica omnímoda y masificante, la trivialización de la cultura. Robot, personaje inventado en el siglo XX por un autor checo, pasa a ser el símbolo de la vida mecanizada. Colofón, hombre final, es el último representante de una civilización suicida, la contraimagen de Adán.

Marechal cultiva un optimismo evangélico que no elude la crítica. No habrá soluciones para la humanidad que no pasen por el corazón del hombre, razón por la cual señala la imitación y compenetración con Cristo, el Hombre de Sangre, como operación última para recobrar, desde el Hombre de Hierro, la condición áurea del hombre originario. Los hombres dormidos de la Vida Ordinaria habrán de despertar a una condición auténticamente humana para colocarse en el doble camino de su salvación individual y de la redención colectiva; ello comporta la construcción de la Ciudad Cúbica, Philadelphia, en sustitución de Cacodelphia, ciudad, país, mundo degradado, visualizado en la primera novela del autor y presente en ésta.

Sólo una formidable operación de intranautas puede salvar a la humanidad de la destrucción, la bestialización, la vida mecánica, la pérdida de objetivos trascendentes.

Y para Marechal es la Argentina esa llanura de plata destinada a reflejar el oro celeste, la tierra postrera signada para el sacrificio y la redención. En algún rincón de la Patria -o de nuestro corazón- se esconde la mítica Cuesta del Agua, fuente de la vida, donde nacen los ríos del Paraíso. He aquí su mensaje, oportuno para ser escuchado en tiempos que anunció como de nigredo alquímica, de oscuridad e incertidumbre.

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