La Paz Armada en Europa

Diversas situaciones políticas, económicas y sociales provocaron una tensa calma en el Viejo Continente, que explotaría en la Primera Guerra Mundial.

Quizás más de uno haya escuchado la máxima romana Si vis pacem, para bellum, cuyo significado es Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Justamente esa paradójica frase fue utilizada para describir a la perfección la tensa situación que vivió Europa durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros 14 años del siglo XX. Dicho periodo se conoce popularmente como la Paz Armada.

Esa época abarcó un extenso tiempo histórico que se extiende desde 1871 a 1914 y se caracterizó por ser un periodo de guerras inexistentes en el continente europeo, el cual estaba acostumbrado a tener alguna batalla al menos una vez por década. Sin embargo, la tensa calma se tradujo en una imparable carrera armamentista entre los Estados más poderosos, el auge del expansionismo colonial, las intrigas y alianzas políticas, el desarrollo económico y tecnológico (Segunda Revolución Industrial) y los brotes revolucionarios obreros y nacionalistas.

Toda esa tensión acumulada tenía prácticamente la urgencia por estallar desde algún lado, y nada mejor que el asesinato del sucesor de un Imperio en junio de 1914 para ello, dando comienzo a la Primera Guerra Mundial.

La sombra de Bismarck

Aunque dependió de la voluntad de todos los estados europeos, la Paz Armada fue ideada prácticamente por un solo hombre: Otto von Bismarck, el canciller prusiano creador del Segundo Imperio Alemán (II Reich) y el político más importante de su época. Durante el extenso periodo de su gobierno (1870-1891) Bismarck logró armar un esquema geopolítico al servicio de los intereses de Alemania pero que forjó las posiciones de todos los Estados europeos.

Otto Von Bismarck.
En julio de 1870 estalló la guerra entre el Imperio de Francia y el Reino de Prusia, el cual bajo las órdenes del canciller Bismarck y la alianza con otros Estados germánicos le propinaron una dura derrota a las fuerzas francesas, cuyo país vivió un brusco cambio cuando se proclamó la Tercera República.

La victoria prusiana en 1871 le permitió a Bismarck unificar todos los países alemanes independientes (con la clara excepción de Austria-Hungría, ya desplazada desde 1866 del proyecto de unificación) bajo la figura del emperador Guillermo I (también rey de Prusia) y consolidar el nuevo poder alemán, librándose de las luchas internas.

Durante las dos décadas siguientes, Alemania vivió un crecimiento económico y militar exponencial y como nunca antes había vivido, junto con un naciente nacionalismo fervoroso que se apoyaba en los pensamientos sociopolíticos y filosóficos de la época que hablaban de una gran nación germánica.

Aprovechando el aislamiento continental del Reino Unido (que estaba enfocado en su expansionismo colonial) y el odio de Italia hacia Francia por sus antiguas incursiones territoriales, Alemania (siempre bajo la figura de Bismarck) se acercó a Austria-Hungría y Rusia, las dos potencias restantes que podrían tomar posiciones a favor de los franceses.

El canciller alemán intentó varias veces organizar una alianza con todas las potencias para aislar a Francia y mantener a Europa fuera de todo conflicto bélico. Primero fue en 1873 cuando se creó la Entente de los Tres Emperadores entre Alemania, Austria-Hungría y Rusia, pero el estallido nacionalista en los Balcanes, ocupado en su mayoría por el Imperio Otomano, develó la rivalidad entre austríacos y rusos, que tenían intereses contrapuestos en la región.

La situación se calmó en 1878, cuando en Berlín se decidió darles la independencia a Serbia, Rumania, Montenegro y Bulgaria, mientras que Bosnia-Herzegovina fue ocupada por Austria-Hungría y Rusia se quedó con parte de Armenia y el Reino Unido se hizo con Chipre. La repartija no satisfació a los rusos, ya que no contaban con una salida segura al Mediterráneo.

Esto fue superada en 1881, cuando el zar Alejandro III se sumó al pacto previamente firmado entre Alemania y Austria-Hungría. Al año siguiente se reforzó con la firma del mismo por parte de Italia, que veía a Francia cada vez más como un enemigo, dando así base a la futura Triple Alianza. Pero el segundo intento también terminó en la nada: la mediación austríaca en la guerra serbo-búlgara en 1885 cayó muy mal al zar y se alejó del pacto.

En su afán de mantener a Francia a raya y propiciar la estabilidad reinante, Bismarck primero negoció un pacto secreto con Rusia para asegurarse la neutralidad del zarismo ante un eventual ataque francés. Luego suscribió una alianza con el Reino Unido, Austria-Hungría e Italia para mantener el status quo en el mar Mediterráneo. Con ello se evitaba el expansionismo ruso y francés, con lo cual se cerraba el círculo.

Sin embargo, el nieto del emperador Guillermo I, Guillermo II, asumió el trono de emperador en 1888, quien no estaba a gusto con las políticas externas de Bismarck. De hecho, despidió al canciller en 1890 y no renovó el pacto secreto con Rusia, volviendo todo a fojas cero.

La expansión colonial como contribuidor de la "paz" europea

A diferencia de Bismarck, receloso de su estrategia europea, las potencias coloniales (a excepción de Austria-Hungría, que prefería cuidar sus posesiones orientales) como el Reino Unido, Francia, Italia e incluso Rusia salieron en busca de nuevas tierras en los “redescubiertos” continentes de África, Asia y Oceanía, con el fin de buscar nuevos recursos naturales, abrir mercados para sus productos industriales y competir por el poderío económico y naval que no podía ser dirimido en la "tranquila" Europa.

El Estado que llevaba la delantera era el Reino Unido. Tras un periodo de aislacionismo, renovó sus ímpetus imperialistas y ya para 1910 tenía colonias en prácticamente todos las regiones del planeta. Por su parte, la Francia republicana también decidió ampliar sus dominios, abarcando varias posesiones nuevas y reforzando las existentes.

África a fines del siglo XIX
Italia se enfocó en la conquista de otras tierras cercanas: Tripolitania y Cirenaica, que formaron posteriormente Libia, tomada en 1912, mientras tanto logró hacerse con algunos enclaves africanos. Alemania revirtió su política exclusivamente europeísta con el ascenso de Guillermo II; así se enfocó en obtener algunas posesiones en África, Oceanía y enclaves en China. En el caso de Rusia, los zares de ese periodo se expandieron hacia el este y el sur, llegando nuevamente al Pacífico y a Asia Central, aunque aquí se detuvo debido al choque con los intereses británicos.

Por su parte, España y Portugal, otrora potencias coloniales y que apenas figuraban en el reparto de poderío europeo, pudieron conservar sus colonias más importantes. Sin embargo, los portugueses vieron su presencia cada vez más reducida en Asia y los españoles quedaron arruinados tras la pérdida de Filipinas en 1898 a manos de los Estados Unidos.

Lo cierto es que el afán imperialista no sólo provocó cruces con los gobiernos reinantes en cada uno de los países ocupados, sino que también condujo a varios enfrentamientos armados entre las potencias europeas, como entre el Reino Unido y Francia en África y el este asiático o los británicos y Rusia en Asia Central. Esto se debió porque el Congreso de Berlín (1884-1885), que estableció el reparto de África entre las potencias de la época, estableció que un territorio pasaba a ser de dominio efectivo cuando la potencia se apoderaba de él, lo cual daba pie a que esa potencia pudiera extender sus dominios hasta que choque con los límites de otro Estado europeo.

Carrera armamentista

Debido a los excesivos ingresos que provenían de sus colonias, tanto europeas como extracontinentales, las metrópolis de Europa iniciaron un proceso de desarrollo militar que no tenía precedentes. Aunque fue una constante en casi todos los Estados, esta carrera armamentista fue protagonizada principalmente por el Reino Unido y Alemania, las dos mayores economías de ese momento.

Si bien aún ostentaba su estatus de primera potencia mundial, el Reino Unido miraba con recelo el crecimiento económico alemán y, en principio, el expansionismo francés, por lo cual decidió destinar una importante parte de sus recursos monetarios al desarrollo de nuevas tecnologías bélicas y a la formación de un Ejército cada vez más grande, que incorporaba paulatinamente nuevos reclusas de las colonias conquistadas.

Fábrica alemana siglo XIX
Desde su unificación en 1871, Alemania no paró de crecer económicamente y, gracias a la férrea estructura de poder creada por Bismarck, el Ejército se profesionalizó y modernizó hasta convertirse en uno de los más importantes de la época. Al igual que los británicos, el II Reich también destino sumas importantes del dinero al desarrollo de tecnologías de guerra, centrándose principalmente en la flota naval, provocando resentimientos en el Reino Unido.

Francia no quiso verse rezagada. Aunque marchaba bastante por detrás de sus vecinos, el sentimiento antigermánico por la humillación sufrida tras la guerra franco-prusiana hizo que ese Estado se preparó nuevamente para cualquier eventualidad bélica, sumando nuevo equipamiento y soldados de sus colonias, además de numerosos jóvenes franceses.

Pero quien tenía todas las de ganar era Estados Unidos. Luego de la Guerra Civil (1861-1865), la floreciente nación americana inició una época marcada por el capitalismo cuasi salvaje que formó a una poderosísima elite industrial y económica que movilizó toda la creciente economía nacional.

A diferencia de Europa, los norteamericanos volcaron gran parte de sus recursos en la industria siderúrgica y de maquinaria pesada, que permitió una verdadera revolución en amplios sectores, pero que solo benefició a los grandes empresarios y perjudicó a los más pequeños y parte de la masa trabajadora.

Fin de la Paz Armada

Tras la partida de Bismarck en 1890, la situación geopolítica de Europa volvió a reacomodarse. Los recelos hacia Alemania iban en aumento, pero a Francia esta vez se le sumó el Reino Unido. Austria-Hungría había reforzado su alianza con el II Reich y mantenía presiones sobre los Balcanes, provocando nuevamente rivalidades con Rusia.

Con la partida definitiva de Rusia como aliado, Alemania revalidó sus alianzas con el Imperio Austrohúngaro e Italia y se reflotó la Triple Alianza.

Rusia y Francia firmaron un pacto de alianza en 1893, luego Francia y el Reino Unido suscribieron en 1904 el tratado denominado Entente Cordiale y que ponía fin a las disputas coloniales, y finalmente en 1907 el Reino Unido y Rusia suscribieron un acuerdo similar al anterior. Esto hizo que se forme una especie de unión que se denominó la Triple Entente.

Aunque se celebró una conferencia de paz en la ciudad neerlandesa de La Haya en 1907, lo cierto es que ya se sabía que una guerra continental podría estallar en cualquier momento, pero lo que faltaba deducir era cuando.

Tanto la Primera Guerra Balcánica (1912-1913), que supuso una derrota del Imperio Otomano contra Grecia, Serbia, Bulgaria y Montenegro, y la Segunda Guerra Balcánica (1913), que provocó la derrota búlgara frente a sus antiguos aliados, Rumania y los otomanos, fueron pequeñas muestras de lo que podía suceder, aunque la no intervención directa de las potencias en estos conflictos evitó una escalada bélica mayor.

Pero todo terminó el 28 de junio de 1914 en la ciudad bosnia de Sarajevo, cuando el archiduque y sucesor al trono austrohúngaro Francisco Fernando fue asesinado por el joven radical serbio Gavrilo Princip, y provocó la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia. Los mecanismos de alianzas se activaron y la tensa calma europea desembocó en el peor conflicto mundial que la humanidad había vivido hasta entonces.

Nicolás Munilla

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