Acostumbrados a bastardear la palabra "independiente"

El dramaturgo Alberto Muñoz, quien presenta hoy su nuevo libro, se explaya sobre el compromiso del arte escénico y la escasa voluntad de debate profundo.

“Por ahí nosotros estamos muy acostumbrados a bastardear la palabra independiente, porque decimos que hacemos teatro independiente porque lo pagamos nosotros, cuando en realidad podemos hacer un teatro que económicamente sea independiente pero que, sin embargo, reproduzca las ideas de ciertos sectores que, efectivamente, nos están ganando la pulseada cultural”, dice Alberto Muñoz, dejando en claro hacia adónde apunta todo su trabajo.

Actor, director, prolífico dramaturgo y ensayista, Alberto Muñoz presenta esta noche su nuevo libro, Los derechos humanos en una dramaturgia comprometida, en Sala de Arte Libertad, en Libertad 466 de Villa Nueva, Guaymallén, a las 20.

El libro contiene nueve piezas teatrales, en las que se profundiza desde la participación de seis prologuistas: Silvia Lauriente, Cecilia Narzrala Favier, Ramiro Villalba, Lola Fillipini, Carmelo Cortesse y Teresita Castrillejo.

Las obras reunidas en el volumen componen un panorama en el que el análisis y la reflexión sobre los derechos humanos no se remite sólo a los de primera generación, sino que se extiende a los de segunda y hasta a los de tercera. De esta manera, Muñoz y sus prologuistas aportan un material múltiple, puesto que la dramaturgia no llega en soledad, sino acompañada del fortalecimiento de las ideas que en ella se contienen.

Los derechos humanos en una dramaturgia comprometida será presentado por Cecilia Nazrala Favier.

Aporte desde la práctica y la política

Antes de la presentación de Los derechos humanos en una dramaturgia comprometida, dialogamos con Alberto Muñoz, quien explicó que el libro surge como una necesidad de plantear los derechos humanos tratando de pensarlos no sólo desde la dictadura, sino también desde “otros crímenes de lesa humanidad, como el hambre, la miseria, las políticas de exclusión social”.

De esta manera, para Muñoz, este libro su profesión con sus convicciones, por eso, no duda en asegurar: “Siempre he tenido esa inclinación, desde la militancia social, de pensar un arte que tiene que ser discutido desde los sectores populares para dar respuesta al otro arte hegemónico que está en el medio y que parece que nadie quiere tocarlo ni con una caña, porque, efectivamente, los presupuestos nacionales provinciales de las instituciones privadas y públicas van principalmente a subvencionar un arte que es para unos pocos”.

Crítico del medio teatral, del que se sabe parte, por lo que se podría decir que también autocrítico, Muñoz se explaya sobre el compromiso del arte escénico, el concepto de teatro independiente y de la escasa voluntad de debate profundo.

- ¿Se puede arriegar que el teatro está empezando a hacerse cargo de los derechos humanos de segunda y tercera generación?

- No sé si se está haciendo cargo, me parece que se tendría que hacer cargo. Yo siempre digo que cuando discutimos sobre teatro, sobre la palabra en sí misma, no es nada. Creo que existe “el teatro” y “el teatro”, es decir, dos tipos, porque, por más que muchos lo traten de ocultar, en una sociedad dividida, y los que venimos del teatro, la psicología social y la sociología entendemos que la sociedad está dividida en clases, existe un teatro para una clase y un teatro para otras clase.

- Bueno, justamente, yo me refiero al teatro independiente, barrial, callejero o como quieras llamarle.

- Ese es uno de los puntos de debate entre los teatreros, porque esta cuestión de entender que si el teatro que hace Alberto Muñoz lo hace pagándolo de su bolsillo es un teatro que representa a los sectores populares y que intenta aportar elementos para algún tipo de liberación o de denuncia es de muchísima ingenuidad. Si nos remontamos al 30 en la Argentina, cuando se empieza a hacer este tipo de teatro y empieza con furor el teatro independiente, no era un teatro que solamente respondía a la independencia económica, que es uno de los elementos principales, sino también a la independencia ideológica, con aquello de poder denunciar cuestiones que otros sectores allegados al poder económico no denuncian. Entonces, para mí eso es un elemento a debatir entre los propios teatreros, no quiero decir con esto que tenemos que hacer tragedia, una cosa dramática, podemos hacer Moliere... ¿Querés algo más denunciante y contrahegemónico que Moliere? O Pavlovsky, de un surrealismo exasperante y con ese humor negro que tiene para decir ciertas verdades sociales muy importantes, posicionado desde un lugar contrahegemónico y que inclusive puede lograr que el mercadito de la esquina le aporte y pueda decir eso. Por ahí nosotros estamos muy acostumbrados a bastardear la palabra independiente, porque decimos que hacemos teatro independiente porque lo pagamos nosotros, cuando en realidad podemos hacer un teatro que económicamente sea independiente pero que, sin embargo, reproduzca las ideas de ciertos sectores que, efectivamente, nos están ganando la pulseada cultural.

- Te referiste a los años 30, cuando comienza a manifestarse esta idea de independiente, con experiencias como la del Teatro del Pueblo, pero desde entonces el teatro sufrió bastantes golpes, y el último importante puede haber sido la década menemista. Por eso me parece que nos estamos enfrentando a eso, a un teatro que en algún momento se vació de contenido y que está buscando de nuevo su forma.

- Seguro, pero esos vaivenes y esa marginalidad del artista han estado siempre. Recuerdo la obra Auto de fe entre bambablinas, de Patricia Zangaro, que acá en Mendoza la hizo Cajamarca. La obra en sí lo que pone en escena es esto de la marginalidad del artista, no porque tenga un poder explícito, sino porque maneja un medio de comunicación. Cuando hablamos de la Ley de Medios y demás, de qué estamos hablando. Estamos hablando de quién comunica, cómo comunica, y el teatro es un medio para comunicar, por eso es momento de que los teatreros empecemos a pensar firmemente, como han pensado otros en otros momentos históricos, qué queremos comunicar, para qué, para quiénes trabajamos...

- ¿Está en la comunidad teatral la voluntad de debatir esto?

- Y... es muy heterogéneo. Yo creo que... A ver, me la voy a jugar con lo que voy a decir. Yo creo que como un hábito de la vida cotidiana del profesional del arte escénico, esto no está en su agenda, lo hace voluntariosamente, vocacionalmente cuando puede, porque tiene dos o tres valores con los que no va a tranzar, pero lo hace más con esta teoría que nos han metido del héroe. Aquel que se anima a decir algo diferente, e incluso yo, se cree un héroe, yo me estoy enfrentando a un destino que, en definitiva, no voy a cambiar la realidad, voy a sucumbir, pero muero en mis ideales. Está, por un lado, esto de entretener, de “tener entre”, que se haga teatro para que la gente olvide sus problemas en vez de que encuentre posibles soluciones a sus problemas, y por el otro lado está el otro extremo, el de la teoría del héroe, y en el medio hay un camino que hay que empezar a asfaltar, que es ese en el que no soy un héroe, el de la construcción es colectiva, con debate, porque así la realidad sí se puede transformar. Pienso en Roberto Arlt, un tipo que no fue un héroe.

- Al contrario, todo un antihéroe.

- Todo un antihéroe que se ensució con el barro de la escena popular hasta el cogote y se murió en eso, pero se murió haciendo construcción colectiva. Pienso que Roberto Arlt es más que sólo Roberto Arlt, es toda la obra que dejó, como periodista y dramaturgo, y cómo unió eso en una práctica militante con otros a los que no recordaremos, porque como el mundo lo escriben aquellas personas a las que que no les conviene que recordemos el conjunto... El otro día, en una reunión de actores, una de las pocas a las que puedo ir, cuando debatíamos una de las cosas que planteaba era esto de pensar no en la lateralidad que te dan los escritos y la sapiencia popular, sino pensar en algo intermedio en donde está todo por hacer y que es un camino que tenemos que recorrer juntos. En el nuevo libro que estoy escribiendo, que es sobre el método actoral específicamente, voy contando experiencias y uniéndolas con la teoría, y ahora me acuerdo, una de las cosas que voy a contar en ese libro, que en la Escuela Popular de Teatro, cuando se armó el quilombo de Vendimia y suspendieron las repeticiones, nosotros les prestamos el lugar para que hicieran las asambleas, y yo estaba ahí. Y una compañera que estaba en la comisión de prensa decía “hemos hecho un comunicado de prensa donde hemos sacado algunas palabras que a la gente le pueden llegar a molestar, que pueden ser ofensivas, como pueblo, democracia”, y había también sindicatos, y un compañero planteó que los sindicatos no fueran con banderas porque a la gente le molesta. Entonces, lo que yo me pregunto en ese nuevo libro es a qué sectores les molestan las banderas y la reivindicación de ciertas ideas. Te puedo asegura que el 80 por ciento de los que estaban ahí viven exclusivamente del teatro, sin plan B, que no llegan a fin de mes, que a veces hacen teatro con las sillas de su casa, y si embargo están atravesados por estas ideas que no se corresponden a las ideas de que el teatro sirva para algo más que para el negocio.

- ¿Cómo aporta tu nuevo libro a este debate?

- El libro en sí propone obras como Cirujas, en el país del ciego el tuerto es rey, que es el debate entre la ciencia y el arte, y lo planteo en un basural fuera de una iglesia, y uno de los personajes se cree psicólogo y el otro poeta, uno es totalmente creyente, católico apostólico romano, y el otro es absolutamente ateo y lo que plantean es cómo están instauradas las ideas en estos tipos, que no tienen nada que perder, que están devastados, que lo único que les queda es la vida, y sin embargo siguen reproduciendo las mismas ideas que los llevaron al lugar en el que están. Después hay varias obras sobre la dictadura, como El globo, Juan, Rosita y los otros, que habla de esta idea metafísica de dónde están los cuerpos desaparecidos y esto de la idea truncada de la revolución que quedó en Argentina, y los personajes intentan decir eso, nosotros no somos héroes, no queremos un placa por nuestros padres, yo quiero el cuerpo de mi viejo para llevarle una flor y hacer el duelo. Y hay otra obra que habla de la apropiación de bebés, y otra que habla de los juicios. También está Libertades, mujeres que sueñan, que plantea la flexibilidad laboral de los 90, y es sobre dos hermanas que no pueden dejar de coser y no tienen tiempo ni para tomar un mate, entonces una dice “te acordás cuando mamá contaba de los desaparecidos, y ahora me siento una desaparecida porque estoy encerrada acá, desaparecida”. El aporte del libro es desde la práctica y la política, y una de las cosas que más valoro, hasta más que las obras, son los prólogos, entre ellos el de la fundadora de Madres en Mendoza, Teresita Castillejo.

Alejandro Frias

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5 de Diciembre de 2016|11:25
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5 de Diciembre de 2016|11:25
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  1. La nota y el entrevistado y las ideas: todo excelente.
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