Los lazos entre la humanidad y la Naturaleza

“La eternidad de lo primitivo”, la muestra inaugurada el viernes en el Museo de Arte Moderno, refleja, ante todo, la multiplicidad, como cualquier paisaje.

La Naturaleza renace en cada una de las curvas de Martín Motta y se encarna en poderosos seres coloridos de la mano de Tadeo Muleiro. La Naturaleza es un espacio para la contemplación ante los ojos de Albano Boj y y se corporiza en lo femenino en las imágenes de Julieta Anaut.

Todo esto es lo que se mixtura en “La eternidad de lo primitivo”, la muestra que quedó inaugurada el viernes en el Museo Municipal de Arte Moderno (plaza Independencia), con la curaduría de Ana Clara Giannini, y que permanecerá abierta hasta el 29 de junio.

Hay un muy buen criterio en la colocación de las piezas para la muestra, ya que se alternan obras de uno y otro artistas, de manera de que, más allá de que cada obra mantiene su personalidad (estética, técnica y temática), el resultado del conjunto es un recorrido en el que lo que se privilegia es la relación, el lazo entre la humanidad (o al menos del antropomorfismo) con el entorno natural y las interpretaciones que de este hemos hecho desde que aprendimos a detenernos en sus misterios.

Dos cortometrajes reciben al visitante. Son Desierto infinito y las ramas con espinas, de Julieta Anaut, y La Salamanquera, de Tadeo Muleiro. Dos breves relatos muy bien logrados, el primero, enfocado en el detalle, en el goce de la interacción de los elementos, y el segundo, centrado en la danza, en la sensualidad de los cuerpos en movimiento.

Tres esculturas textiles de Muleiro invaden el ámbito con sus vivos colores y sus proyecciones tentaculares. Imposible detenerse en el detalle sin reparar en que esas presencias nos superan. La fusión entre lo humano, lo natural y lo onírico cobra vida en estas esculturas.

Muleiro también expone una serie de pinturas de seres sobrenaturales a los que, a partir de la rigidez de las formas y de la actitud de los personajes, les da un volumen y un movimiento que azuzan al observador.

"El Brujo", Tadeo Muleiro.

Martín Motta apuesta por los tonos plenos y las curvas. Hay, en su representación de lo natural, espacio para el azar a partir del goteo, del desplazamiento casual de los colores. Un sólido contraste caracteriza a los elementos que parecen querer escapar del escueto espacio de la tela, para crecer más allá de los deseos.

"Místico", Martin Motta.

La incompletud de los cuerpos humanos y la fusión a partir de la fugacidad de los contornos caracteriza la selección de Albano Boj. Colores licuados dan, en general, una sensación de unidad entre el espacio y los personajes que en ellos se desempeñan (sí, la palabra es correcta: los personajes se desempeñan, ya que, a pesar de la quietud en la que han sido ubicados, hay una acción que trasciende el instante). Las obras de Boj, con pinceladas que por momentos se arriesgan demasiado (y eso es bueno), tienen un antes y un después en cada una de las actitudes de quienes en ellas fueron ubicados.

Sin título, Albano Boj.

Por último, Julieta Boj demuestra con su trabajo fotográfico el dominio de la técnica y de la capacidad de crear espacios fantásticos, pero a sus imágenes les falta fuerza narrativa. Podría haber en esos personajes femeninos mucha más fuerza de la que muestran, pero queda relegada, a veces ante el exceso de elementos (lo que en algunos casos le hace perder equilibrio a la fotografía).

"Metamorfosis áurea", Julieta Anaut.

“La eternidad de lo primitivo” es, ante todo, una muestra que aúna la multiplicidad, como cualquier paisaje natural.

Alejandro Frias

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2 de Diciembre de 2016|16:33
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