Daniel Talquenca: 50 años de pulso guitarrero

Entrevista informal a un emblema de Cuyo reconocido con la piedra infinita de la existencia y la valorización de su trabajo.

Dicen que las piedras suelen dejar un eterno recuerdo de algún acontecimiento cuando se da origen a la idea de colocar una placa conmemorativa en ciertos lugares o domicilios. Pero antes, mucho antes de que el mármol lo diga a cuantos la observen, debemos llevar en la memoria a ese hombre que vivió o vive en ese lugar. Con este hombre no se ha hecho más que dar forma a un deseo concretado y anhelado desde hacía años por muchos, el de que públicamente se supiera que no se olvidaban la fecha y los sucesos que hicieran merecedora indiscutida del reconocimiento a esa persona tan grandiosa que se distingue en la medida de nuestro tiempo y fuerza en el cincuentenario de su andar guitarrero.

Por ello, permitidme evocar a grandes rasgos una página de la vida de un hombre que tanto y tantos bienes culturales ha brindado a nuestro acervo cultural, a nuestra identidad folclórica. No por suponer que se desconozca, sino para dejarlo grabado en la memoria de todos los ciudadanos y en la elocuencia que dio motivo suficiente para estampar en una vereda, frente a su casa de Godoy Cruz, un homenaje infinito.

El martes 13 de mayo por la tarde, bajo un cielo gris y otoñal, Daniel Talquenca abría las puertas de su hogar junto al baúl de los recuerdos personales para contar sin atuendos las anécdotas y vivencias de los años caminados entre cuerdas y amigos que dieron lugar a un reconocimiento sin tiempo que puede verse al pasar por el frente de su casa.

Talquenca, de raíz huarpe. El embajador de nuestra cultura nombrado en 2008 y sin reconocimientos oficiales también, el del homenaje a la “Tonada larga para el País del Sol” junto a Tejada Gómez allá por finales de la década del 70, el del Ritual del Vino, el “Emblema de la Música Cuyana” distinguido en el Salón Azul del Congreso de la Nación en 2009, el tristemente excluido del “Americanto” en 2011 por decisión nefasta de un jurado sin conocimiento de valores, el representante de “Mendoza en Buenos Aires” en ese mismo año, el que cantó apoyando la lucha contra el cáncer de mama, el de los festivales nacionales de la tonada, el de las fiestas vendimiales de San Martín 2013, el de la Cantata con Julio Carrizo en 1982, el que cantó bajo el oro inca del Perú junto a las “Guitarras de América”, el integrante añejo de “Nacencia”, el amigo de Ángel Bustelo, el de los “Americanto” sin exclusiones, el de las vendimias infinitas, el del “Recetario Criollo”, el que cantó por el agua en 2011, el de Guitarras del Mundo en 1998, el de la “Cueca del Labriego” y “Tonada para la luna” junto a Gustavo Machado, el “Cosechador de mi tierra”, el de la “Cueca del tomero”, el Talquenca que le cantó al padre Jorge Contreras cuando se despedía de la vida en 2008. Ese Daniel que homenajearon sobre un escenario el 9 de mayo de 2014 los grandes íconos vivos de nuestra música: Víctor Hugo Cortéz, Javier Rodriguez, Yolanda Navarro, María Eugenia Fernández, Sergio Martínez, Dúo Sentimiento, Juan Falú, Luisa Calcumil y Liliana Herrero. Ese Daniel Talquenca accedió amablemente a una charla informal que arribó consecuentemente a estos párrafos que ahora ustedes leen.

Bajo la luz tenue de su hogar, Talquenca recuerda: “Nosotros cantábamos poetas”, refiriendosé a Ariel Petrocelli, Carlitos y Jaime Dávalos, Manuel J. Castilla, Armando de América, Cesar Perdiguero y Cuchi Leguizamón.

El día en que se conmemoraban sus 50 años con la música, el Área de Cultura de la Municipalidad de Godoy Cruz le ofrendó un reconocimiento único en la vereda de su casa. Al respecto decía: "Esto es un devenir de lo transitado, de lo que uno vivió. Me ha resultado un masaje, una caricia para el alma, ¿sabes por qué? Yo nunca tuve una caricia. El intendente me decía: 'yo te sigo a vos desde mocoso y te veía cuando hacías folclore, ¡cómo no voy a hacer este reconocimiento!, esto no es política, vos vivís acá'. Partiendo de ahí, la premisa que me lleva a la emoción en sí es que en una parte de lo que yo hice, que hago, entra el Armando [Tejada Gómez]. Yo soy guitarrista de inicio. Me gustó la dirección coral, después la composición, después las actuaciones y el acontecimiento fue a los 15 años, cuando hice el primer tema con el Armando, la “Chacarera de ida y vuelta”. Como esta, todas las canciones con él tienen una historia. No tengo fotografías con él. Cuando nos publicaron en Melograf, en la edición, tuvieron que sacar una foto de acá y una de allá, de diferentes lugares, para ponerla, inclusive en EPSA para el disco. Ahí vino el acontecimiento que después, con el tiempo, se agudiza al llegar el proceso militar. Yo me quedé cesante, muerto acá, sin poder hacer nada, ni vivir, porque no me dejaban trabajar. Armando se pudo ir y a Chile no quería irme, había otra dictadura allá. Me he sentido muy bien con este agasajo, todo lo amargo se me convirtió en amargo porque me acordé de todo lo que pasó cuando lo estaba viviendo, así de simple te lo digo. Si tenés que definir eso en un momento emotivo, no tenés con qué pagarlo. ¿Sabes lo que es ver a Falú en casa? [por Juan Falú]. Nosotros integrábamos juntos Guitarras del Mundo en el año 1996. Él presentó el disco mío “Bajo Cuerdas I”, allí también estuvieron Luis Salinas, Walter Heinze y Sergio Sobal. Juan Falú decidió venirse en avión para estar en el homenaje que se me hizo aquí en casa".

Mientras la noche iba apareciendo en la ventana de su hogar, Talquenca se acomodaba en su sillón para seguir hablando con absoluta normalidad, como si la entrevista fuera algo de otro lugar. Hablaba y seguía contando historias de su vivir, como si un amigo íntimo estuviera frente a él.

"Nosotros grabamos en Philips de Chile con el grupo Ecos del Ande, un conjunto, y llegamos a México y toda su costa. La vida empezó prácticamente de nuevo en Chile", recuerda.

- ¿Qué recuerdo tenés de aquel primer conjunto, aquellas canciones?

- Fue el primer conjunto argentino que grabó “Canción con todos”. Allí estaban viéndonos, cuando grabamos, Tejada Gómez y Cesar Isella, también Los Jaivas, el pibe Parra (su pianista), Jorge Viñas también estaba ahí. A la canción ya la la habían hecho dos conjuntos chilenos.

Los recuerdos y anécdotas comenzaban a brotar en el zumo de la noche naciente. Es que la casa de Daniel Talquenca transmite eso, un zumo de recuerdos, ya que sus paredes sostienen arte y colores que acompañan su respirar. Puede verse en las paredes un cuadro de Orlando Pardo que pinta a Talquenca mientras canta “Cuando miro mis montañas” o el danzar de los pinceles y las manos artistas de Chipo Céspedes, los Hermanos Huerta, Embrioni, Tito Barroso, Varón Álvarez y un sinfín de obras esculturales de tamaños varios.

“Yo me muevo con los sentimientos, si no, no habría nada. Cada cosa que yo hago tiene una historia”, dice Daniel mientras recorre con la vista las paredes.

Así, el diálogo se profundizaba cada vez más con aire de nostalgia. Las preguntas se habían dormido dejando a las palabras volar por el espacio total de la noche, y otra anécdota surge: "Con el Negro Murúa una vez terminamos de cantar en LV8, en épocas de guitarreada, y nos paró Lafunqui para decirnos: chicos, ¿no quieren acompañar a una señora para que no vaya a perder el bolo? –antes se cobraba la actuación y perder el bolo era perder la plata si no cantabas o tocabas-. Cuatro canciones eran el reto y Lafunqui las estiraba, entonces nos quedamos con Murúa. Eran canciones de la gran…, bravas, y yo me preguntaba adónde se definían las entonaciones para los acordes, una cosa de locos. Logramos hacer los cuatro temas. Los guitarristas de la señora no llegaban, antes no había teléfono celular para preguntar dónde estas o en cuánto tiempo llegás. Cuando íbamos saliendo de la radio, llegaron los guitarristas y nos preguntaron qué había pasado. Cuando vi a los guitarristas casi me muero. Eran el Negro Matus e Hirineo Aguirre, entonces me di vuelta y lo miré a Murúa. Habíamos acompañado a Mercedes Sosa. Esto es anécdota real".

Escuchando a este artífice cultural, las preguntas seguían mudas mientras sus palabras atravesaban el tiempo y el seguía hablando pausadamente, contando, recordando y analizando.

"No me gusta calificar quién es mejor artista que otro. Yo transité la vida, pero ya estaba todo. Hay una frase de Armando que dice: 'Hay que soñar la vida para que sea cierta/ soñarla a pleno día y con la cara descubierta', y esa frase cierra la Cantata. Recuerdo que él decía la letra y yo largaba el acorde, así trabajábamos nosotros. Para mí, esa es la mejor canción".

- ¿Es como si fuera la otra raíz tuya Armando, en el inicio dentro del campo musical y artístico, y quizás por eso lo tomás como tan compartido al sentimiento?

- Sí. Por ahí pasa. No te equivocás. Todas esas cosas me resultan compartidas con él porque fue, como ya lo dije, una caricia para el alma, sin vanidad. Fue muy bueno lo que me pasó. Me da mucha fuerza. Recuerdo cuando falleció él, cuando fui a recibir su cuerpo al Arco Desaguadero junto a Paula, su hija. Ella misma fue quien me pidió que le cantara “Chacarera de ida y vuelta”. Yo con él sigo toda la vida, porque sigo con la guitarra. El único que supo todo todo lo que yo viví con el Armando fue Hamlet Lima Quintana, mi amigo.

- Se te menciona en aquella “Carta para Armando” con que se lo homenajeó a los veinte años de su fallecimiento. ¿La leíste?

- Es una cosa de locos esa carta, no por lo que se mencione allí, sino por lo hecho con esa carta. Me la dio Darwin González porque la bajó de internet. Me gustó mucho…

El silencio invadió repentinamente el espacio por un instante, las palabras cesaron por unos minutos que no podrían describirse. Parecía que los duendes de la greda y el sol dibujaban la poca luz del living. Talquenca respiró hondamente luego de algunos instantes y prosiguió hablando…

"Continúo trabajando con Guitarras de América, con Raúl García Zárate, Trií Palos y Cuerdas, Ernesto Cadur, William Centella y Tania Ramos. Ejerciendo la música profesionalmente llevo exactamente cincuenta años, aunque no recuerde bien cuándo arranqué. Cuando empecé a aprender guitarra íbamos a la radio, éramos cuatro o cinco, recuerdo que estaban los guitarristas de la emisora. Eran Ochoa, Francia, Bértiz, Onerato y Pereyra, ellos tocaban, nosotros nos poníamos a un costado, en una barra que había allí, y anotábamos los acordes que ellos tocaban. Yo no fui a la universidad, no pude estudiar música. Me acuerdo también cuando fui a un programa de televisión que se llamaba Guitarreada Crush y ahí recién comencé yo. Había cuatro guitarras y gané en cada uno de los programas. Me volví famoso sin así pretenderlo, la gente me empezó a conocer, yo tenía 16 o 17 años. En ese tiempo se gestaba el Nuevo Cancionero, recuerdo a Tusolli allí, fue en 1963. Yo hacía deporte también, en el 65 fui campeón argentino representando a Mendoza en básquet, jugaba en Anzorena e integré ahí la selección provincial. Después fui convocado para la selección nacional juvenil para viajar a Guayaquil a un campeonato internacional que no se hizo. Después de eso me dediqué de lleno a la música".

Todo lo relatado hasta aquí bastaría para comprender cuán justo y merecido es el tributo de gratitud que representa el homenaje, pero hay algo más de las palabras que nuestro guitarrero expresó.

"Fui un previlegiado, no por lo que hice o sepa, sino por la gente que pude conocer a lo largo de mi vida; Juan Dragui Lucero, Ángel Bustelo, Félix Dardo Palorma, Alberto Rodríguez, César Perdiguero, y hasta ahí nomás llego yo. Poetas que te hablaban y te iban relatando. Un ejemplo: recuerdo una vez, luego de haber grabado 'Canción con todos' en Chile, caminando con César Isella y el Armando, íbamos a comer unos pastelitos fritos y el Armando me tomó del hombro dirigiendomé el rumbo. Íbamos caminando, pasando justamente frente al cerro San Cristóbal, y un amigo me dice: 'eh! Daniel, vos tenés que estar acá'. Recuerdo que paramos justo frente al cerro, se abrió la puerta de una casa. Allí estaba don Pablo Neruda y el Armando se largó a llorar. Dos horas estuve sentado allí. Fue una locura sin fotos. Yo sólo sé lo que viví, sin vanidad. Sólo yo sé lo que hice, por qué llegué a los cincuenta años con la guitarra, así de simple.

Ojalá que el tiempo pueda contarle a nuestros hijos que un día se honró en vida la memoria de un hacedor de nuestra cultura, un sabio del laúd, porque no es pueblo aquél que no sabe amar a los que consagraron su existencia, su talento, sus energías todas en busca de una identidad cultural, aunque sea sin así pretenderlo. Levantemos una copa de honor por nuestro querido Daniel Talquenca, valorizando su trabajo musical, por sus méritos sin fin, por su humanidad total sobre un escenario altivo de laureles. Levantemos una copa por tanta vida. ¡Salud, guitarrero!

Lucio Albirosa

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5 de Diciembre de 2016|11:34
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5 de Diciembre de 2016|11:34
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  1. Un grande Talquenca, lo recuerdo de los Ecos del Ande, se merece el reconocimiento que le hagan y los que le haran, un tipo que hizo tanto por nuestra musica nativa se lo merece,-
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